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19 ABRIL 2018
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La plaga de la corrupción en América Latina

Ricardo Galarza | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
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Nadie podía imaginar hace unos cuatro años que la madeja que comenzó a desenredarse el 17 de marzo de 2014 con el anuncio en Brasil de la investigación judicial Lava Jato, el mayor escándalo de corrupción en la historia del continente, iba a dejar el tendal de gobernantes, políticos y empresarios por hechos de corrupción en 10 países de América Latina que a la fecha superan la friolera de 10.000 millones de dólares, según estimaciones oficiales. Y muchos menos que iba a provocar un terremoto político por la renuncia de un jefe de Estado, la destitución de un vicepresidente y el procesamiento con posibilidades ciertas de prisión de un popular ex mandatario.

Un capítulo relevante del Lava Jato es el que protagoniza la constructora brasileña Odebrecht desde que la Justicia de Brasil aceptó las confesiones de casi 80 ejecutivos y empleados de ese conglomerado –entre ellos, su expresidente Marcelo Odebrecht– a cambio de reducirles las penas. Confesiones que luego fueron comprobadas por la Justicia de la decena de países involucrados: el pago de sobornos a partidos políticos y funcionarios públicos con el objetivo de obtener la adjudicación de obras públicas para la compañía, lo que había sido una práctica frecuente por lo menos entre 2005 y 2016.

En los últimos días le tocó el turno al presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, quien renunció el miércoles 21 antes de ser destituido por el Congreso, en medio de un escándalo que arrastraba desde diciembre pasado por haber recibido coimas de Odebrecht cuando era ministro del ex presidente Alejandro Toledo. El propio Toledo es hoy un prófugo de la Justicia peruana, que lo ha condenado a prisión por haber recibido 20 millones de dólares de la empresa mediante la cual el Brasil del PT exportaba su modelo de corrupción a los demás países de la región.

El jueves los medios brasileños dieron a conocer que el Supremo Tribunal Federal postergó hasta el 4 de abril la decisión sobre el pedido del ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva para evitar la prisión; pero le garantizó que no será encarcelado hasta que concluya el debate. El anuncio da un respiro al otrora mundialmente aclamado líder de la izquierda brasileña, que corría riesgo inminente de ir preso si un tribunal de apelaciones rechazase el próximo lunes sus últimos recursos de segunda instancia.

El Lava Jato, y sus derivaciones, es un megaescándalo, una gigantesca trama de corrupción sin precedentes. Nunca se había visto caer en desgracia a tantos gobiernos, presidentes y ex mandatarios por el mismo esquema de cohechos, y prácticamente con la misma empresa.

Es cierto que en Brasil hay otras constructoras implicadas en la operación, como OAS (por la que Lula está acusado de recibir un apartamento de lujo en un balneario paulista a cambio de contratos de obra con Petrobras), Queiroz Galvão, Camargo Correa, UTC y Andrade Gutierrez. Pero Odebrecht es, por mucho, la más comprometida. Sus perjuicios al Estado brasileño se estiman en cerca de 3.000 millones de dólares, según cifras de la Policía Federal del Brasil; casi lo mismo que el causado por las otras cinco juntas. Mientras que en los demás países de la región Odebrecht parece haber tenido el monopolio de la operación.

El esquema, más allá de los astronómicos montos malversados y de la sofisticada ingeniería financiera que seguía la ruta del dinero, consistía en una operación bastante simple: adjudicar a Odebrecht, o a las otras firmas implicadas, millonarios contratos de obra pública con sobreprecios de entre 10% y 20%. Luego se agregaba un 3% más al precio final por concepto de “ajustes políticos”; quedaba un poco feo llamarle directamente “coimas”. Esto permitió a un gran número de funcionarios, dirigentes y partidos políticos amasar verdaderas fortunas en sus tratos con la constructora brasileña, que además aceitaba con sus millones las campañas presidenciales de varios candidatos en los diferentes países que operaba. El círculo cerraba completo para el descomunal latrocinio regional.

Toda esta trama se ha conocido gracias a la independencia de la Justicia brasileña, y a la implacabilidad del juez federal de Curitiba Sergio Moro, cuya investigación se benefició de las llamadas “delaciones premiadas”. Mediante esta figura del derecho penal brasileño, algunos acusados pueden ver sus penas reducidas a cambio de información. Aunque hoy está en entredicho por la acción de algunos legisladores que se proponen derogarla en el Congreso; con lo cual lograrían entorpecer el avance de las principales causas. Pero hasta ahora, la estrategia del supermagistrado de Curitiba para incentivar las confesiones ha resultado altamente efectiva, además de demoledora para los corruptos de toda la región.

En Brasil la investigación ha llevado tras las rejas o procesado sin prisión a cerca de 300 dirigentes políticos y connotados empresarios; condujo a la debacle del PT y afectó el prestigio internacional de Lula y el del propio Brasil como potencia emergente. Entre los procesados se encuentran, además de Lula, su exjefe de gabinete y figura insigne del PT, José Dirceu; el ex ministro de Hacienda de Lula y de Dilma, Antonio Palocci; el ex director de medios de las campañas presidenciales de Lula y de Dilma, Joao Santana; el ex ministro de Hacienda de Dilma, Guido Mantega; el ex presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha; el ex director de Petrobras, Paulo Roberto Costa, el ex presidente del conglomerado Odebrecht, Marcelo Odebrecht; y decenas y decenas de senadores y diputados de todos los partidos.

Allí el grueso de la red Lava Jato estaba vinculado a contratos de obra con Petrobras, cuyas pérdidas totales por la operación se estiman en cerca de 13.000 millones de dólares.

Pero las confesiones obtenidas por Moro en Curitiba, en particular la de Marcelo Odebrecht, que en diciembre pasado salió de la cárcel para completar su condena en su mansión de San Pablo, pronto comenzaron a desbordar el fango proceloso de Lava Jato fuera de las fronteras de Brasil como un tsunami imparable. Argentina, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Panamá, Guatemala, México y República Dominicana son algunos de los 12 países –incluido dos naciones africanas– en los que el empresario brasileño reconoció haber operado con el mismo esquema.

El país en que ha tenido más repercusión fuera de Brasil y adonde se han procesado más implicados en la operación es Perú. Además de la renuncia de Kuczynski –quien ahora deberá enfrentar a la justica sin fueros presidenciales– y de la condena de Toledo, han sido procesados con prisión el ex presidente Ollanta Humala, su esposa, Nadine Heredia, y los poderosos empresarios José Graña Miró Quesada, Hernando Graña Acuña, Fernando Camet Piccone y José Castillo Dibós. Todos condenados por coimas vinculadas a las obras de Odebrecth en la Carretera Interoceánica.

En Ecuador, el vicepresidente entonces en funciones, Jorge Glas, fue condenado a seis años de prisión por haber recibido sobornos de Odebrecht junto a otras ocho personas, entre las que se encuentra su tío, el empresario Ricardo Rivera, también procesado, que actuaba de enlace entre Glas y la constructora brasileña.

En Colombia, el ex viceministro de Transporte durante el gobierno de Álvaro Uribe, Gabriel García Morales, fue condenado a cinco años de prisión también por recibir coimas de la constructora brasileña; la que además pagó un millón de dólares a la campaña presidencial de Juan Manuel Santos en 2014. Los demás procesados en Colombia por sus vinculaciones con los sobornos son el ex congresista Otto Nicolás Bulla y los empresarios César Hernández, Andrés Cárdona, Eduardo Ghisays Manzur, su hermano Enrique Ghisays Manzur y José Melo Acosta, entre más de una decena de imputados por el Ministerio Público colombiano.

Fue así como cientos de millones de dólares de la corrupción fueron a parar a las cuentas de varios dirigentes y sus testaferros; y otros cientos de millones, a las arcas de los partidos políticos de toda la región. Los testimonios del caso coinciden en que 200 millones de dólares de Lava Jato se destinaron solo a la campaña presidencial de Dilma en 2010.

Hoy la investigación de Moro continúa haciendo desfilar políticos y empresarios por los estrados judiciales, a pesar de los varios intentos por descarrilarla. Su actuación es popular entre los brasileños que, según las encuestas, la apoyan en gran número. La gran consternación causada por las revelaciones y la crisis moral de los partidos políticos siguen aún muy presentes en la consciencia colectiva brasileña. Y así como en su momento la corrupción se desbordó a otros países, hoy lo que se desborda es la demanda social por transparencia y castigo a los corruptos. Perú es un buen ejemplo de ello.

Deltan Dallagnol, el primer fiscal del Lava Jato en Brasil, ha dicho que sumergirse en la gigantesca y sofisticada maquinaria delictiva de la operación fue como “mirar al monstruo a los ojos”. Para cualquier periodista o investigador, asomarse a la inmensidad del caso y sus infinitas causas es como enfrentarse a tantas coimas como estrellas hay en el universo.

Un monstruo que parece salido de un relato de ciencia ficción. Quizá fue por eso que, después del éxito mundial de Narcos, el director brasileño José Padilha se animó a retratar la red de corrupción Lava Jato en una nueva serie de Netflix.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima | 0 comentarios valoración: 4  22 votos
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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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