Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
21 MAYO 2018
Búsqueda en los contenidos de la web

Donatello. La Pascua no es cuestión de buenos modales

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 2  13 votos

¿Cómo representar la resurrección? ¿Cómo poner imágenes a un hecho que nadie vio en el momento en que sucedió? En la experiencia de un artista, debe ser como un salto al vacío. O nos refugiamos en el convencionalismo de un imaginario sencillo o, si nos separamos de ahí, corremos el riesgo de ser visionarios. Así nacen obras maestras, como la de Tiziano con un Cristo Olímpico, o la de Mathias Grünewald en el altar de Issenheim, un Cristo como entidad luminosa. Sin embargo, se ve que demasiadas veces los artistas se ven obligados a poner dosis de “invención”, a refugiarse en los “efectos especiales”. En cierto sentido están justamente sujetos ante la grandeza misteriosa de lo acontecido.

Pero Donatello, el gran Donatello, es una excepción. Le llamaron para representar la resurrección al final de su carrera, cuando ya había regresado a Florencia tras su larga estancia en Padua, en uno de los dos púlpitos de la basílica de San Lorenzo, la basílica de los Medici. Donatello ya había trabajado en San Lorenzo hacía treinta años, en la vieja sacristía proyectada por Brunelleschi, realizando las extraordinarias puertas de bronce con los apóstoles discutiendo, que a veces parecen luchar entre sí. Fue un trabajó que le procuró el ostracismo de Brunelleschi, irritado por ese desorden de vida que insertó en el extraordinario equilibrio de su arquitectura.

Esta vez Brunelleschi había muerto hacía 15 años. Y Donatello podía sentirse libre para ser él mismo, aunque teniendo que afrontar un tema “imposible” como la resurrección. Ser él mismo significaba poder renunciar a las buenas maneras. Por eso su narración renuncia a cualquier toque edulcorado. Es una resurrección agitada, con un tono dramático que fluye por los laterales del púlpito. Los testigos están descolocados por lo que ha sucedido. Las mujeres que llegan al sepulcro parecen tambalearse ante la evidencia y el anuncio del ángel. Llevan el velo delante de los ojos, como si fueran clandestinas. Las mujeres iban “con las caras mirando al suelo”, narra Lucas. “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”, dice María Magdalena en el Evangelio de Juan. Fuera los soldados, más que dormir parecen extenuados tras una batalla. Donatello intercepta todo el estupor, pero también ese miedo humanísimo propio de ese instante, ante un hecho que todavía no se comprende bien.

Además, Donatello no desvía el corazón de lo sucedido, intenta afrontarlo en este “film de bronce” plasmado en el púlpito florentino. Se ve también a Cristo en el espacio angosto de esta narración. No tiene nada de etéreo, no tiene espacio para tomar vuelo alguno. Tiene un pie en el sepulcro y el estandarte en el brazo. A su alrededor, un escenario de batalla. Pero la decisión inaudita y casi irreverente de Donatello reside en el modo en que imagina el rostro del Señor, tan terrenal que más terrenal no puede ser. El manto que le cubre la frente, con los ojos casi cerrados, la boca semiabierta como tomando aire para respirar. Es una auténtica vuelta a la vida, que podría compararse con la fatiga a veces furibunda de un parto. Donatello es un genio poco educado, para él la resurrección no es en absoluto un truco de magia. Por eso hay tanta verdad y sobre todo tanta “vida” en este Cristo resucitado y en todo lo que le rodea…

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>SÍGUENOS EN

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja