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19 JULIO 2018
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Ha muerto Isaiah Haastrup y (esta vez) ni nos hemos dado cuenta

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Isaías es el nombre de uno de los principales profetas de la Biblia. Fiel consejero de los reyes de Israel, pidió su sabiduría a la hora de decidir evitar el enfrentamiento con el reino asirio para evitar –algo que por otra parte podía suceder– ser arrastrados y derrotados. No le escucharon y llegó la noche. Isaiah es también el nombre de otro neonato que, exactamente igual que en el caso de Charlie Gard, acabó en el centro de un doloroso enfrentamiento entre sus padres y la justicia británica debido a las disposiciones extraordinarias que solicitaban para su supervivencia después de un “catastrófico daño cerebral” que se le generó al nacer. Isaiah Haastrup tampoco ha sido escuchado y de nuevo en este caso ha vuelto a entrar la noche.

Aunque ambos casos no son exactamente intercambiables, es evidente la desproporción entre los debates desarrollados en sendas historias: clamor y atención popular hacia Charlie, apenas alguna línea para Isaiah. El hombre se acostumbra al mal, es verdad, pero también es verdad que a nosotros ya no parecen interesarnos los hechos sino más bien el contexto emotivo y polémico que estos generan. Charlie no interesó a los medios porque estaba vivo y quería vivir sino por lo que representaba. En la cultura del descarte, Isaiah ha quedado arrinconado porque ya no representaba nada, porque con Charlie ya se había producido la noticia de que para un tribunal es posible violar la relación médico-paciente imponiendo un tercer juicio dictado por criterios económicos y probabilísticos que sustituyen a los de la ciencia y la búsqueda del bien.

Si esto es verdad, queda sobre la mesa una pregunta que nos atañe a todos. ¿Por qué este caso no nos ha movido? ¿Qué faltaba esta vez en el debate? Para entenderlo, hay que pensar cuando en una familia sucede algo muy feo. Al principio todos corren y la casa se llena de héroes y de generosidad, pero día tras día van quedando apenas unos pocos, casi nadie soporta permanecer allí, en contacto continuo con la contradicción y el dolor. Con Isaiah ha pasado lo mismo. Su historia despertaba preguntas que no habíamos afrontado del todo y que el “caso Charlie” nos ha hecho creer superadas. Pero la vida es testaruda y lo que nos paraliza no es un hecho extraordinario sino un hecho que empieza a ser totalmente ordinario. Isaiah ha sido profeta de una larga noche de las conciencias, donde las batallas épicas de algunos idealistas ya no podrán sustituir nunca la necesidad de afrontar de verdad el misterio del vivir. ¿Qué quiere decir vivir, concretamente? ¿Por qué estamos en el mundo? ¿Para qué hemos sido hechos?

Todo es sencillo en tiempos de guerra, todo se complica durante la paz, en el mundo ordinario. Isaiah ha sido realmente el profeta de la necesidad que todos tenemos de no huir ante la realidad y de aprender a ser humildes, verdaderos, leales ante un dolor que se convierte –lo queramos o no– en nuestro compañero de viaje. Con el ejército asirio de nuevo a las puertas de nuestra pequeña, acaso en ruinas, ciudadela en medio del desierto.

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