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22 OCTUBRE 2018
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François-Xavier Bellamy, el valor de la tradición y la experiencia en educación

Luis Rubalcaba, catedrático de la Universidad de Alcalá | 0 comentarios valoración: 3  32 votos
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Hace 10 días tuve la fortuna de participar en un excepcional congreso sobre educación organizado por la plataforma Be-Education y un grupo de colegios de España. Más que un congreso era un encuentro de gente que compartía su pasión por las personas, los alumnos en particular, y su deseo de aprender y vivir la vida en plenitud. La calidad del congreso y el nivel de los ponentes y discusiones merecen la atención de cualquier educador. Aunque el entorno era la educación escolar, algunos profesores universitarios también estábamos presentes y pudimos beneficiarnos de estar allí. ¡Cuánto bien supone para los profesores universitarios que nos recuerden que también nosotros somos educadores!

Quiero solamente centrarme en lo que he aprendido del encuentro con Francois-Xavier Bellamy, profesor de filosofía, político en Francia, y autor de un libro recientemente publicado en España (Los Desheredados, Ediciones Encuentro). Su historia merece la atención de cualquiera que tenga interés por la educación. Representa la mejor expresión de una tradición educativa única con la que vive y genera experiencias excepcionales en sus alumnos, hasta el punto de conseguir que chavales con problemas de integración cultural y social adquieran gusto por la lectura, la poesía, la educación en general, y más en general aún, por su propia vida. Bellamy critica con mucha razón el sistema educativo francés, basado en pedagogías modernistas, que ha desheredado a los alumnos de las tradiciones culturales desde las que debía partir su camino educativo de verificación/refutación. Pero lo interesante de Bellamy no es que defienda una cierta tradición educativa, con la que se puede estar más o menos de acuerdo, sino que representa, en acto, lo mejor de una tradición que se hace viva y potente en su quehacer educativo y político, con iniciativas que construyen realmente e integran a jóvenes de todo tipo, raza y condición.

Bellamy me parece que representa el valor de la tradición educativa más auténtica, lo que creo que sirve al debate sobre las opciones de pedagogía educativa. Los profesores estamos siempre entre la opción de educar desde una cierta tradición que los de más edad conocemos bien (por ejemplo, a través de la primacía de la transmisión de contenidos, y con apoyo de las clases magistrales, la repetición y la memorización entre otros) y las modernas pedagogías que se han impuesto a dicha tradición (por ejemplo, dando mayor protagonismo a los alumnos en el aula y a las actividades prácticas, buscando la formación de habilidades y competencias más que transmitir contenidos, y el famoso “aprender a aprender” tan aclamado por unos como denostado por otros). Y los profesores muchas veces acabamos en puntos intermedios que a veces no acaban de convencernos. Lo de toda la vida parece que ya no sirve y las modas pedagógicas son muchas veces un gran supermercado de nuevos productos que tampoco sirven, como recientemente ha escrito en estas Páginas Ferrán Riera. En la universidad, la aplicación de Bolonia sigue siendo un problema y factor de incomodidad para muchos puesto que, en términos generales, ha supuesto un movimiento del modelo tradicional hacia el modernista, que no siempre es fácil ni está exento de problemas mayores. Vaya por delante que no me gustan los extremos en este caso, ni menos las posiciones que defienden los extremos desde dialécticas constructivistas o anti-constructivistas. No confiero propiedades salvíficas a ninguna opción metodológica por sí misma. A veces pienso que hay que adaptar la pedagogía a los alumnos que tenemos delante y a nuestra forma personal de educar (lo que resulte más útil al profesor y sus alumnos) y no al revés. Pero también existen extremos buenos de los que aprender, que se producen cuando un profesor genera una experiencia educativa verdadera, tenga la metodología y posición pedagógica que tenga, como en el caso que nos ocupa.

Me quito el sombrero ante hechos como los que contó François Bellamy que muestran la potencia de una aproximación plenamente humana y anclada en la experiencia, y no en el discurso, para la tarea educativa. Bellamy nos ofrece todo el valor posible hoy en día de las bondades de cierta metodología tradicional (como ejemplificaba a través de la enseñanza del pensamiento clásico o al proponer la repetición de poesías), en un mundo hoy donde eso podría parecer imposible que pueda funcionar. Y desde ahí Bellamy muestra cómo se hacen posibles experiencias educativas capaces de integrar a chavales con dificultades varias, que pocos darían nada por que pudieran funcionar con esas metodologías. Existe un gran valor en la tradición educativa que Bellamy encarna, y que nos anima a todos a redescubrir: la unión entre el valor de la persona y la transmisión de la herencia y la cultura como elemento esencial de la educación. Este valor es tantas veces negado de modo absurdo por ciertas corrientes modernistas, como si se pudiera educar fuera de una cultura y de una tradición heredada. De Bellamy aprendemos la potencia de este valor esencial, como también en otras ocasiones encontramos valor en maestros que utilizan diferentes metodologías, las más modernas incluidas, que no son necesariamente incompatibles con las tradicionales.

Desde mi punto de vista la clave no está en las metodologías (aunque nos todas son iguales y las hay mejores que otras y algunas que pueden funcionar en más casos que otras) sino en la persona y en los hechos, algo que a veces olvidamos o damos por supuesto, arrastrados por el error de tener mucho razonamiento y poca observación (según la cita de Alexis Carrel que utiliza Luigi Guissani en su libro El Sentido Religioso). Explico lo que quiero decir con un ejemplo de tipo personal. Tras el congreso yo estaba admirado de lo que había visto y oído en los ponentes, Cesana, Luri y Bellamy en particular, y en la fuerza que se trasmitía en la atmósfera del congreso. Pero también, un instante después me separaba de ese asombro, me veía bloqueado en la búsqueda de un juicio adecuado sobre el balance justo entre tradición educativa e innovación educativa adaptada al mundo de hoy. Buscaba puntos intermedios que no me llevaban a ningún lado, fuera del asombro que había vivido durante varias horas. Afortunadamente, ese mismo día, una amiga me invitó a una cena con Bellamy, en casa de un amigo común, y en esa cena tuve la ocasión de descubrir toda la potencia de su humanidad y la de algunos amigos suyos que también estaban presentes. Comprendí cómo la grandeza educativa nace de la grandeza humana de ciertos maestros que imprimen huella, huella que permanece indeleble de por vida, especialmente para los que luego nos dedicamos al mismo oficio de por vida. Oyendo estas cosas recordaba a mi profesor de Latín, Sr. Torrent, que me daba clase en segundo de BUP en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, por la forma de enseñar, muy parecida en su pedagogía clásica a la de Bellamy, y por su forma de mirarnos y de pronunciar nuestros apellidos: en clase terminábamos hablando latín mejor que inglés. La cena me mostraba en acto cómo los maestros cautivan, especialmente cuando viven a su vez cautivados y del agradecimiento hacia sus maestros, tal como Bellamy estaba agradecido hacia los autores clásicos, los literatos y poetas, y hacia su abuelo que le enseñó a disfrutar memorizando poesía. El asombro ante lo que estaba aconteciendo en aquella cena me desbloqueó y me hizo volver al asombro valorando aún más la estatura educativa de los profesores que estaban en esa cena, cuando se contaban ejemplos de cosas que pasaban entre sus alumnos, y pasando a un segundo plano las cuestiones metodológico-pedagógicas, más circunstanciales y coyunturales. Un método pedagógico específico puede servir a algunos alumnos y profesores y puede no servir a otros, pero una forma de mirar apasionada a los alumnos sirve a todos. A partir de esa cena ha nacido en mí el deseo de profundizar en el juicio cultural sobre la educación (incluido el debate entre tradición e innovación) partiendo de lo que está en el origen de nuestra experiencia en el ámbito educativo, y no de juicios separados de la experiencia, los de mi dialéctica antidialéctica incluidos.

Mi conclusión es doble: 1) es un gusto poder aprender de la experiencia de los maestros y ojalá vivan y crezcan las experiencias educativas auténticas que ponen la persona en el centro, como las vistas en Bellamy y en tantos ponentes del congreso propuesto por Be Education, como Cesana y Luri y otros, algunos representando perspectivas pedagogías, sociales y políticas muy diferentes; y 2) Bellamy nos enseña que no es posible educar sin una trasmisión de la cultura y la herencia recibida, donde poner a la persona en el centro es inseparable de esa transmisión. Esto resulta esencial para cualquier método educativo, dentro de lo cual, pienso, bienvenidos sean aquellos instrumentos metodológicos concretos y pedagogías específicas, sean tradicionales o modernas, que construyan, que sirvan instrumentalmente a que haya experiencias educativas verdaderamente humanas y atractivas. En instrumentos, libertad para examinarlo todo y quedarse con lo bueno, como dice el Evangelio. La clave son las personas y los hechos. Por eso hay más que ganar en juzgar sin separarse de las experiencias que en razonar dando por supuesta, o como ya sabida, la observación de lo sucedido.

Será muy interesante poder trabajar el libro de Bellamy para aprender de sus muchos certeros juicios y provocadores hechos, como es un gran reto el crecer conjuntamente en la fascinante experiencia de educar educándose, aprendiendo de otros.

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