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19 ABRIL 2018
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Cristianos y musulmanes. Fe y libertad en la ciudad plural

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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Aunque el tema central del último número de la revista Oasis, “Musulmanes, fe y libertad”, pueda parecer lejano de nuestras preocupaciones cotidianas, el subtítulo, “Por qué esta es la verdadera cuestión del futuro (más que el terrorismo)”, debería disipar toda impresión de algo abstracto. Me han dicho que algunos lo han definido como valiente, pero más que valiente creo que es dramáticamente realista porque el gran nudo sin resolver del que nacen muchas de las tensiones del mundo musulmán, llegando hasta la tragedia del yihadismo, es justamente la ausencia de libertad. En particular, sin libertad se seguirá planteando la trágica alternativa entre gobierno autoritario o dictadura religiosa que aplasta a las iglesias cristianas, en apoyo de las cuales nació Oasis hace ya más de doce años.

Una conversación interrumpida

Libertad y liberación no son sinónimos. Cincuenta años después del 68 conocemos bien la potencia del ideal de liberación (política, económica, social…), su capacidad para movilizar a las masas, como se decía entonces. Sin embargo, la evolución –aunque sería mejor decir la involución– del 68 nos muestra que no hay verdadera liberación sin una concepción adecuada de la libertad. Las revueltas árabes de 2011, que empezaron en Túnez y Egipto, han sido un grito de liberación que no supo abrirse camino hacia la libertad; a causa de la represión, ciertamente, pero también a causa de una insuficiencia interna en las diversas almas de las protestas. Y así el terrorismo, entonces reducido a una posición defensiva, pudo volver a levantar la cabeza. Por eso, en un momento en que el yihadismo acusa el golpe de varias derrotas militares, resulta crucial volver a hablar de libertad, sin descargar tan pronto las responsabilidades en el sistema político global y, por otro lado, sin encerrarse, por lo que a Europa se refiere, en un miope enfoque centrado en la seguridad. Solo así se podrá quitar su base al fundamentalismo.

Pero no es fácil discutir sobre estos temas, al menos en el mundo musulmán. El primer obstáculo son sin duda los constantes ataques a la libertad de expresión que impiden afrontar serenamente las cuestiones más delicadas. ¿Cómo se va a reflexionar sobre la libertad religiosa con la espada del takfīr (acusación a los no creyentes) desenvainada sobre nuestras cabezas? ¿Cómo se va a hablar de los límites del poder político en un estado policial? «Pero lo que el hombre no puede hacer públicamente –escribe el estudioso coránico Emran Al-Badawi en un interesante artículo– lo hace en secreto. O mejor aún en internet». Existe por tanto un debate sobre estos temas que merece ser conocido, aunque se desarrolle en su mayoría de manera subterránea y al margen del discurso oficial, político y religioso.

Sin embargo, el último número de Oasis también muestra una dificultad más profunda, diría que un gran malentendido, bien documentado en un libro-manifiesto de principios del siglo XX, “La naturaleza del despotismo” del sirio Al-Kawakibi (1854-1902). Muy conocido en el mundo árabe, este libro supone indudablemente un potente llamamiento en favor de la libertad. Pero insuficiente. El autor sirio leyó a Vittorio Alfieri (1749-1803), del que toma numerosas ideas. Sin embargo, como el piamontés, sigue preso de un esquema ilustrado según el cual el cristianismo –y el catolicismo en particular– sería el principal obstáculo a la libertad. Al-Kawakibi cree que puede salir al paso de las dificultades con dos movimientos. Primero, introduce la más clásica de las distinciones entre la figura de Jesús, positiva y profética, y la historia de la Iglesia como institución temporal corrupta. Segundo, cree que puede exonerar al islam de la crítica ilustrada ya que se trata de una religión sin clero; si hubiera vivido hasta los tiempos del Isis habría visto que se puede construir tranquilamente una tiranía religiosa aun con ausencia de clero.

El gran malentendido de Kawakibi, y de tantos autores que después de él se posicionaron en el mundo islámico a favor de la libertad, consiste en leer el cristianismo a través de las lentes de la modernidad. Por ello, a pesar del respeto que tributa a la figura de Jesús, “uno de los profetas más cercanos a Dios” como siempre nos recuerdan los musulmanes durante los encuentros interreligiosos, su mensaje no es tomado en consideración. El verdadero referente de la confrontación es la Ilustración europea, que nace sin duda de una raíz cristiana –después del Concilio Vaticano II estamos mejor dotados para reconocer este nexo con serenidad– pero que creyó que podía separarse de esta raíz. Por tanto, es urgente dar comienzo a una confrontación directa entre cristianos y musulmanes sobre el tema de la libertad, teniendo presente obviamente la experiencia del liberalismo, pero sin dejarse atrapar por su esquema interpretativo. Un breve aperitivo de lo que podría venir es un artículo del intelectual turco Mustafa Akyol, periodista y escritor, que se pregunta, siguiendo las huellas de su libro “The Islamic Jesus”, qué puede enseñar Jesús a los musulmanes de hoy. Y lo hace leyendo el Evangelio. Aunque no comparto su interpretación histórica –para Akyol la auténtica predicación de Jesús habría sido conservada por los judeo-cristianos y por tanto por el islam, mientras que la Gran Iglesia constantiniana la habría perdido– sus dos propuestas (“la sharía está hecha para el hombre y no el hombre para la sharía” y “el califato está dentro de vosotros”) me parece que trasladan de manera eficaz ciertos aspectos de la enseñanza de Jesús a la condición actual del mundo musulmán.

He dicho que cristianos y musulmanes deberían comenzar una confrontación sobre estos temas. Pero habría sido mejor decir re-comenzar. De hecho, la revista de Oasis documenta que en el Medievo árabe-islámico cristianos y musulmanes discutieron largamente sobre la libertad. No la libertad política o religiosa, allí la situación estaba clara. Por un lado estaban los dominadores (los musulmanes) y por otro los dominados (las demás comunidades religiosas), tolerados bajo ciertas condiciones. Pero la situación de subordinación no ahogó la pregunta fundamental, pregunta que ahora en cambio está ausente demasiado a menudo en los programas de liberación y que explica en último término el fracaso. ¿En qué relación está el hombre respecto a Dios? ¿Es libre? ¿Cómo se puede conciliar su libertad con el hecho de que Dios es omnipotente? En este sentido está por descubrir la preciosa carta atribuida al teólogo asceta Hasan de Basra (muerto en 728) y el tratado de Teodoro Abu Qurra (775-829), uno de los primeros pensadores cristianos que se ocupó seriamente del islam. Teodoro era obispo melquita de Harrán y vivió antes del cisma entre Oriente y Occidente. Es literalmente nuestro antepasado en la fe y algunas de sus ideas, una vez depuradas del tono polémico típico de su tiempo, también podrían ayudarnos a nosotros.

Pero son otras cosas las que urgen, dirán como siempre los líderes de un presunto enfoque “realista” que nos ha llevado al borde de “una tercera guerra mundial fragmentada”. ¿Estamos seguros? ¿Reflexionar sobre la relación hombre-Dios sería realmente un lujo? ¿De verdad se puede dar por descontado para el mundo musulmán porque “los orientales son por naturaleza religiosos”? Volvamos un instante al caso de la Ilustración. Su componente hostil a la fe, que luego desembocó en el ateísmo, se vio sin duda favorecida por la experiencia de las guerras de religión. Es significativo que en el mundo islámico asistamos hoy, precisamente a causa de las matanzas del yihadismo y la politización de la religión, a una renovada toma de posiciones abiertamente ateas. Por minoritarias que sean, denuncian un malestar que podría estar más extendido de lo que pensamos y llevarnos a escenarios impensables. En el fondo, ¿quién podría pensar, visitando Notre Dame en 1780, que doce años después se iba a celebrar el culto a la diosa razón? Occidente no tiene la exclusiva en estos vuelcos.

El prejuicio occidental

Por tanto, si los musulmanes están llamados a poner en discusión la relación hombre-Dios, a nosotros, occidentales, cristianos y laicos, también se nos pide un esfuerzo análogo de conversión para liberarnos de un prejuicio que conviene que hagamos explícito. Se trata de la idea de haber ya encontrado la fórmula perfecta para conciliar, al menos en la práctica, fe y libertad: la fórmula política de la laicidad. Ahora bien, me parece que el cansancio actual en nuestras democracias y en nuestra vida social transmite todo menos una sensación de éxito. Pensemos en varios síntomas preocupantes: la creciente soledad y la incapacidad para tener una relación estable con el otro, el alarmante descenso demográfico, la desafección a la hora de asumir responsabilidades, el narcisismo patológico que corre el riesgo de convertirse en autismo, el nihilismo que puede pasar de “alegre” –como lo definía Del Noce hace unas décadas– a trágico. Y como cristianos añadiría también la dificultad para proponer un testimonio integral (personal y comunitario), que no se limite al buen ejemplo –siempre bienvenido– del individuo. Pienso en aquello que san Juan Pablo II llamaba las estructuras de pecado, ¿es posible que frente a un liberalismo que gira sobre sí mismo no se pueda llegar más allá de la enunciación de principios? ¿Es posible que frente al desafío antropológico que plantean las tecnociencias y la colonización ideológica del género los cristianos tengan que limitarse a balbucear su desacuerdo?

Puede ser que el designio de Dios quiera hacernos pasar a través de esta insignificancia cultural, por lo que sobre las grandes cuestiones económicas, sociales y antropológicas no sabremos ofrecer más que fragmentos de un estilo de vida distinto. Es verdad, algo parecido sucedió en el reino de Judá hacia el final de su historia, pero antes de acomodarnos en esta posición se impone verificar si realmente este es el camino trazado por Dios o más bien un ceder por nuestra parte al “esquema de este mundo”. El Antiguo Testamento, de hecho, nos enseña dos cosas a la vez: que el pequeño resto de Israel tuvo que aceptar la caída de la monarquía de Judá y de su proyecto político, pero también que necesitó volver de los ríos de Babilonia a las ruinas de Jerusalén para recuperar un lugar propio, por precario que fuera. La Biblia también conserva la historia de las diez tribus perdidas de Israel, primero tan orgullosas de su propia particularidad nacional y luego tan prontas a disolverse en la cultura global de su tiempo.

Una Iglesia de las gentes

Por tanto, si como cristianos y musulmanes sabemos liberarnos del prejuicio mutuo (“como occidentales ya hemos resuelto el problema” y “los cristianos no tienen nada que decir sobre la libertad”), si volvemos a afrontar la cuestión en su radicalidad (¿cómo puede subsistir una libertad finita al lado de una libertad infinita sin limitarla?), encontraremos de nuevo nuestra tarea como creyentes en el mundo.

Intervención del cardenal Scola en la presentación del último número de la revista Oasis en la Feria del Libro de Milán

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

Chacras para lo humano

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3010 votos

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