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20 ABRIL 2018
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Europa en punto muerto

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Nuestro dictador ha ganado. Es lo que seguramente haya vuelto a decir el presidente de la Comisión europea, Juncker, del Partido Popular Europeo, al que pertenece el partido húngaro Fidesz vencedor de las pasadas elecciones en Hungría.

Lo lidera Víktor Órban, que ha pasado de militar en posiciones muy liberales en 1980 contra el régimen comunista a, ya en democracia, militar en el conservadurismo nacionalista.

Su partido, que en absoluto es extrema derecha pues hay otro partido en la cámara que es abiertamente xenófobo y antisemita, ha obtenido 133 escaños de los 199 posibles, en coalición con el Partido Popular Demócrata Cristianos (KDNP). La izquierda apenas tiene una representación del 25%, hundiéndose el partido socialista, heredero del que había antes de 1989, y actualmente en el Partido Socialista Europeo.

La participación del 70% en un estado de unos 10 millones de habitantes ha supuesto un record. Todo hay que ponerlo en la perspectiva de que en 1990 el partido Fidesz era un partido minoritario en la cámara con apenas 20 escaños. Sin embargo, ha ido incrementando su resultado, ganando por primera vez en 1998 hasta 2002, y como colofón esta última vez, la tercera consecutiva desde 2010.

Durante la campaña el partido de Órban ha puesto el acento en su stop inmigrantes musulmanes, y su oposición a la política de distribución de los mismos mediante cuotas de la Unión Europea de Merkel –política de cuotas que está siendo en todo caso un estrepitoso fracaso, y que comenzó con una derogación implícita de las normas sobre fronteras de la UE–. También ha centrado el foco en el origen judío del multimillonario de izquierda liberal Soros (si los millonarios tienen ideología), que le pagó sin embargo, según informaciones, parte de sus estudios de Derecho en Inglaterra.

Han sido muchas las críticas en la prensa internacional a ciertas medidas electoralistas como la reducción de la factura del gas para la clase media trabajadora húngara en vísperas electorales. Para los críticos, tanto estas actuaciones como que el Banco Mundial haya empeorado la calificación en materia de corrupción del país, son el botón de muestra para medir la calidad de la democracia húngara. Siempre un escalón por debajo de la Europa occidental y del norte.

Indagando en las razones de una victoria tan rotunda, Hungría y en general los países de “Mitteleuropa” –la Europa del este, antes de la caída del Telón de Acero–, y por supuesto los otros países balcánicos, han hecho una difícil transición desde el sistema de economía centralizada (sin mercado) a una economía de mercado (con intervención del estado). Estas dificultades hacen que muchos húngaros vean el pasado como una etapa de seguridad y de ciertas cotas de bienestar social que hoy añoran. Sucede lo mismo en Rumanía.

Para comprender el resultado húngaro hay que comprender que Hungría fue en los 70 y los 80 una de las repúblicas más liberales del Pacto de Varsovia, donde su entonces presidente les garantizó ciertas liberalidades políticas (“quien no está contra nosotros es nuestro amigo”) y un progresivo desarrollismo económico. Órban les ha dado ahora esas mejoras económicas –gracias en parte a las inversiones de la industria alemana y los fondos de la Unión Europea: paro del 3,3% en 2018 ante el 11,2% de 2010; crecimiento del 0,7% en 2010 ante uno del 4% PIB en 2018–, si bien, en su particular contrato social, les ha “exigido” a los húngaros que acepten varios puntos importantes.

Entre ellos, la reforma constitucional (2012), introduciendo en la Constitución lo que el propio Tribunal Constitucional calificó de inconstitucional, así como un sistema electoral mixto donde todo ciudadano tiene dos votos, uno para votar por un candidato de distrito y otro por una lista de partido. Esto ha originado una delineación a la carta de los distritos electorales que parece favorecen al partido de Órban (técnica que se llama en inglés “gerrymandering”); también, una polémica ley de medios de comunicación. El pacto parece que incluye cierta “tolerancia” hacia ciertas cotas de corrupción. La justificación de Órban es poder acabar con todo vestigio de la época comunista, aun cuando pueda haber corruptelas.

Aunque las críticas arrecian por el lado de esta revolución institucional (rebajar la edad de jubilación de los jueces, cambios en la constitución…), lo que no perdona en absoluto la izquierda liberal es la decidida “batalla cultural” emprendida por la derecha húngara en defensa de “lo de siempre”.

Por otro lado, para la Unión Europea, enfrascada en su obligo tecnocrático, la victoria de Fidesz debe ser la confirmación de que debe cambiar de política si Bruselas quiere una Europa unida. El Brexit fue un aviso, pero parece que hay dos Europas diseñando la Europa del futuro.

Es preciso en todo caso que surjan ciertos consensos y una narrativa común sobre las bondades de la cultura y tradición cristiana, parece que lo reclama mucha gente en Europa. Pero parece que Europa debe ser una sociedad abierta y respetuosa. En el imaginario de la izquierda liberal y de la derecha conservadora, parece que ambas premisas no pueden darse a la vez.

Lo que se dirime entre Órban y la Comisión, entre Órban y Soros, entre Órban y el New York Times y medios afines, todos ellos puntas de iceberg, es un pulso nada velado entre la nueva ideología globalista y “las fuerzas vivas del pueblo”, donde por cierto ya no están las fuerzas proletarias, que fueron útiles y tuvieron su momento pero que habrán de mutar o fenecer.

En la agenda globalista, se nos dice que sería conforme a lo que debe ser eliminar todo vestigio de identidad nacional y valores tradicionales (familia natural, matrimonio natural, respeto a la vida desde su comienzo hasta su final, estado nación), en pos de una nueva identidad mundial bajo otro tipo de valores (ateísmo, aborto libre, eutanasia, eugenesia, uniones de vida del mismo sexo, divorcio, cambio de identidad sexual, “multiculturalismo militante”…). No me atrevo a pensar que el votante medio del Fidesz vote con esto en la cabeza, sino más bien con miedo a los extranjeros y agradecimiento por un país con un desempleo de apenas el 4%, con una deuda y un déficit en descenso y con una economía creciendo en torno también al 4%.

La soberanía territorial sobre las que Órban ha edificado su victoria se está convirtiendo a comienzos del siglo XXI en una vana ilusión (Bauman). En realidad el mundo es eminentemente global.

Lo que ha acontecido en Hungría, como antes en Alemania, en Austria, en Francia, en Italia, en España con Cataluña… es una batalla identitaria entre el ellos y el nosotros, entre los buenos y los malos. Una elección sobre la identidad de una parte de los europeos del centro de Europa, los húngaros. Pero también en consecuencia se ha producido una elección sobre la identidad política, en parte, de Europa. Ha ganado en esta ocasión una Europa de estados, en vez de hacia una Europa de ciudadanos en estas elecciones.

El miedo al islam ha sido clave, pero porque antes se ha perdido la confianza en nuestra tradición, y las estructuras sociales y culturales que guardan y hacen viva esa tradición, y ese deseo. La confianza es la victoria. En Hungría parece que ha ganado la identidad cristiana de Europa, pero en el fondo, realmente, ha ganado el miedo y el pasado. Hemos vuelto a perder un tren: el de confiar que una vez Europa alumbró a la humanidad entera, y que si hay algo que no es cristiano es tener miedo, y no tener esperanza.

La llanura húngara rodeada de otras naciones y de montañas, acechada por el oso ruso, controlada históricamente por Austria, en medio del curso del Danubio, es una posibilidad para Europa. La pregunta es si en Bruselas se ha dado cuenta de que no cabe plantear una batalla cultural sin esperar una respuesta, ni si se han dado cuenta de que es preciso legitimar el estado de derecho frente a tentaciones a la turca o a la rusa, y sobre todo, que para construir Europa no va a quedar más remedio que contar con los estados, al menos en esta etapa de transición en que se define el papel de estos en la globalización. Europa se queda en punto muerto, y es la peor noticia para el Viejo continente. India esta semana pasará a ser la quinta economía del globo, desbancando a Francia o el Reino Unido.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

Chacras para lo humano

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

Liberación: ninguna pulsión antimoderna

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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