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23 OCTUBRE 2020
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Cinco regalos inolvidables de Francisco

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Hay una característica que personalmente siempre me ha llamado la atención en el Papa Francisco: esa predisposición suya tan positiva, esa simpatía independientemente de quien tenga delante que le lleva siempre a presentarse ante nosotros con gran apertura. Cada vez que lees sus palabras o cualquier cosa referida a él siempre puedes esperar alguna sorpresa. Pero las suyas son sorpresas de esas que siempre te alegran, como cuando recibes un regalo inesperado. En estos cinco años han sido muchos estos regalos, casi cotidianos. Intento aquí elegir cinco de ellos que se me han quedado grabados de manera inolvidable.

En primer lugar, su nombre. La decisión de llamarse Francisco, siendo el primer Papa en hacerlo, era casi como decirlo todo de sí mismo ya desde el primer momento. Un auténtico regalo, como si hubiera percibido que el mundo tenía una gran necesidad de Francisco, de esa sencillez y determinación que caracterizaba al santo de Asís. Francisco es un santo que ama y al mismo tiempo ejerce una gran lucidez en sus juicios. Ama tanto a la gente que les reclama su respeto hacia lo que les ha sido donado, el tesoro de la Tierra. Pero decidir llamarse Francisco (sin número) equivale también a un abrazo. “Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco”, dijo el Papa en Río de Janeiro el 24 de julio de 2013.

Segundo, la casa. Francisco decidió desde el primer día renunciar al apartamento pontificio. Una decisión casi instintiva para alguien acostumbrado a sentirse en casa en las periferias del mundo. Pero esta pequeña revolución también quería decir algo más. Dice a todos que el Papa no “se aparta”, que quiere estar siempre en relación con los demás. Francisco tiene un carácter comunitario innato. No se concibe sin relaciones, empezando por su relación vital con la persona de Jesús, y siguiendo con todos los hombres hijos de Dios. La decisión de vivir en la residencia de Santa Marta es una decisión de normalidad, una opción que le quita todo el énfasis al rol del Papa y esa necesidad tan forzada de tener que ser siempre protagonista de la historia, en el sentido mundano del término.

Tercero, la misa matutina. Es un regalo que va unido al de la casa pero que transforma esta decisión en un verdadero regalo para todos. La misa matutina ante una pequeña platea de fieles en la capilla de Santa Marta es un gesto sencillo, familiar, compartido. Sus palabras durante estas meditaciones tienen la gracia de una informalidad que pasa a los actos siempre y solo mediante la intermediación de un testigo (el periodista encargado de narrar lo que el Papa ha dicho). Es un Papa poco catedrático y muy cercano el que se nos regala casi todas las mañanas en la “crónica” (entre comillas) de la misa.

Cuarto, el san José durmiente. Es la escultura que el Papa Francisco tiene a la entrada de sus estancias en Santa Marta. Bajo esta pequeña estatua pone sus notas confiándole las cuestiones más difíciles que tiene que afrontar. Confiarlas a un santo que duerme significa hacer suyo este método: fiarse y seguir. José es el icono del hombre que sabe descansar porque apoya su cabeza en los brazos de Dios y por tanto no es devorado por el esfuerzo de tener que hacerlo todo solo. Y mientras duerme, sueña. “Me gustaría pedir que nos dé a todos la capacidad de soñar, porque cuando soñamos cosas grandes, cosas bonitas, nos acercamos al sueño de Dios, a las cosas que Dios sueña sobre nosotros”.

Quinto, el olor a oveja. Entre los miles de imágenes que han marcado las intervenciones del Papa Francisco en estos cinco años, esta es tal vez la más sorprendente, y por tanto el mayor regalo. “Esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note; pastores en medio de su rebaño”, dijo en una de sus primeras homilías después de ser elegido Papa. Es una imagen que devuelve la fe a la concreción –incluso “sucia”– de la vida, lanzándola a la lucha cuerpo a cuerpo con la vida. No por una simple buena voluntad social sino por hacer más fácil la irrupción de la gracia. “Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia”, dijo en esa misma ocasión. Olor a oveja, es decir, a nosotros, no por lo que se pretende que debamos ser sino por lo que somos.

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