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18 SEPTIEMBRE 2018
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Razón y fe, el desafío pendiente de la Ilustración

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Al contrario de lo que se suele pensar, la Ilustración es fruto de la historia cristiana. Resulta paradójico, si lo pensamos, que la ideología ilustrada se afirme tanto como una oposición radical frente a la tradición cristiana y el principio de autoridad de la religión en la Europa moderna de los siglos XVII y XVIII. Un periodo marcado, por un lado, por las guerras de religión (o mejor dicho, de política religiosa, justo después de la reforma luterana) que estallaron sobre todo entre católicos y protestantes; y por otro lado, por la lucha por el control y la moralización de la vida política por parte de las iglesias. Con la consiguiente búsqueda de una "tolerancia" posible que salvara, gracias al uso sensato de la razón y del conocimiento, del abuso de una legislación moral de impronta religiosa a toda la sociedad.

Pero este fenómeno no se resuelve solo como una contraposición frontal y teorizada entre Ilustración y cristianismo (como en las puntas extremas de las ideologías francesas de Voltaire o Diderot, entre materialismo, escepticismo y "deísmo"). En realidad, en muchos otros casos la Ilustración europea se concibe ante todo como el cumplimiento o verificación de la tradición cristiana. Pero, esta es la cuestión, entendiendo tal verificación como una reabsorción del evento histórico original en la pureza de la razón moral.

Pero el resultado de esta operación interpretativa no debe hacernos dar por descontado el origen o impronta cristiana de la Ilustración. De hecho, fue por motivos netamente históricos, y no abstractamente racionales, por lo que la Ilustración pudo concebir sus principios fundamentales. Pienso en la exaltación de la libertad y la razón como constitutivos del individuo, o en el derecho a la igualdad, o en la idea de la historia como progreso hacia un fin completamente humano y racional del mundo. Resulta luminoso en este sentido el juicio del cardenal Ratzinger en 'La Europa de Benito en la crisis de las culturas', sobre el que ha llamado la atención, como contribución esencial para comprender el momento actual, Julián Carrón en los dos primeros capítulos de su libro 'La belleza desarmada'.

Se trata de un fenómeno en cierto modo parecido al que se está poniendo de manifiesto en nuestra época. Del acontecimiento de la encarnación deriva una nueva actitud cultural, pero llegado a cierto punto esa actitud cultural se traduce paradójicamente en una eliminación de la historia que la generó.

Vayamos a lo que escribe el gran Kant en su 'Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?' (1784). Dice que "es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad", como si uno siguiera siendo menor de edad por decisión propia. Y eso no depende de "una falta de intelecto" sino de la "falta de decisión y de valentía a la hora de servirse del propio intelecto sin la guía de otro".

Lo verdaderamente interesante aquí es la instancia kantiana sobre un uso de la razón humana valiente y sin prejuicios, ya no basado en la dependencia (en sentido servil) de una autoridad ajena a la experiencia, sino decidido a elegir lo que resulta evidente a la razón. "¡Es tan cómodo ser menor de edad! –continúa irónicamente Kant–. Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc, entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mí tan fastidiosa tarea". Por eso es tan difícil para un hombre librarse "solo" de esta minoría de edad. Solo podría hacerlo apostándolo todo por su libertad. ¿Pero de dónde nace esta libertad? ¿Quién o qué la mueve a elegir pensar valientemente con su propia cabeza? Este es el punto crítico de inflexión. Es difícil que uno solo pueda hacerlo, "pero, en cambio, es posible que el público se ilustre a sí mismo, algo que es casi inevitable si se le deja en libertad".

Es solo mediante el debate público –desligado de prejuicios doctrinales o confesionales– como puede suceder esta liberación. Que será toda ella, inevitablemente, cultural y ética. Los hombres realizados serán aquellos (al principio unos pocos) que "piensen libremente" y que, sacudiéndose el yugo de la minoría de edad, difundan entre los demás hombres "una estimación racional del propio valor y de la vocación de todo hombre a pensar por sí mismo". Por eso, el lema del ilustrado, es decir de un hombre de razón liberada, es "sapere aude", es decir, "¡ten valor de servirte de tu propio entendimiento!".

¿Pero cómo surgió esta instancia, en su origen cristiana? Del descubrimiento de que la razón solo se libera cuando el hombre reconoce en su experiencia, en la historia de su existencia (pensemos en Agustín), que no se puede reducir solo a sí mismo –eso lo encerraría a uno en los límites de sus meras capacidades– sino que es relación con Otro, que deja en el hombre una huella más grande que sí mismo. La inteligencia puede usarse porque encuentra en sí misma –como razón de ser– el criterio infinito del conocimiento y de la libertad. Y en el encuentro con el Otro esa huella originaria es llamada a salir a la luz.

Kant considera, por tradición, que estas facultades nuestras entran en el orden divino de la creación, pero lo que en el origen era una relación “longitudinal” directa con su fuente se convierte ahora en una competencia “latitudinal”, es decir, ya no la historia de una relación real sino una universalidad congénita a priori de la razón misma. El origen se convierte en mera función inmanente a la razón. Por eso, en ‘La religión dentro de los límites de la mera razón’ (1793), Kant llegará a decir que “no es esencial, ni por consiguiente necesario, que cada uno sepa lo que Dios hace o ha hecho por su salvación; pero es sin duda necesario que cada uno sepa lo que él mismo debe hacer para merecer tal asistencia”.

Pero el acontecimiento del inicio se disuelve en una moral racional pura precisamente porque ya no se intercepta como presente histórico. En esto Kant no hace otra cosa que recorrer el camino de Gotthold Ephraim Lessing, el intelectual alemán que en ‘La educación del género humano’ (1977) teorizó sobre la religión como un itinerario para la educación de la humanidad que en la etapa de la infancia y adolescencia necesita referirse a “otro” que le indique cómo hacer y qué pensar para llegar finalmente a descubrir dentro de sí mismo la capacidad de llegar con sus solas fuerzas al núcleo de la doctrina moral de Cristo.

Pero es sobre todo en el texto ‘Sobre la prueba del espíritu y de la fuerza’ (1778) donde se plantea el famoso "problema de Lessing" (como lo llamará Kierkegaard). “Verdades históricas casuales nunca pueden ser la prueba de verdades racionales necesarias”. Un hecho histórico particular sería un género de verdad finita, contingente, válida solo para aquellos que la experimentan directamente y por tanto destinada al pasado, totalmente distinta de las verdades universales que solo la razón puede captar en virtud de principios necesarios y eternos.

Pero lo sorprendente es el hecho de que Lessing no excluye por principio la posibilidad de que a los primeros que se toparon con una presencia extraordinaria como la de Cristo (un “milagro” que sucedió inesperadamente ante sus ojos) se manifestara una auténtica “prueba” del espíritu, generando en ellos la evidencia de la verdad universal o eterna sobre aquel hombre como hijo de Dios.

La cuestión es que según Lessing, desde Orígenes en adelante (siglo III d.C), “ya no hay milagros”. La prueba del espíritu, podríamos decir, se ha trasladado ahora a la capacidad de la razón humana para concebir el supremo deber moral. Pero la falta de milagros afecta a lo más profundo de la concepción protestante de la Iglesia, heredada por este autor, por la que Cristo ya no continúa realmente en la historia (este es el milagro) sino tan solo la fe moral de sus fieles.

Esta interpretación nos deja por tanto abierta la pregunta sobre su origen. El problema es si hoy sigue siendo posible toparse nuevamente con una presencia humana extraordinaria que, en sus propios rasgos históricos, nos lleve a reconocer su naturaleza infinita. En tal caso sería un hecho que mostrara la razón última de nuestro estar en el mundo, más que nuestra razón la que predeterminara lo que puede suceder.

La Ilustración no se trata de una historia pasada. La respuesta que autores como Lessing y Kant han dado a la instancia de una liberación de la razón humana en relación con la verdad consiste en separar la razón de los hechos, en el sentido de que los hechos ya no pueden decir nada a la razón humana acerca de la verdad, es decir, del sentido último y misterioso de la realidad. Pero tal vez esta discrepancia entre la pregunta ilustrada y sus respuestas nos permita entender que la primera era y sigue siendo más grande que las segundas. Una pregunta que se puede afrontar más libre de prejuicios y con más valentía justo ahora que las respuestas del racionalismo moderno han entrado en crisis y la razón ya no es el criterio de la validez universal reconocida por todos.

Quizás, precisamente en este tiempo nuestro de crisis, sea más sencillo entender que solo topándose con una presencia histórica particular podremos descubrir la verdad racional de nuestro estar en el mundo, y que esta verdad no tiene la fisonomía de un sistema de pensamiento, sino ante todo la novedad de un encuentro, como un amigo que me está esperando. En este encuentro humano, nuestra razón puede empezar a desbloquearse libremente, y jugar su papel de descubrimiento y búsqueda infinita. Tal vez, precisamente en esta época nuestra, podamos empezar a ser verdaderamente “ilustrados”.

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