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22 AGOSTO 2018
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"Ejemplaridad, transparencia y legitimación política: cimientos de la monarquía del siglo XXI"

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  19 votos
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Hace pocos días la Fundación Pablo VI organizó un acertado debate sobre la monarquía en España con este título. Más bien fue sobre la Corona. Más bien, sobre la Casa del Rey. Más bien, sobre su gestión económico-presupuestaria y, sobre todo, con la ejemplaridad y la transparencia de ideas de fondo. El auditorio estaba a la altura de los buenos ponentes, los tres funcionarios.

Cabe recordar que SM el rey, en su discurso ante las Cortes Generales el día de su proclamación, dijo que “hoy más que nunca los ciudadanos demandan, con toda razón, que los principios morales y éticos imperen, y la ejemplaridad presida nuestra vida pública”.

Como resumen del encuentro, que se puede ver en la web de la Fundación, llamada a ser a través de este ciclo de conferencias un nuevo foco de pensamiento y de acción de la sociedad civil en lengua española, cuatro ideas entre menciones a Max Weber, Habermas y García Pelayo (y alguna otra auto cita de los ponentes que a sus libros y publicaciones me remito):

1. La Corona como institución histórica se justifica, en nuestra sociedad de primeros del siglo XXI, incluso por los ponentes, básicamente en el utilitarismo y funcionalismo. La Corona es un factor de estabilidad. El criterio sobre su justificación: si lo hace o no bien.

2. Reconocieron la importancia para la Corona y su papel, su capacidad generadora del sentimiento de pertenencia a la nación, que es importante para el funcionamiento del estado (si no, ¿por qué pagar impuestos y distribuir la riqueza nacional solo entre españoles?).

3. La Corona ha de ser ejemplar –si bien es una ejemplaridad que se predica y acota, sobre todo, desde el punto de vista presupuestario, es decir, de bolsillo para arriba–.

4. La Corona y la persona del rey y su familia se confunden, haciendo difícil separar lo público de lo privado, hasta el punto de que la propia Casa del Rey quiso en su día estar sujeta a las normas de transparencia y a unas normas internas de contratación.

Desde mi punto de vista, asistimos a un diálogo interesante sobre la Corona, en particular sobre la Casa del Rey, si bien derivó en demasía hacia la vertiente del control presupuestario. Desde este punto de vista creo haber comprendido que la aproximación al tema del debate fue tratar a la Casa del Rey como un ministerio más y, por tanto, al Rey, en la práctica, como un funcionario más. Pero el sentido de lo dicho lo pone siempre el que escucha, así que es posible que haya otras conclusiones.

Aprovechando este debate, quiero compartir unas ideas sobre la Corona con los lectores de Páginas Digital que me inspiró el escuchar a los tres ponentes, y las preguntas del auditorio.

1. La Corona debe estar en permanente estado de vigilia, en escucha permanente del sentir del pueblo.

2. La ejemplaridad debe ser en la vida pública, y en la vida privada, convirtiéndose entonces en una virtud humanista (Díez Moreno).

3. En nuestros días, el sentir del pueblo no lo interpretan los partidos políticos, sino los medios de comunicación y la gente, organizada en redes sociales. En este sentido, la “cibercilización” en que vivimos, y la ciberdemocracia y la democracia catódica son un reto increíble para la política de comunicación y de legitimación de la Corona.

4. El análisis de la Corona desde su vertiente económico-presupuestaria, y el de la ejemplaridad desde el punto de vista de la gestión y gasto de los dineros, es parcial y, a mi juicio, equivocado si se prescinde de un análisis holístico de la misma.

5. La regulación de la Corona como parte del estado, en tanto el rey es Jefe del mismo, no contempla la otra cara de la Corona, la de ser una institución nacional, de la nación, de la comunidad prepolítica, de la sociedad civil.

6. Entre el símbolo y el mito. La Corona como expresión de un símbolo, como la bandera, el himno y (otras tradiciones como ganar el mundial de fútbol), jamás puede ser un mito y mucho menos un ídolo. No puede ser la monarquía un “porque sí”, sino más bien un “¿por qué no?”.

7. La Corona como símbolo sería lo que dice Agnes Heller, profesora de Sociología en la Universidad de La Trobe, Australia, que aunque no habla de monarquía, sí estima que en la “Gran República” democrática (adopte o no forma republicana o monárquica) “si el Estado ha de ser la suma total de sus ciudadanos, por lo menos un poder ha de concebirse para incluir la unidad dialéctica del Estado y de la sociedad civil”.

8. En este sentido, en una institución democrática como es la Monarquía democrática, o como se la llamó en la Constitución de 1978 parlamentaria, anterior a la Constitución y sujeta en todo caso la Institución a las reglas del estado democrático, social y de derecho (que asegura controles y equilibrios adecuados, también de tipo presupuestario), la participación de la sociedad civil no puede conjugarse a través del voto directo –poniendo y quitando al rey– sino que la participación necesariamente tendrá que ser a través de la palabra, del diálogo y del encuentro. Además de la participación en un mismo sentimiento de pertenencia con la Corona y de posesión de la Institución por la propia gente.

9. La función de pegamento social, de elevador del “capital social” que dicen Fukuyama y Putman, de representación de la sociedad española, que es cada vez más plural y diversa, y no necesariamente mantiene ya un vínculo emocional con los logros y hazañas conjuntos del pasado, sería su misión esencial en nuestro nuevo siglo XXI. Hasta que se produzca esa fusión de los nuevos españoles, de toda raza, confesión y creencias, y de los antiguos desvinculados, me temo, de la Historia de España, con un sentido de pertenencia compartido, cobra sentido y especial relevancia la Corona como “continuidad de diálogo”, como “foro de encuentro”, como mediador (y, a veces, altavoz), entre el estado y la propia sociedad civil.

10. La Corona, su rey, su familia, todo lo que hacen es personal y público, en vez de personal y privado, en la medida en que el acto más personal e íntimo, como es asegurase un heredero, es el acto con más repercusión pública que puede existir. En este sentido el esfuerzo que supone, que necesariamente se ha de reconocer por todos, y qué mejor manera que desde la escuela se conozca el papel de la Institución.

11. Es preciso, además, advertir de los límites de la transparencia como fórmula de legitimación, puesto que históricamente es precisamente lo reservado y secreto lo que ayuda a crear una aureola de misterio, que refuerza la idea de que el soberano es algo aparte y distinto del resto de la sociedad. Como hijos de nuestro tiempo, y de la propia Revolución Francesa, sabemos que nadie es más que nadie, y en este sentido exigimos como sociedad la transparencia, precisamente porque reconocemos que la magistratura de la Corona, y el propio Estado, están en una posición preeminente frente al resto de los mortales.

12. La ejemplaridad habrá de comunicarse a través de la persuasión de trasplantar en el imaginario colectivo de todos los españoles que la Corona es necesaria, no por útil o eficaz (al menos no sólo), sino porque es la propia expresión de la sociedad civil, pues es donde la sociedad civil se encuentra con el Estado.

13. Esto es si cabe más relevante que nunca en la medida en que el Estado nacido de la Paz de Westfalia, con sus fronteras y dentro de ellas la soberanía nacional, según las formas de la Revolución Francesa y la separación de poderes, se está desdibujando por efecto de la globalización.

14. De este modo, la sociedad española, en un momento en que el estado se desfigura, puesto que en la esfera internacional toman peso grandes multinacionales porque los estados tienden a ceder su soberanía en organizaciones supranacionales (Unión Europea), la Corona ha de emerger como destino de la conversación entre los españoles, de una sociedad cada vez más diversa, y como comunidad de la nación española en una sociedad global que, posiblemente, en un siglo no conozca los estados como los conocemos ahora.

15. La Corona sería por tanto una especie de foro capaz de interactuar con los españoles y la sociedad española y todos sus cuerpos intermedios, directamente o a través del patrocinio –no monetario– de consensos y actividades. Una nueva magistratura para la sociedad global del siglo XXI, capaz de elevar el capital social de España, en su vertiente de “capital social puente” (Putman), aquel que une a todas las partes de la sociedad civil, y de consolidar su “capital social vínculo”, aquel que une al conjunto de personas integrantes de un mismo grupo. Al frente de la magistratura, D. Felipe, prototipo de hombre público humanista del siglo XXI.

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