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21 MAYO 2018
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>Entrevista a Álvaro de Diego

"La transición eleva a la categoría política lo que socialmente ya existía"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
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Álvaro de Diego es el autor del libro “La transición sin secretos” (Ed. ACTAS). Según el autor los franquistas abrieron la puerta de la democracia y fue en gran parte una obra de Torcuato Fernández Miranda.

Usted afirma en su libro que un sector del franquismo lidera la transición. ¿Por qué?

La forma en que España entra en la democracia, en la segunda parte de los años 70 del siglo pasado, es una forma legalista, ordenada, relativamente pacífica y que además se ha tomado como ejemplo en otros países, como modelo o paradigma a imitar. ¿En qué consiste básicamente? En que no hay una ruptura, no hay una revolución del tipo que sea, lo que hay es una reforma ordenada desde la propia dictadura, una dictadura larga, nacida a consecuencia de una guerra civil, pero que al ser tan longeva y tan larga va evolucionando. Entonces son los protagonistas de esta dictadura, una vez muerto Franco, los que impulsan el proceso de cambio, y sobre todo los que abren la puerta de la democracia. Yo incluso matizaría el subtítulo del libro, no tanto “los franquistas trajeron la democracia”, que fue una obra colectiva, sino “es verdad que los franquistas abrieron la puerta de la democracia”, es decir, facilitaron el tránsito ordenado desde un sistema autoritario a un sistema parlamentario, partidista, a través de esa ley para la reforma político.

Pero dentro del franquismo existían distintas familias.

La dictadura es relativamente plural en los años 70, hay fuerzas que son aperturistas, que están a favor del cambio, de un cambio ordenado, que respete la legalidad, que no vaya contra nadie, que tenga cierta consideración para con quienes han sido vencedores de la guerra, pero que a la vez desde dentro desmonte el sistema dictatorial. ¿Qué ocurre? Que al final del franquismo, al final de la dictadura, la correlación de fuerzas es partidaria una parte de la apertura y otra no. Al morir Franco, cambia la cabeza de la jefatura del Estado y es en la cúspide donde hay un partidario de la reforma, que es el propio Rey, un Rey que pertenece a otra generación, que ha nacido en Roma en el 38, que no tiene las hipotecas que tiene un vencedor de la guerra civil, y que por tanto también trata de cambiar la cúspide de ese régimen para tener cerca de él personas partidarias del cambio.

¿No es la sociedad civil también un motor de ese cambio?

Si bien es verdad que la Transición es un proceso desde arriba, estoy convencido de que es un proceso político al que el pueblo se suma y respalda rotundamente. Si en el último franquismo se había apostado por el inmovilismo y por no avanzar en reformas políticas, es verdad que una vez muerto Franco esto cambia completamente. La cosa tiene sus reticencias y marchas atrás, pero lo cierto es que hay un liderazgo claro que permite que se lleve a cabo la Transición con éxito. Ahora bien, también es cierto que hay una sociedad civil que demanda esto.

¿Qué motivos mueven a la sociedad civil?

En primer lugar, porque hay un cambio generacional importante. La guerra civil queda muy lejos. Quienes la han hecho no quieren repetirla, eso está claro, y los jóvenes no están hipotecados por sus recuerdos. De tal manera que piensan más en unidad generacional que en vencedores y vencidos de la guerra. También es verdad que España ha cambiado económicamente, es el país de Occidente que más crece. Este crecimiento económico supone muchas cosas, como la urbanización, como una explosión turística excepcional, que viene gente de fuera y trae otras costumbres y otra forma de ver las cosas, hay gente que empieza a viajar, no es lo habitual pero empieza a haber clase media. Por tanto, la mentalidad cambia y hay una sociedad civil favorable al cambio.

Por tanto, ¿la sociedad civil desea la democracia?

La sociedad civil es favorable a la democratización, de tal modo que hasta los sociólogos de entonces hablan de que la sociedad española, a principios de los años 70, es conservadora pero con valores democráticos, lo cual es bastante curioso porque no hay democracia en España, pero sí hay cierto asociacionismo. La gente está acostumbrada a las asociaciones de vecinos, a las reivindicaciones de ciertos derechos... Realmente hay una sociedad civil bastante pujante que está preparada para el cambio y que quiere hacerlo además de forma ordenada, no quiere perder la relativa tranquilidad, la seguridad, pero también hay un cierto reconocimiento de que la tranquilidad o la cierta paz social que existe se la debe al dictador, al que se le mira como un pasado con el que hay que romper, pero suavemente. A nivel sociológico, es muy curioso que a Franco se le mira con respeto pero se entiende que es el pasado y que ahora se trata de ir hacia adelante.

Cita usted a Julián Marías, que en “España inteligible” afirma que no se entiende España sin la identificación con el cristianismo pero el error está en pensar que una España cristiana permite suponer que todos los españoles deben ser cristianos

Uno de los elementos más claros de deslegitimación del franquismo en la fase final es el católico. Es un Estado que se dice confesionalmente católico, y sin embargo tiene una contestación importante de elementos católicos, lo cual es muy llamativo. Además, hay que tener en cuenta que el peso de lo católico es importantísimo en la transición democrática. Prácticamente toda la élite franquista se dice católica, y por otro lado quienes no la profesan tienen en cuenta que hay que tratarla con una especial consideración para evitar precisamente los problemas seculares que ha habido en los dos últimos siglos, y en último lugar en la guerra civil e incluso en la segunda República. Es decir, si se trata con consideración y respeto a los católicos, porque realmente son una mayoría sociológica en España, la transición irá bien, de tal manera que Carrillo, líder del partido comunista, es de los que más insisten en que haya un reconocimiento aunque sea formal a la Iglesia católica en la Constitución, y eso no le supone ningún problema. Es una especie de corrección sobre lo que se había hecho anteriormente, que el ataque contra el sector católico es de lo que más envenena la convivencia en España.

¿Es también la Iglesia plural?

La Iglesia católica, también, como el propio régimen curiosamente, es bastante plural, dirigida desde Roma por Pablo VI, tiene también un cambio en su correlación de fuerzas. Probablemente el episcopado sea conservador mayoritariamente, pero Pablo VI dispone los peones que tiene en España hábilmente para que las fuerzas progresistas tengan una ventaja, de tal manera que el primado tiene menos importancia y el Cardenal Tarancón, que sin embargo está en Madrid, a lo mejor eclesiásticamente es menos importante pero políticamente lo es más, es alguien que en aquel momento se puede considerar progresista, y es de las personas que más claramente apuestan por que no haya un partido de confesión o de etiqueta católica en el periodo de transición, de modo que incluso quienes se presentan con esa etiqueta en algunos casos no tienen ni representación parlamentaria en el 77, porque no tienen el apoyo de la Iglesia al fin y al cabo.

Me parece que los mártires de la Guerra Civil ponen la semilla de la reconciliación. Pensemos el ejemplo en negativo, ¿qué hubiera sido de nuestra historia reciente si los mártires no hubieran muerto perdonando a sus ejecutores?

No puedo decir más que estoy de acuerdo. Es más, añadiré aparte de este ejemplo que tiene especialmente mérito, a mi modo de ver la reconciliación ya estaba hecha mucho antes de la transición. Había pasado mucho tiempo, el recuerdo de la guerra era muy condicionante. Lo dice Santos Juliá, con el que no siempre estoy de acuerdo, pero en esto concreto sí, que no hubo un pacto de olvido, hubo una decisión de echar al olvido, que es distinto, lo cual quiere decir que se tenía muy presente la guerra civil y los odios anteriores para no repetirlos. En definitiva, creo que lo que hace la transición es elevar a la categoría política lo que socialmente ya existía.

Usted apela a la figura de Torcuato Fernández Mirando como uno de los protagonistas de la transición.

La transición tuvo un empresario, como se suele decir, y es una frase del propio Torcuato Fernández Miranda, que era autor de frases célebres, lapidarias y sintéticas, y elaboró en gran medida el relato en titulares de la transición. La frase de que el empresario era el Rey, el que tenía la idea de llevar al país a la democracia desde la cúspide del Estado, de que hubo un autor de escena, dramaturgo digamos, que fue el propio Fernández Miranda, que era el que tenía el guion, la hoja con lo que había que hacer, el plan de obra, y finalmente el actor principal, el que ejecuta lo que otro quiere y lo que otro diseña, es Adolfo Suárez. Que es un hombre con una imagen muy positiva, joven, dinámico, dialogante... No es quitar méritos a nadie, la labor del Rey está reconocida, tiene el premio Carlomagno, se le ha reconocido la categoría excepcional, probablemente no ha habido un Rey mejor, sobre todo en sus primeros años de reinado, desde Carlos III, un Rey que es capaz de conducir en pleno siglo XX a un país de la dictadura a la democracia y además que una monarquía se recupere en pleno siglo XX, en la segunda mitad, y que se consolide es algo totalmente inédito.

Sin embargo, Torcuato Fernández Miranda nunca ha tenido este reconocimiento. ¿Tiene que ver con su personalidad discreta?

No era un personaje simpático, tenía pocos amigos, era alguien que probablemente no tenía un gran equipo, sino que actuaba de forma bastante individualista, en contacto con los verdaderos resortes del poder, como fueron Franco, Carrero y después con el Rey. Es verdad que al morir Franco se plantean realmente dos proyectos de cómo se va a hacer la transición, a mi modo de ver: uno es el de Fraga, que yo creo que es el proyecto digamos a cara descubierta, con la especial personalidad de Fraga, arrolladora y un tanto autoritaria aunque era liberal políticamente hablando, que al presentar el proyecto fracasa y queda retratado en cierta forma; el de Torcuato Fernández Miranda es distinto, es alguien que aguarda su oportunidad, que se sabe mover entre bambalinas, que no sobreactúa sino todo lo contrario, pasa desapercibido, es completamente distinto, más reservado y sinuoso, frente a un Fraga volcánico. Realmente, Fernández Miranda empieza a mover los hilos desde la presidencia de las cortes preparando el terreno, pero esos primeros seis meses posteriores a la muerte de Franco puede hacer relativamente poco, salvo en lo que le afecta, que es preparar las cortes para el cambio y auspiciar la designación de Suárez.

¿Se podría decir que Suárez sigue el plan de Torcuato?

El plan original que ejecuta Suárez a mi modo de ver es el de Fernández Miranda sin ninguna duda. Por tanto, la ley para la reforma política es obra inicial y primigenia, aunque luego se mejora, aunque luego se aprueba en el conjunto de las cortes, aunque luego se convence a esas cortes, aunque Suárez la asume como cara visible… es obra fundamental y original de Fernández Miranda, y probablemente ha pasado a una posición de sombra por su propio carácter, porque no era buen vendedor de sí mismo, y luego también porque queda un poco arrojado fuera del proceso. Al final, es descabalgado por las circunstancias. Tiene esa actuación pero después va pasando a un segundo plano y probablemente queda descontento con algunas de las características que va asumiendo el cambio y que no eran las previstas por él en su plan original.

Ahora esta transición se pone en tela de juicio, ¿no hemos sabido regar la planta que hemos sembrado?

Han fallado muchas cosas. En primer lugar, la del mal llamado problema territorial, que no se ha solucionado convenientemente. Esto ya lo decía Ortega en los años 20-30, que con el nacionalismo catalán en especial había que llevar una conllevancia porque realmente no parecía soluble el asunto y estamos en la misma o incluso se ha agudizado el problema. No se ha hecho pedagogía política y la transición no se ha conocido suficientemente, un caso verdaderamente curioso no sé si decir de carácter masoquista español, es decir, una cosa de la que realmente podemos presumir los españoles en los últimos años y no se ha hecho especial hincapié. Además, es un triunfo colectivo de los españoles que no afecta a nadie, porque en otros casos, si vamos a la historia imperial, siempre se vence sobre alguien, aunque haya motivos para estar orgullosos de algunas cosas aunque de otras no, pero en este caso es una obra común y por tanto no perjudica a nadie. En el sistema educativo tampoco se ha hecho esta pedagogía, no se ha incluido en los planes de estudio para que la gente sepa de dónde viene su Constitución. Luego hay otros problemas que son más globales, la crisis de representación, de los partidos políticos, que puede decirse que es una crisis general.

¿Han sido un punto de inflexión las legislaturas de Zapatero?

A partir de Zapatero, es verdad que los enemigos de la transición a cara descubierta han aumentado en el parlamento. Es decir, tenemos unas fuerzas nacionalistas, que en una parte se han convertido en separatistas, no tiene nada que ver su representación ahora con la que tenía hace quince años, donde era una oposición mucho más templada y moderada, ahora están en la ruptura de la soberanía nacional, lo cual es un salto cualitativo increíble. Y por otro lado está la irrupción de una fuerza populista como Podemos que hace una enmienda a la totalidad de la transición. Ellos hubieran querido ruptura, y ruptura extrema con respecto al franquismo. En este sentido también es un salto cualitativo con respecto al propio partido comunista de la transición, que fue protagonista indiscutible del cambio, un partido comunista que aceptó la bandera, la monarquía y la unidad de España, lógicamente con sus matices porque el partido comunista no puede ser monárquico pero al fin y al cabo entendió que el bien democrático estaba por encima de las particulares formas de gobierno, y por tanto que el sistema de convivencia era adecuado y no había que hacer especiales objeciones, teniendo cada uno su propia visión política. Por un lado ha hecho mucho daño la crisis económica, pero también y sobre todo, especialmente, el cambio de mentalidad que auspició el presidente Zapatero que abrió esta espita que no ha hecho sino engrandarse en gran medida.

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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

El resentimiento que rechazamos

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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