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22 JULIO 2018
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La educación o un diálogo de corazón a corazón

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 1  17 votos
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El nuevo libro entrevista del Papa Francisco, con el elocuente título “Dios es joven”, promete ser una revolución copernicana de la educación en vísperas de uno de los sínodos de los obispos más sorprendentes de la historia reciente de la Iglesia, que en otoño abordará precisamente el tema de los jóvenes. El carácter revolucionario de este libro está presente en cinco párrafos que son una especie de aperitivo para el debate y el trabajo que Bergoglio propone a cualquiera que tenga que medirse con chavales.

Ante todo, los jóvenes dejan de ser para el Papa una categoría sociológica, un objeto de estudio y experimentación, para transformarse en interlocutores. No somos nosotros los que hablan a los jóvenes sino que son ellos los que nos hablan. Sus comportamientos, sus juicios, incluso sus provocaciones, son el desafío que el Misterio de Dios nos dirige para emprender todos juntos un camino de comprensión y conciencia.

En segundo lugar, para el Papa se diluye por tanto la dialéctica pseudo-educativa jóvenes/adultos para dejar espacio al diálogo de corazón a corazón. El corazón de los chavales dialoga con nuestro corazón, por lo que no es posible encontrarse con ninguno de ellos si no es a partir de nuestra propia humanidad, de nuestro deseo vivido en el tiempo. El adulto no es el que sabe vivir, sino el que más veces ha hecho el trabajo de verificación entre lo que desea su propio corazón y las respuestas que cada uno le intenta dar. El adulto solo es autoridad por haber verificado más, solo por este haber atravesado las circunstancias y haberlas mirado a la cara. Uno no es adulto por ser mayor sino por haber hecho un camino de autenticidad que no le lleva a ser mejor que el joven sino más necesitado de lo esencial para vivir.

En tercer lugar, por tanto, se puede decir que para Francisco el deseo es quien decide la dignidad de la relación educativa. Los chavales no son alguien a quien hay que corregir según la idea que uno tenga en la cabeza, ni alguien a quien atraer mostrándose más “amigable”, sino alguien a quien tomar en serio, un Misterio por descubrir. El trabajo educativo no consiste tanto en la transmisión o plasmación ideal del joven como en el compromiso apasionado de uno mismo con las instancias del corazón que el joven manifiesta. La tarea de un adulto no es juzgar la libertad del joven sino medir la propia libertad ante el deseo que se abre camino, aunque lo haga de manera confusa, entre los chavales.

En cuarto lugar, el verdadero enemigo de la educación no es el error sino el pecado, es decir, la tentación de vivir desarraigados, olvidándose de la amplitud y profundidad del propio Yo. Los altibajos, las adicciones, la transgresión, el mismo síndrome de Peter Pan en muchos adultos, son el signo más elocuente del intento de alejarse del propio deseo, del intento de vivir las circunstancias lejos del tormento que nos hace hombres y que se manifiesta como malestar y como necesidad radical de bien.

Está claro entonces que el quinto punto que el Papa parece ofrecernos tiene que ver con el poder, poder objetivo del educador, poder psicológico dictado por la fascinación de la edad, poder de la voluntad individual de la que en último término uno siempre puede disponer. Poder que o se realiza como servicio a otro, como servicio para que mi Yo y tu Tú crezcan, o solo favorecerá caprichos episódicos, ataduras psicológicas o una violencia indecible que deformarán para siempre nuestro rostro y el de aquellos que encontremos a lo largo del camino.

Bergoglio menciona todo esto, y estas perspectivas son solo un inicio de reflexión. Pero si el buen día se ve desde por la mañana, podemos tomar conciencia tranquilamente de que aquello a lo que nos invita el sucesor de Pedro no es una reflexión sobre cómo gestionar la juventud y llevarla al catolicismo, sino sobre cómo no perder –en relación con los jóvenes– ese ímpetu de Verdad que nos hace jóvenes, siempre en tensión por no perder ni siquiera por un instante la promesa que se nos ha hecho y que se llama vida.

Lo que aquí se nos presenta es por tanto un libro para los jóvenes, un Sínodo para esa espera que mendiga dentro de cada uno de nosotros que ninguno de los suspiros de nuestra existencia sea inútil. Nos encontramos ante otra puntada de esa revolución de la ternura que hace cinco años se asomó al balcón de San Pedro y empezó dándonos las buenas noches.

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