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22 JULIO 2018
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Más allá de las modas pedagógicas

Ferrán Riera, director de Escola Llissach | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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El tiempo de la pantalla y del selfie, de la relación virtual, del autodiagnóstico y la automedicación a través de internet, de la sabiduría popular substituida por la arrogancia del yo que lo sabe todo porque de todo ha oído hablar… es el tiempo de las descripciones de cosas que no tienen que ver con uno mismo, de los adjetivos que se aplican a substantivos que no conocemos o de los que no tenemos experiencia. El lenguaje en los medios de comunicación, en la vida social y política y en las tertulias sirve paras subministrar un substituto de la experiencia personal. Cuanto más difícil y enrevesado o cuanto más vestido de “conocimiento” se dicen las cosas, más validez y legitimidad se le dan, tengan o no nada que ver con la propia experiencia.

El mundo escolar es un gran escaparate de discursos que todos más o menos compramos o que tenemos que comprar si no queremos quedar fuera del mercado. Es obligatorio tener nombre y apellidos adecuados para la propuesta pedagógica y…, después, ya veremos qué significa. De la omnipresente “educación en valores” de los primeros años del siglo XXI se ha pasado a la educación competencial, a los entornos amigables, a las comunidades de aprendizaje y servicio, a la escuela lenta, cooperadora, democratizante, colaboradora, mediadora, vertebradora, plurilingüe, internacional, a tiempo completo, equitativa y cohesionadora donde empoderamos a los niños que elevamos en un ascensor social. Es inevitable entrar en este bosque inmenso de la nomenclatura pedagógica. Lo que ya no está tan claro es si en los colegios tenemos la capacidad de asumir el significado de todas estas cosas sin que sean modas pasajeras y se pueda generar una verdadera experiencia educativa.

Para que un hecho, un acontecimiento educativo, genere experiencia real hace falta, entre otras cosas, que se pueda extender en el tiempo y en el espacio, que no quede cerrado en el universo de quien lo ha vivido, que pueda replicarse y reproducirse aunque cambien los protagonistas.

¿Pero es posible reivindicar esta estabilidad de la experiencia en un mundo que te reclama constantemente al cambio? ¿Es posible doblegarse a la objetividad de lo que sucede en las aulas y en las familias en vez buscar constantemente en la realidad excusas para defender la propia intuición y manía? ¿No habremos puesto a la escuela en un callejón sin salida del que no es posible salir sin romper nada?

Los colegios que no quieren perder el compás del tiempo ni el tren de la discusión pedagógica, que buscan lo más verdadero de cada nueva propuesta y que no se casan con ninguna metodología porque tienen la capacidad de valorar la utilidad de cada una de ellas, saben cuándo y por qué aplican algo. Son colegios que requieren un factor de cohesión y unidad a su quehacer. De otro modo se convierten en supermercados de ofertas educativas, vendedores de modas pedagógicas.

Este factor de cohesión funciona como catalizador o vertebrador de todo el desarrollo vital de su propuesta educativa. Los padres tienen el derecho y el deber de conocer este núcleo esencial, propuesta decidida e invariable en el tiempo, que permite que el colegio pueda estar abierto por las cuatro paredes y a su vez los vientos no lo hagan temblar. Es esta certeza educativa elemental y no el inevitable encaramarse del discurso y de la moda pedagógica lo que da la estabilidad de la experiencia y hace posible el crecimiento de todos y cada uno de nosotros.

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