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21 MARZO 2019
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>Entrevista a Carlos Solchaga, exministro de Economía

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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En los años 80 España vivió uno de los momentos de modernización más intensa de la estructura económica. En parte, algunas de las cosas que tenemos ahora se conquistaron entonces. El protagonista de buena parte de esa modernización fue Carlos Solchaga, que fue ministro primero de Industria y luego de Economía con Felipe González. Ahora ha publicado sus memorias, “Las cosas como son”.

En 1983, cuando ababa de intervenirse Rumasa, cuando se produjo el caso Banca Catalana, usted puso encima de la mesa un proyecto de reconversión industrial que significaba cambiar muchas cosas. ¿Cuál es la reconversión que necesitamos ahora? Parece que la economía española sigue necesitando modificaciones parecidas a las de aquella época, ¿o no?

Creo que no, en el sentido de que en aquella época la industria estaba quebrada, las finanzas estaban en muy mala situación, y en general el pulso económico del país parecía haber desaparecido. Entonces era necesario regenerar el tejido industrial. A pesar de lo que ha sido en pérdida de puestos de trabajo y en otros sectores de actividad, lo que se ha producido a lo largo de la última crisis ha sido relativamente pequeño por comparación a lo que se produjo entre 1973, con la guerra de Yom Kipur y la subida de los precios del petróleo, y 1985. Hoy no podríamos decir que España es un país casi desertizado de la industria donde todos los sectores están en quiebra y no tienen posibilidad de salida, y que sin una reconversión tanto de eso como de las finanzas el país no podría salir adelante. Hoy necesitamos otro tipo de cosas, la mayor parte de las cuales tienen que ver con la educación en la parte básica y más adelante con la innovación, la investigación y el desarrollo. Lo que necesitamos es empezar a valorar la importancia que tienen estos factores en el desarrollo no ya solo de la industria sino del conjunto de actividades. Necesitamos hacerlo porque, tanto si lo hacemos como si no, vamos a ser víctimas u objetos de la experiencia de lo que son las nuevas tecnologías que se están imponiendo entre nosotros, la robotización, la digitalización, todos los cambios que se están produciendo y que tienen como corolario algo bastante doloroso, que la gente quizá no se ha puesto a pensar, y es que muchos de los puestos de trabajo que los nuevos esquemas de producción y distribución, mucho más robotizados y digitalizados exigen, son puestos de trabajo que no requieren mucha formación, que por su naturaleza son precarios ya, que quien los desempeña, al no tener una gran formación incorporada, puede ser sustituido por cualquier otro, de modo que es extremadamente difícil tener la sensación de que uno ha empezado en el mercado de trabajo y va a continuar allí haciendo una carrera profesional, porque realmente las estructuras productivas están cambiando a esta velocidad.

Estando usted en el Ministerio de Industria, también se hizo un ajuste de la situación de las eléctricas. Usted establece un sistema de amortización para las inversiones que habían realizado, ¿no hemos estado pagando demasiado tiempo unas inversiones teóricamente hechas por las eléctricas? ¿No lleva razón el ministro que ahora intenta rebajar esa factura eléctrica? ¿Aquello no fue excesivo?

Lo que a mí me tocó hacer era bastante más sencillo, en el sentido conceptual, no porque fuera fácil llevarlo a cabo. Tenías un sector prácticamente quebrado porque había empezado a nacer un número gigantesco de centrales nucleares, pensando que la demanda de la electricidad en España iba a crecer a ritmos disparatados. Con la crisis de los años 70 y primeros 80, la demanda no solo no creció sino que en algunos casos hasta decreció. Entonces, todo ese programa resultó ser redundante. No se necesitaban todas esas instalaciones, y como lo habían financiado con cargo a fondos ajenos, con frecuencia a tipos de interés muy elevados o en momentos que después se revaluaron frente a la peseta, si en aquel momento dejabas al sector, quebraba. Yo entiendo al ministro actual cuando a veces se opone a los muchos costes que representa hoy la producción de energía eléctrica, aunque algunos ciertamente han sido derivados de decisiones del gobierno de apoyar la creación de otras ramas diversificadas de la producción de electricidad, pero entiendo que ahora la situación es muy distinta. En aquella, lo que no quería el gobierno era dar la sensación de que, aprovechando la debilidad de las eléctricas, nacionalizar todo el sector, porque el sector eléctrico a pesar de todo había venido funcionando, y sobre todo porque no queríamos que creyeran que éramos un gobierno socialista de corte tradicional que lo que quería era socializar los medios de producción.

Ustedes tuvieron la firmeza de oponerse a sus bases. Usted tuvo unas broncas impresionantes con sus compañeros del sindicato. Era una socialdemocracia que sabía a dónde iba, quería establecer una modernización, no tuvo problemas en ajustar el gasto. Esta socialdemocracia que tenemos ahora parece que no lo tiene tan claro. ¿Por qué entonces el PSOE sí era capaz de marcar un rumbo claro, por ejemplo en política económica, y ahora no se sabe muy bien en qué está?

Las cosas han cambiado mucho. Es verdad que en aquel momento teníamos unos objetivos más claros y sabíamos que para conseguirlos a veces teníamos que entrar en contradicciones contra nuestra propia base electoral y sindical, de modo que no faltaron los enfrentamientos entre la UGT y el partido. En esto fue crucial la visión que tenía Felipe González, y compartíamos muchos de los que formábamos parte de su gabinete, que en democracia uno no está para siempre en el poder, ningún partido, y por consiguiente hay que pensar en gobernar para todos, no solo para aquellos que te han dado su voto y tienen una visión sobre cómo debe funcionar y desarrollarse un país. De modo que en aquel momento lo principal que estaba claro era que había que sacar al país de la crisis económica y financiera; había que transformar sus instituciones para que, una vez entráramos en Europa, que era lo que estábamos negociando y que se produjo a partir de 1986, el trauma de una sociedad mucho más libre, donde iban a importarse muchos más bienes y servicios de lo que antes se importaban, pudiera ser digerido fácilmente porque ya estuviera relativamente preparado el tejido industrial para soportar niveles mucho más elevados de competencia; y había que consolidar las instituciones de gestión, tanto los mercados como los ministerios, con el fin de que el país se homologara a Europa. Ahí tuvimos la suerte, o mejor dicho la inteligencia política, de entender que ese era el pensamiento y el deseo mayoritario de la población, casi cualquiera que fuera su posicionamiento ideológico. La gente no quería hacer de España un país parecido a la Unión Soviética, tampoco quería que fuera un país tercermundista o un país de los llamados no alineados. La gente quería que España se pareciera a Francia, Inglaterra, Alemania, y por tanto que las transformaciones se produjeran de manera que al final nuestro país, aunque con menos recursos porque era más pobre, al final pudiera ser homologado con todos estos. La situación actual es muy diferente porque una gran parte de los objetivos que tenía la socialdemocracia, como desarrollar un Estado del Bienestar, hacer una sociedad donde la igualdad de oportunidades fuera mayor, el número de becas más elevado, la posibilidad de que los jóvenes fueran a la universidad mucho más grande y sin que fuera particularmente costoso para las familias, todo eso en gran medida se ha conseguido.

¿Eso quiere decir que la socialdemocracia se ha quedado sin objetivos?

No porque todavía existen nuevos desafíos y la necesidad de consolidar lo que en un momento se consiguió. Por ejemplo, las pensiones. Cuando nosotros llegamos casi no existían pensiones en nuestro país y el sistema era injusto. Tuvimos que homologarlo, hacerlo más o menos semejante y pasar de un sistema donde solo tenían pensiones aquellos que habían cotizado, generalmente en unas proporciones muy pequeñas, por ejemplo la pensión media de jubilación estaba por debajo del salario mínimo interprofesional, a hacerlo un sistema universal, al que todos los españoles tuvieran derecho. Incluso en los primeros 90 llegamos a crear las llamadas pensiones no contributivas, que se reconocen a un ciudadano aunque nunca haya cotizado. Hoy en día ese sistema de pensiones que parecía relativamente seguro hace diez o doce años, en gran medida como consecuencia del aumento de cotizaciones por la inmigración, hoy no es seguro que pueda sobrevivir, que sea viable de aquí a diez años, habida cuenta de las tendencias demográficas por un lado, el nivel cada vez más alto de la tasa de reposición, lo que representa la pensión media que ahora se reconoce con el último salario, y la proporción que hay entre cotizantes y cotizados. Ya es hora de que el PSOE tomara en este sentido la iniciativa y exigiera de los demás partidos que, a través del pacto de Toledo, se llegara a un acuerdo. Pero quien dice eso, dice que tenemos una medicina y un sistema sanitario que es de los mejores del mundo, pero no por eso deja de ser perfeccionable, tenemos que conectarlo mucho más con el sistema de investigación biomédica y biotecnológica, que no lo hacemos. Tenemos un sistema de desempleo que desde luego no funciona bien… Hay agenda y además hay nuevas cosas.

Cuando llegar, ustedes tienen un proyecto de cómo debe quedar el mapa bancario. No me refiero tanto a Rumasa sino al caso Banesto. ¿Cuándo se convierte Mario Conde en un problema, cuándo se dan cuenta ustedes de lo que pasa allí?

Déjeme que corrija su hipótesis de partida. Nosotros no teníamos un esquema.

Parecía que Mariano Rubio sí lo tenía en la cabeza.

Lo que Mariano Rubio tenía en la cabeza era la supervisión de un conjunto de bancos, la mayor parte de los cuales estaban gravemente afectados en su solvencia y su capacidad de supervivencia por la crisis industrial y económica que estaba viviendo el país. Lo que sí es cierto es que había una idea, tanto en el Banco de España como en el gobierno y particularmente en el Ministerio de Hacienda, de que una vez dentro de la Unión Europea y conforme las finanzas y movimientos de capital se iban haciendo globales, el tamaño de nuestros bancos era demasiado pequeño como para resistir la competencia tan pronto como hubiera libertad de establecimiento bancario, cosa que ocurrió a partir de 1989. En consecuencia, siempre la visión del gobierno y del Banco de España, en la medida en que yo la conocí, era que había buenas razones para que hubiera fusiones. La primera que se intentó fue una en la que venía insistiendo mucho el presidente en la época del Banco Bilbao, José Ángel Asiaín, que era uno de los mejores presidentes bancarios que ha habido en este país y que siempre había pensado en la posibilidad de fusionarse con el Hispano, con el Central o con Banesto, y al final propuso esa idea al Banco de España, que dio el nihil obsta. Incluso nos gustaba porque Banesto era un viejo banco, muy extendido en toda España, tenía muchas características de las cajas de ahorro, presente hasta en los pueblos más pequeños, con una enorme red comercial. Entonces Mario Conde, que acababa de vender junto a Juan Abelló su participación en Antibióticos, en una operación por la que sacó un dinero que a todo el mundo en aquella época le pareció exageradamente elevada, decide tomar una participación en Banesto, y en el momento justo de la fusión es cuando ellos se sientan por primera vez en el consejo de la entidad. Y al sentarse en el consejo, este se resiste como es natural a lo que en aquella época se llamaba una opa hostil, que son la mayoría. Conde, que tenía un gran instinto para estas cosas, decidió liderar una resistencia. La lideraron y consiguieron algo que parecía imposible, y luego además el tribunal económico administrativo demostró que era imposible, y es que la junta de la Bolsa hiciera un informe diciendo que no se podía hacer la fusión mediante un opa hostil, cuando ni tenía obviamente posibilidad de decidir sobre aquello ni era verdad. Pero cuando el tribunal económico administrativo decidió que la junta había sobrepasado sus facultades y que la decisión que había tomado no tenía ningún valor jurídico, la opa ya había fracasado.

A partir de entonces, tanto dentro de Banesto por parte de aquellas familias tradicionales que habían manejado francamente mal el banco, como por parte también de una derecha que en aquella época no veía alternativa al partido socialista dada la mayoría social que existía en el electorado, hay una tentación de hacer de Mario Conde algo más que un banquero, un líder social, económico, y con connotaciones políticas que fueron la que luego cabrearon mucho a Aznar, al ver que ahí podía surgir una especie de opositor. Aquello fue lo que hizo de Conde, junto con su inteligencia para manejar los medios, una especie de figura mucho más allá de lo que era su papel dentro de la banca. La verdad es que el gobierno no tenía nada contra Conde.

¿No hubo una llamada, por ejemplo, una conversación entre Felipe González y José María Aznar sobre la intervención de Banesto?

No. Piense que entonces Aznar era un joven que no sé si acaso había llegado a ser presidente de la Junta de Castilla y León. En la época, Aznar era uno de los jóvenes que se suponía que habrían de suceder en su día a la generación de Manuel Fraga. Esa conversación desde luego no existió nunca.

En 1988, todos los que tenemos cierta edad y estábamos en Madrid, recordamos una huelga que paralizó el país. ¿Es en ese momento cuando el Gobierno se da cuenta de que hay que bajar el pistón, que no se puede seguir profundizando en la política reformista? ¿Es a partir de ahí cuando cambia su política, su voluntad de contención de una economía que quizás a veces se estaba calentando demasiado y que se les podía ir de las manos?

En algunas cosas coincido y en otras no. Desde luego, no existiría en mi opinión una relación de causa-efecto entre una cosa y otra. La verdad es que el gobierno se divide, aunque no de una manera cruenta, pero se divide sobre todo en la reacción a la huelga. En la interpretación no, la interpretación de todos es: señores, hemos sido bastante ingenuos y esta huelga ha sido un éxito para los convocantes. Desde luego, no ha habido una huelga que haya sido capaz de paralizar todo el país como aquella, sin necesidad de hacer tampoco ningún tipo de coerción especial. Pero en la respuesta sí hubo diferencias. Particularmente Jorge Semprún, Claudio Aranzadi y yo éramos de la opinión de que en aquellas circunstancias se ponía en tela de juicio cuál era el respaldo que nuestros propios votantes le daban al gobierno socialista, y que sería muy conveniente, inmediatamente después de la huelga, es decir en febrero o marzo de 1989, convocar elecciones. Felipe González no veía esto mal, pero le preocupaba que a partir del 1 de enero de 1989, y por primera vez en nuestra historia, en lo que podíamos llamar una especie de examen de reválida, España se iba a hacer cargo de la presidencia de la Unión Europea, entonces Comunidad Económica Europea, y no quería que un asunto de política interna interfiriera en nuestro deber con nuestros aliados y amigos dentro de la CEE. Eso fue lo que obligó a retrasar hasta julio la decisión de convocar las siguientes elecciones. A esas elecciones el gobierno no fue pidiendo perdón sino más bien ratificándose en lo que había hecho y tratando de explicar por qué. Lo cierto es que los resultados, con 176 escaños para el PSOE, sin ser los 185 de cuatro años antes, eran más que tranquilizadores, de modo que fue más bien después de las elecciones cuando yo le propuse a Felipe González tratar de buscar algún tipo de nuevo diálogo, que prácticamente se había roto, con los trabajadores a través de los sindicatos. Así empezamos una época en la que, tratando de buscar cierta convergencia con Europa, estuvimos casi dos años negociando, fruto de los cuales hubo modificaciones importantes en el seguro de desempleo, la creación de las pensiones no contributivas, pero la economía siguió creciendo muy rápido, hasta 1991.

Quizás se calentó demasiado, quizás a usted no le hicieron caso cuando decía que había que enfriar un poquito, y tuvimos burbujas.

Es verdad que la economía estaba sobrecalentada y en el Banco de España y el Ministerio de Hacienda nos preocupaba. Queríamos que la demanda, en vez de crecer al 8%, que eran tres puntos por encima de lo que estaba creciendo el producto, se fuera reduciendo, y es verdad que eso era extremadamente difícil, sobre todo con los sindicatos, que reclamaban el crecimiento de la productividad y dos puntos adicionales. Allí hubo tensiones y desde luego se fue creando el nido de la serpiente, que es lo que acabó con las famosas devaluaciones de 1992, al tiempo que entraba en recesión toda Europa, particularmente Alemania y España, como consecuencia de la política de tipos de interés altos del Bundesbank.

¿En qué momento un gobierno socialista como el de Zapatero se equivoca? Gran burbuja, gran recesión, se sigue negando la crisis y acabamos como acabamos, ¿dónde estuvo el error?

Hubo pequeños errores a lo largo de la primera legislatura de Zapatero, entre 2004 y 2008, en los que no se supo aprovechar lo que era una bonanza económica increíble, con crecimiento de los ingresos tributarios, de la renta, no ya para reducir más el déficit sino también para racionalizar el funcionamiento de la economía. Pero eso, a medida que todo seguía creciendo mucho, pasaba desapercibido, era como no ser excelentes pero sí buenos. El gran error se comete cuando, después de la caída de Lehman Brothers en 2008, el gobierno no toma las medidas y cree que, como tiene una situación de déficit público que no existe porque hay un pequeño superávit y una deuda pública también muy baja, se puede fácilmente superar los aspectos de la gran recesión que entonces se inicia a través de un gran programa de gasto público. Programa que se hace mal, en el sentido de que aquellos planes eran gastos innecesarios, y por otro lado no tienen en cuenta que en dos años los ingresos tributarios representan un 8% del PIB menos que antes de la crisis. Estas dos cosas desequilibran las cuentas y hacen que luego el proceso de ajuste sea mucho más duro.

Si usted volviera a ser ministro de Economía, ¿cómo resolvería este crecimiento que estamos teniendo? El crecimiento está muy bien, pero estamos creciendo sin generar un empleo suficientemente estable y con unas tasas de desigualdad muy elevadas, ¿cómo se resuelven estos dos problemas?

Creo que la fórmula tradicional socialdemócrata sigue siendo válida, aunque adaptada a las circunstancias actuales. No hay que preocuparse mucho por el crecimiento porque tiene buen aspecto. Incluso después del impacto negativo de Cataluña, si alguien está ahora volviendo a revisar las previsiones de crecimiento para este año, más bien es al alza que a la baja. Por tanto, la parte del crecimiento está bien. Sin embargo, este no será un país que de verdad pueda hacer frente a los problemas de igualdad o desigualdad en la distribución de la renta si no se apropia de más recursos. Eso quiere decir un aumento en los impuestos directos, también se podría subir un poco el IVA pero con el fin de no subir las cotizaciones sociales. Creo que había que subir claramente el IRPF en la parte más alta. Aunque ahora no está de moda, el impuesto sobre sucesiones y donaciones debería producir algo más, y sobre todo una mayor información sobre cómo las fortunas relativamente importantes están asignando sus recursos y cuál es la renta que generan, porque esa es una información adicional muy importante. Creo que el conjunto de estas cosas permitirían, a través luego del aumento del gasto social y de educación, abrir unas perspectivas hacia una sociedad que fuera más igualitaria que la actual. Si no, hay dos tendencias que van hacia una distribución de la renta en favor de los más ricos y en contra de los más pobres. Una es sin duda la globalización, que obliga a ser competitivo en salarios bajos. Y la siguiente es las nuevas tecnologías, que no permiten asociarse con muchos puestos de trabajo que requieran una gran formación en capital humano.

Esta entrevista fue realizada para Trece Televisión.

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>Reconectar el voto y la experiencia social

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  4 votos
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'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
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'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

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>Reconectar el voto y la experiencia social

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

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Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

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>Entrevista a Joseba Arregi

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

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>Entrevista a Tulio Álvarez

'Hay agenda, ya es hora de que el PSOE tome la iniciativa'

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

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El otro es un bien, también en política

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