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20 MAYO 2018
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¿Tenemos algo en común?

Javier Prades | 0 comentarios valoración: 3  21 votos
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Los últimos procesos electorales en EE.UU. y en Europa han avivado la discusión entre las políticas que impulsan «movimientos identitarios» y las que reivindican la «ciudadanía». Las primeras favorecen los intereses de grupos específicos y las segundas privilegian los aspectos formales del procedimiento democrático, como garantía de igualdad en la sociedad civil. El debate jurídico y político resulta complejo, pero saca a la luz algo que incumbe a los actores de la vida social: ¿cómo fomentar que la política no acabe reduciéndose a la defensa de intereses particulares –a veces mediante lobbies muy poderosos– o a una protección abstracta del interés general? La respuesta supera los límites estrictos de la política y nos interpela a cada uno. Necesitamos voces desde todos los sectores sociales que asuman la responsabilidad de señalar lo que compartimos quienes vivimos en España. ¿Podríamos aceptar que existe algo así como un «nosotros» si, por ejemplo, sentásemos en una mesa a representantes de todos los partidos parlamentarios? ¿Y si reuniéramos a españoles arraigados aquí desde hace siglos con emigrantes recién llegados, o a castellanos con catalanes? ¿Y si nos sentásemos en una mesa creyentes junto con agnósticos o ateos? En esta época parece más fácil exigir lo «nuestro» frente a lo de «los otros». Nos cuesta ceder al reto fatigoso de identificar un «nosotros» que no excluya a nadie, a ser posible. Bien mirado, no podemos esquivar la tarea de afirmar un «nosotros» de algún modo. Lo hacemos continuamente. Por eso debemos reconsiderar cómo sucede. Se trata de volver a pensar sobre las notas de lo humano en cuanto tal. Lo más delicado es establecer el modo en que se disciernen las características comunes, cuando vemos las dificultades por las que atraviesan las categorías clásicas de ley natural o de bien común en el terreno moral y jurídico. Algo similar cabe decir sobre el debate reciente entre multiculturalismo, «movimientos identitarios» y «ciudadanía», con todas sus variantes. ¿Qué camino nos conviene seguir? Un primer paso consiste en admitir que las diferencias no pueden llegar hasta el punto de negar lo común. Pensadores como Husserl o Wittgenstein, Lévinas o Derrida, nos recuerdan que la extrañeza y la incomprensibilidad sólo son posibles en un marco de comprensibilidad. Sin esto no se podría ni siquiera advertir lo extraño. Somos distintos, pero no radicalmente extraños: hay entre nosotros –los seres humanos– una identidad más profunda que todas las diferencias, precisamente la que posibilita percibir al otro como diverso de mí. Pues, ¿quién es el «otro»? Es siempre un alter ego, es «otro como yo pero que no soy yo». Si el «otro» no fuera comprendido como un «yo», se oscurecería su alteridad humana y con ello su dignidad fundamental.

Dando por válido el planteamiento, urge encontrar un método para alcanzar esa aceptación compartida. Tras la crítica a las ideologías en el siglo XX, no será suficiente con aplicar algún sistema de ideas. Será necesario empezar por un «reconocimiento»: hay que sorprender –por así decir en acto– los rasgos humanos de que se trate. Un niño no se conforma con saber que, en general, las madres aman a los hijos sino que necesita la experiencia de ser amado concretamente por su madre. A partir del amor efectivo de la madre, el niño comprenderá las afirmaciones de valor universal sobre el amor entre madres e hijos. Debemos iniciar un proceso paciente de observación de la vida social, como se presenta en las tareas cotidianas y en la opinión pública. La educación y la cultura serán tales si permiten identificar lo que Luigi Giussani llama nuestra «experiencia elemental». Con ese término se refiere al núcleo de evidencias y exigencias que constituye el corazón de la persona en su relación con la realidad. Al usar la noción de experiencia sugiere que no se trata tanto de elaborar de antemano una teoría sobre el hombre y luego aplicarla, sino de observar su situación concreta en la historia, siempre abierta a una realización más plena. Las manifestaciones de la belleza, el bien, la verdad, la justicia... aparecen como una promesa por cumplir, a la que no se logra dar plenitud por sí mismo. Es como si cada uno viviera en una permanente «desproporción» entre lo que es y lo que desea ser, entre lo que conoce efectivamente y lo que quiere alcanzar, sin tregua. Al mostrarse ante sus ojos aquello que anhela lo puede reconocer y acoger: «¡Es esto!», y, al mismo tiempo, se ve enseguida remitido «más allá». A partir de la circunstancia concreta se abre el horizonte infinito de la persona. Es una inquietud que nos resulta familiar. Ayudémonos a evocar los aspectos elementales de lo humano que tenemos en común. Cuando el copiloto de Germanwings estrelló voluntariamente su avión en los Alpes todos sufrimos un dolor profundo por las víctimas, y sentimos un escalofrío al darnos cuenta de lo que sucede en la sociedad cuando se traiciona la confianza primordial. Pudimos comprender en acto que la confianza es un valor irrenunciable. Cuando la madre de Gabriel nos ha pedido que no alimentemos el rencor o el odio en nombre de su Pescaíto, atrozmente asesinado, y que agradezcamos el bien de su vida, hemos encontrado una paz que no nos podían dar las reclamaciones airadas de venganza. Hemos identificado en acto el bien social que es la gratitud y la no violencia en la búsqueda de la justicia. Cuando comprobamos lo que supone la difusión de fake news y sus consecuencias tóxicas a todos los niveles de la convivencia, coincidimos con aquellos que abanderan la exigencia de verdad y de justicia para proteger la comunicación social. Gracias a Dios la lista de estos ejemplos puede ampliarse. Así, paso a paso, será más fácil mirar juntos nuestra experiencia humana elemental, aquello que nos une. Y la política podrá articular mejor la protección de los derechos o intereses particulares con la tutela de lo que realmente compartimos todos. La democracia española saldrá ganando.

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