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17 NOVIEMBRE 2018
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Putin, señor del tiempo

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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La esperada victoria de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales rusas abre un cuarto mandato presidencial de seis años que finalizaría en 2024. A su término se podrá decir que Putin ha estado en el poder casi un cuarto de siglo, pues durante la presidencia de Medvedev ejerció de primer ministro, y cabe preguntarse si el actual presidente pensará entonces en la retirada de la vida pública o bien buscará algún modo de prolongar su mandato. El partido Rusia Unida, que sustenta a Putin, fue creado en función del presidente, y no se percibe a ningún político, salido de sus filas, capaz de sustituirle. Además en las pasadas elecciones, Putin se presentó como independiente de la mano del Frente Popular Panruso, como queriendo indicar que está por encima de los partidos. Por lo demás, el remplazo no es sencillo en ningún régimen personalista, pues a un mandatario nunca le parece suficiente el tiempo de estar en el poder. Siempre está diciendo que su obra no ha sido completada y que necesita más tiempo. Lo hemos visto recientemente en tantos ejemplos de presidentes latinoamericanos deseosos de prolongar su mandato, pese a las disposiciones constitucionales contrarias.

Las continuidades son posibles, en la mayoría de las ocasiones, si hay un partido de masas detrás del líder. De ahí puede salir un sucesor que dé continuidad a un movimiento político. No es este el caso del presidente Putin, pues la historia de Rusia no sería la que ha sido si fuese de otra manera. Rusia tiene una historia marcada por hombres providenciales, y en algún caso mujeres como Catalina la Grande, y siempre ha tenido el problema de su remplazo. En principio, la sucesión estaba asegurada por la monarquía hereditaria zarista, pero esto no impedía las luchas por el poder como sucedió en los siglos XVII y XVIII. Los gobernantes rusos, según señala el analista Maxim Trudolyubov, pretendían ser señores del tiempo, unas veces para inmovilizarlo, tal y como sucedió con Nicolás I o Breznev, y otras para acelerarlo, llevando a Rusia por el camino de las reformas, como fue el caso de Pedro el Grande, Alejandro I, Lenin, Stalin y Kruschev. Eran personalidades políticas que marcaban profundamente los tiempos, con independencia de que alcanzaran o no sus propósitos. Ni que decir tiene que no estaban dispuestos a ceder el poder. En el caso de Kruschev tuvo que ceder el poder por una “revolución palaciega”; Gorbachov no tuvo más remedio que dimitir al constatar que era presidente de un país, la URSS, que había dejado de existir; y Yeltsin renunció por razones de salud y de debilidad política.

En medio de la euforia por el triunfo de Putin, nadie piensa en lo que sucederá cuando se acerque el final del nuevo mandato de seis años, teniendo en cuenta que la Constitución no permite una nueva reelección. O se procede a una reforma constitucional para hacerla posible, o bien se piensa en un sucesor que Putin está lejos de haber designado. La cuestión surge inmediatamente: ¿quién puede suceder a un hombre que es aclamado por muchos rusos como el restaurador de la grandeza de Rusia como gran potencia? ¿Hay alguien a su altura? Tampoco es casualidad que las elecciones hayan coincidido con el cuarto aniversario de la anexión de Crimea. Muchos votantes asocian a Putin con una Rusia grande y fuerte. Es el candidato de las emociones y pulsiones patrióticas, capaz de llevarse casi un 77% de los votos, seguido por un candidato comunista, Pavel Grudinin, que no llega al 12%, pero que no se ha presentado bajo siglas comunistas sino con la denominación de Fuerzas Patrióticas Nacionales de Rusia. La Rusia liberal no existe, pues Yabloko, el partido de Grigori Yablinski, apenas supera un 1% de los sufragios.

Putin tiene que mantener durante los próximos seis años una imagen que se identifique, total y absolutamente con la de Rusia, pese a tener dos factores en contra para el futuro de su país: la demografía, que no sale demasiado de su estancamiento, y una economía sustentada por los productos energéticos, muy sensibles a las oscilaciones de los mercados. La asertividad en política exterior, sobre todo frente a Occidente, también ayuda, pero en este ámbito hay que medir los riesgos. Las aventuras exteriores que lleven a riesgos que perjudiquen a la población rusa serán siempre nocivas para el régimen. Basta recordar lo sucedido en Afganistán en la época soviética. De ahí que las implicaciones en Siria o en Ucrania hayan de ceñirse a unos límites que no deberían ser traspasados. Tal y como sucedió hace treinta años, los ataúdes de los jóvenes soldados contribuyen a socavar un régimen.

Por lo demás, la continuidad de un sistema político no depende solo de los sistemas exteriores. La política interior no debe de ser descuidada porque de ella depende el bienestar de un pueblo. Putin también quiere ser señor del tiempo, como sus antecesores en la cúspide del poder, pero el tiempo es un elemento peligroso si no se maneja con cuidado.

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