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19 ABRIL 2018
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Razón y fe, el desafío pendiente de la Ilustración

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  9 votos
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Al contrario de lo que se suele pensar, la Ilustración es fruto de la historia cristiana. Resulta paradójico, si lo pensamos, que la ideología ilustrada se afirme tanto como una oposición radical frente a la tradición cristiana y el principio de autoridad de la religión en la Europa moderna de los siglos XVII y XVIII. Un periodo marcado, por un lado, por las guerras de religión (o mejor dicho, de política religiosa, justo después de la reforma luterana) que estallaron sobre todo entre católicos y protestantes; y por otro lado, por la lucha por el control y la moralización de la vida política por parte de las iglesias. Con la consiguiente búsqueda de una "tolerancia" posible que salvara, gracias al uso sensato de la razón y del conocimiento, del abuso de una legislación moral de impronta religiosa a toda la sociedad.

Pero este fenómeno no se resuelve solo como una contraposición frontal y teorizada entre Ilustración y cristianismo (como en las puntas extremas de las ideologías francesas de Voltaire o Diderot, entre materialismo, escepticismo y "deísmo"). En realidad, en muchos otros casos la Ilustración europea se concibe ante todo como el cumplimiento o verificación de la tradición cristiana. Pero, esta es la cuestión, entendiendo tal verificación como una reabsorción del evento histórico original en la pureza de la razón moral.

Pero el resultado de esta operación interpretativa no debe hacernos dar por descontado el origen o impronta cristiana de la Ilustración. De hecho, fue por motivos netamente históricos, y no abstractamente racionales, por lo que la Ilustración pudo concebir sus principios fundamentales. Pienso en la exaltación de la libertad y la razón como constitutivos del individuo, o en el derecho a la igualdad, o en la idea de la historia como progreso hacia un fin completamente humano y racional del mundo. Resulta luminoso en este sentido el juicio del cardenal Ratzinger en 'La Europa de Benito en la crisis de las culturas', sobre el que ha llamado la atención, como contribución esencial para comprender el momento actual, Julián Carrón en los dos primeros capítulos de su libro 'La belleza desarmada'.

Se trata de un fenómeno en cierto modo parecido al que se está poniendo de manifiesto en nuestra época. Del acontecimiento de la encarnación deriva una nueva actitud cultural, pero llegado a cierto punto esa actitud cultural se traduce paradójicamente en una eliminación de la historia que la generó.

Vayamos a lo que escribe el gran Kant en su 'Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?' (1784). Dice que "es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad", como si uno siguiera siendo menor de edad por decisión propia. Y eso no depende de "una falta de intelecto" sino de la "falta de decisión y de valentía a la hora de servirse del propio intelecto sin la guía de otro".

Lo verdaderamente interesante aquí es la instancia kantiana sobre un uso de la razón humana valiente y sin prejuicios, ya no basado en la dependencia (en sentido servil) de una autoridad ajena a la experiencia, sino decidido a elegir lo que resulta evidente a la razón. "¡Es tan cómodo ser menor de edad! –continúa irónicamente Kant–. Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mí tan fastidiosa tarea". Por eso es tan difícil para un hombre librarse "solo" de esta minoría de edad. Solo podría hacerlo apostándolo todo por su libertad. ¿Pero de dónde nace esta libertad? ¿Quién o qué la mueve a elegir pensar valientemente con su propia cabeza? Este es el punto crítico de inflexión. Es difícil que uno solo pueda hacerlo, "pero, en cambio, es posible que el público se ilustre a sí mismo, algo que es casi inevitable si se le deja en libertad".

Es solo mediante el debate público –desligado de prejuicios doctrinales o confesionales– como puede suceder esta liberación. Que será toda ella, inevitablemente, cultural y ética. Los hombres realizados serán aquellos (al principio unos pocos) que "piensen libremente" y que, sacudiéndose el yugo de la minoría de edad, difundan entre los demás hombres "una estimación racional del propio valor y de la vocación de todo hombre a pensar por sí mismo". Por eso, el lema del ilustrado, es decir de un hombre de razón liberada, es "sapere aude", es decir, "¡ten valor de servirte de tu propio entendimiento!".

¿Pero cómo surgió esta instancia, en su origen cristiana? Del descubrimiento de que la razón solo se libera cuando el hombre reconoce en su experiencia, en la historia de su existencia (pensemos en Agustín), que no se puede reducir solo a sí mismo –eso lo encerraría a uno en los límites de sus meras capacidades– sino que es relación con Otro, que deja en el hombre una huella más grande que sí mismo. La inteligencia puede usarse porque encuentra en sí misma –como razón de ser– el criterio infinito del conocimiento y de la libertad. Y en el encuentro con el Otro esa huella originaria es llamada a salir a la luz.

Kant considera, por tradición, que estas facultades nuestras entran en el orden divino de la creación, pero lo que en el origen era una relación “longitudinal” directa con su fuente se convierte ahora en una competencia “latitudinal”, es decir, ya no la historia de una relación real sino una universalidad congénita a priori de la razón misma. El origen se convierte en mera función inmanente a la razón. Por eso, en ‘La religión dentro de los límites de la mera razón’ (1793), Kant llegará a decir que “no es esencial, ni por consiguiente necesario, que cada uno sepa lo que Dios hace o ha hecho por su salvación; pero es sin duda necesario que cada uno sepa lo que él mismo debe hacer para merecer tal asistencia”.

Pero el acontecimiento del inicio se disuelve en una moral racional pura precisamente porque ya no se intercepta como presente histórico. En esto Kant no hace otra cosa que recorrer el camino de Gotthold Ephraim Lessing, el intelectual alemán que en ‘La educación del género humano’ (1977) teorizó sobre la religión como un itinerario para la educación de la humanidad que en la etapa de la infancia y adolescencia necesita referirse a “otro” que le indique cómo hacer y qué pensar para llegar finalmente a descubrir dentro de sí mismo la capacidad de llegar con sus solas fuerzas al núcleo de la doctrina moral de Cristo.

Pero es sobre todo en el texto ‘Sobre la prueba del espíritu y de la fuerza’ (1778) donde se plantea el famoso "problema de Lessing" (como lo llamará Kierkegaard). “Verdades históricas casuales nunca pueden ser la prueba de verdades racionales necesarias”. Un hecho histórico particular sería un género de verdad finita, contingente, válida solo para aquellos que la experimentan directamente y por tanto destinada al pasado, totalmente distinta de las verdades universales que solo la razón puede captar en virtud de principios necesarios y eternos.

Pero lo sorprendente es el hecho de que Lessing no excluye por principio la posibilidad de que a los primeros que se toparon con una presencia extraordinaria como la de Cristo (un “milagro” que sucedió inesperadamente ante sus ojos) se manifestara una auténtica “prueba” del espíritu, generando en ellos la evidencia de la verdad universal o eterna sobre aquel hombre como hijo de Dios.

La cuestión es que según Lessing, desde Orígenes en adelante (siglo III d.C), “ya no hay milagros”. La prueba del espíritu, podríamos decir, se ha trasladado ahora a la capacidad de la razón humana para concebir el supremo deber moral. Pero la falta de milagros afecta a lo más profundo de la concepción protestante de la Iglesia, heredada por este autor, por la que Cristo ya no continúa realmente en la historia (este es el milagro) sino tan solo la fe moral de sus fieles.

Esta interpretación nos deja por tanto abierta la pregunta sobre su origen. El problema es si hoy sigue siendo posible toparse nuevamente con una presencia humana extraordinaria que, en sus propios rasgos históricos, nos lleve a reconocer su naturaleza infinita. En tal caso sería un hecho que mostrara la razón última de nuestro estar en el mundo, más que nuestra razón la que predeterminara lo que puede suceder.

La Ilustración no se trata de una historia pasada. La respuesta que autores como Lessing y Kant han dado a la instancia de una liberación de la razón humana en relación con la verdad consiste en separar la razón de los hechos, en el sentido de que los hechos ya no pueden decir nada a la razón humana acerca de la verdad, es decir, del sentido último y misterioso de la realidad. Pero tal vez esta discrepancia entre la pregunta ilustrada y sus respuestas nos permita entender que la primera era y sigue siendo más grande que las segundas. Una pregunta que se puede afrontar más libre de prejuicios y con más valentía justo ahora que las respuestas del racionalismo moderno han entrado en crisis y la razón ya no es el criterio de la validez universal reconocida por todos.

Quizás, precisamente en este tiempo nuestro de crisis, sea más sencillo entender que solo topándose con una presencia histórica particular podremos descubrir la verdad racional de nuestro estar en el mundo, y que esta verdad no tiene la fisonomía de un sistema de pensamiento, sino ante todo la novedad de un encuentro, como un amigo que me está esperando. En este encuentro humano, nuestra razón puede empezar a desbloquearse libremente, y jugar su papel de descubrimiento y búsqueda infinita. Tal vez, precisamente en esta época nuestra, podamos empezar a ser verdaderamente “ilustrados”.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima | 0 comentarios valoración: 4  22 votos
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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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