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20 MAYO 2018
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François-Xavier Bellamy, el valor de la tradición y la experiencia en educación

Luis Rubalcaba, catedrático de la Universidad de Alcalá | 0 comentarios valoración: 3  30 votos
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Hace 10 días tuve la fortuna de participar en un excepcional congreso sobre educación organizado por la plataforma Be-Education y un grupo de colegios de España. Más que un congreso era un encuentro de gente que compartía su pasión por las personas, los alumnos en particular, y su deseo de aprender y vivir la vida en plenitud. La calidad del congreso y el nivel de los ponentes y discusiones merecen la atención de cualquier educador. Aunque el entorno era la educación escolar, algunos profesores universitarios también estábamos presentes y pudimos beneficiarnos de estar allí. ¡Cuánto bien supone para los profesores universitarios que nos recuerden que también nosotros somos educadores!

Quiero solamente centrarme en lo que he aprendido del encuentro con Francois-Xavier Bellamy, profesor de filosofía, político en Francia, y autor de un libro recientemente publicado en España (Los Desheredados, Ediciones Encuentro). Su historia merece la atención de cualquiera que tenga interés por la educación. Representa la mejor expresión de una tradición educativa única con la que vive y genera experiencias excepcionales en sus alumnos, hasta el punto de conseguir que chavales con problemas de integración cultural y social adquieran gusto por la lectura, la poesía, la educación en general, y más en general aún, por su propia vida. Bellamy critica con mucha razón el sistema educativo francés, basado en pedagogías modernistas, que ha desheredado a los alumnos de las tradiciones culturales desde las que debía partir su camino educativo de verificación/refutación. Pero lo interesante de Bellamy no es que defienda una cierta tradición educativa, con la que se puede estar más o menos de acuerdo, sino que representa, en acto, lo mejor de una tradición que se hace viva y potente en su quehacer educativo y político, con iniciativas que construyen realmente e integran a jóvenes de todo tipo, raza y condición.

Bellamy me parece que representa el valor de la tradición educativa más auténtica, lo que creo que sirve al debate sobre las opciones de pedagogía educativa. Los profesores estamos siempre entre la opción de educar desde una cierta tradición que los de más edad conocemos bien (por ejemplo, a través de la primacía de la transmisión de contenidos, y con apoyo de las clases magistrales, la repetición y la memorización entre otros) y las modernas pedagogías que se han impuesto a dicha tradición (por ejemplo, dando mayor protagonismo a los alumnos en el aula y a las actividades prácticas, buscando la formación de habilidades y competencias más que transmitir contenidos, y el famoso “aprender a aprender” tan aclamado por unos como denostado por otros). Y los profesores muchas veces acabamos en puntos intermedios que a veces no acaban de convencernos. Lo de toda la vida parece que ya no sirve y las modas pedagógicas son muchas veces un gran supermercado de nuevos productos que tampoco sirven, como recientemente ha escrito en estas Páginas Ferrán Riera. En la universidad, la aplicación de Bolonia sigue siendo un problema y factor de incomodidad para muchos puesto que, en términos generales, ha supuesto un movimiento del modelo tradicional hacia el modernista, que no siempre es fácil ni está exento de problemas mayores. Vaya por delante que no me gustan los extremos en este caso, ni menos las posiciones que defienden los extremos desde dialécticas constructivistas o anti-constructivistas. No confiero propiedades salvíficas a ninguna opción metodológica por sí misma. A veces pienso que hay que adaptar la pedagogía a los alumnos que tenemos delante y a nuestra forma personal de educar (lo que resulte más útil al profesor y sus alumnos) y no al revés. Pero también existen extremos buenos de los que aprender, que se producen cuando un profesor genera una experiencia educativa verdadera, tenga la metodología y posición pedagógica que tenga, como en el caso que nos ocupa.

Me quito el sombrero ante hechos como los que contó François Bellamy que muestran la potencia de una aproximación plenamente humana y anclada en la experiencia, y no en el discurso, para la tarea educativa. Bellamy nos ofrece todo el valor posible hoy en día de las bondades de cierta metodología tradicional (como ejemplificaba a través de la enseñanza del pensamiento clásico o al proponer la repetición de poesías), en un mundo hoy donde eso podría parecer imposible que pueda funcionar. Y desde ahí Bellamy muestra cómo se hacen posibles experiencias educativas capaces de integrar a chavales con dificultades varias, que pocos darían nada por que pudieran funcionar con esas metodologías. Existe un gran valor en la tradición educativa que Bellamy encarna, y que nos anima a todos a redescubrir: la unión entre el valor de la persona y la transmisión de la herencia y la cultura como elemento esencial de la educación. Este valor es tantas veces negado de modo absurdo por ciertas corrientes modernistas, como si se pudiera educar fuera de una cultura y de una tradición heredada. De Bellamy aprendemos la potencia de este valor esencial, como también en otras ocasiones encontramos valor en maestros que utilizan diferentes metodologías, las más modernas incluidas, que no son necesariamente incompatibles con las tradicionales.

Desde mi punto de vista la clave no está en las metodologías (aunque nos todas son iguales y las hay mejores que otras y algunas que pueden funcionar en más casos que otras) sino en la persona y en los hechos, algo que a veces olvidamos o damos por supuesto, arrastrados por el error de tener mucho razonamiento y poca observación (según la cita de Alexis Carrel que utiliza Luigi Guissani en su libro El Sentido Religioso). Explico lo que quiero decir con un ejemplo de tipo personal. Tras el congreso yo estaba admirado de lo que había visto y oído en los ponentes, Cesana, Luri y Bellamy en particular, y en la fuerza que se trasmitía en la atmósfera del congreso. Pero también, un instante después me separaba de ese asombro, me veía bloqueado en la búsqueda de un juicio adecuado sobre el balance justo entre tradición educativa e innovación educativa adaptada al mundo de hoy. Buscaba puntos intermedios que no me llevaban a ningún lado, fuera del asombro que había vivido durante varias horas. Afortunadamente, ese mismo día, una amiga me invitó a una cena con Bellamy, en casa de un amigo común, y en esa cena tuve la ocasión de descubrir toda la potencia de su humanidad y la de algunos amigos suyos que también estaban presentes. Comprendí cómo la grandeza educativa nace de la grandeza humana de ciertos maestros que imprimen huella, huella que permanece indeleble de por vida, especialmente para los que luego nos dedicamos al mismo oficio de por vida. Oyendo estas cosas recordaba a mi profesor de Latín, Sr. Torrent, que me daba clase en segundo de BUP en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, por la forma de enseñar, muy parecida en su pedagogía clásica a la de Bellamy, y por su forma de mirarnos y de pronunciar nuestros apellidos: en clase terminábamos hablando latín mejor que inglés. La cena me mostraba en acto cómo los maestros cautivan, especialmente cuando viven a su vez cautivados y del agradecimiento hacia sus maestros, tal como Bellamy estaba agradecido hacia los autores clásicos, los literatos y poetas, y hacia su abuelo que le enseñó a disfrutar memorizando poesía. El asombro ante lo que estaba aconteciendo en aquella cena me desbloqueó y me hizo volver al asombro valorando aún más la estatura educativa de los profesores que estaban en esa cena, cuando se contaban ejemplos de cosas que pasaban entre sus alumnos, y pasando a un segundo plano las cuestiones metodológico-pedagógicas, más circunstanciales y coyunturales. Un método pedagógico específico puede servir a algunos alumnos y profesores y puede no servir a otros, pero una forma de mirar apasionada a los alumnos sirve a todos. A partir de esa cena ha nacido en mí el deseo de profundizar en el juicio cultural sobre la educación (incluido el debate entre tradición e innovación) partiendo de lo que está en el origen de nuestra experiencia en el ámbito educativo, y no de juicios separados de la experiencia, los de mi dialéctica antidialéctica incluidos.

Mi conclusión es doble: 1) es un gusto poder aprender de la experiencia de los maestros y ojalá vivan y crezcan las experiencias educativas auténticas que ponen la persona en el centro, como las vistas en Bellamy y en tantos ponentes del congreso propuesto por Be Education, como Cesana y Luri y otros, algunos representando perspectivas pedagogías, sociales y políticas muy diferentes; y 2) Bellamy nos enseña que no es posible educar sin una trasmisión de la cultura y la herencia recibida, donde poner a la persona en el centro es inseparable de esa transmisión. Esto resulta esencial para cualquier método educativo, dentro de lo cual, pienso, bienvenidos sean aquellos instrumentos metodológicos concretos y pedagogías específicas, sean tradicionales o modernas, que construyan, que sirvan instrumentalmente a que haya experiencias educativas verdaderamente humanas y atractivas. En instrumentos, libertad para examinarlo todo y quedarse con lo bueno, como dice el Evangelio. La clave son las personas y los hechos. Por eso hay más que ganar en juzgar sin separarse de las experiencias que en razonar dando por supuesta, o como ya sabida, la observación de lo sucedido.

Será muy interesante poder trabajar el libro de Bellamy para aprender de sus muchos certeros juicios y provocadores hechos, como es un gran reto el crecer conjuntamente en la fascinante experiencia de educar educándose, aprendiendo de otros.

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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

El resentimiento que rechazamos

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  25 votos
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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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