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25 MAYO 2018
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>Entrevista a Francisco Igea

Eutanasia. "Entre el suicidio y el horror hay un gran campo en el que trabajar"

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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El diputado Francisco Igea, portavoz de Sanidad de Ciudadanos en el Congreso, valora para Páginas Digital la propuesta presentada por el partido socialista para regular la eutanasia en España.

¿Qué valoración hace de la propuesta del PSOE, de la oportunidad y necesidad de una regulación de la eutanasia en España en este momento?

Sorprende el cambio del PSOE porque su propuesta es muy similar a la que trajo Podemos en su momento. Nosotros pensamos que no podemos entrar en ese debate mientras no hayamos concluido el desarrollo de la ley, que nosotros entendemos que es el marco ideal, como lo entendía el PSOE en el debate anterior. Si la gente no sabe si tiene asegurado el derecho a la información veraz, a la suspensión del tratamiento, a los cuidados paliativos, a la intimidad, a la sedación…, si la gente no sabe todo eso, no podemos abrir el debate. Entre el suicidio y el horror, tenemos que construir un campo grande, en el que se mueve el 90% de la población. Nosotros no nos oponemos a abrir este debate, siempre que haya un consenso social y sepamos que tenemos todo esto asegurado, sabiendo primero que todo esto está resuelto. Y de momento no lo está.

¿Qué es lo peor de la propuesta que ha hecho el PSOE?

Desde mi punto de vista, lo peor que se hace es mezclar las dos cosas. Entiendo el debate del derecho a decidir en situaciones que no son irreversibles ni progresivas. Pero si lo mezclas con el debate sobre lo que hay que hacer con un enfermo con una enfermedad terminal progresiva, lo que haces es trampas. Y esta propuesta lo mezcla. Por eso nosotros insistimos en acabar el primer debate, en asegurar a enfermos terminales progresivos un final razonable con derechos garantizados y luego, si se quiere, abrimos el debate sobre si uno tiene el derecho a quitarse la vida o no. Con la norma vigente, yo conozco a un paciente con el que recientemente se pudo optar a una sedación para dar tiempo a la familia a despedirse sin que el enfermo sufriera dolor y fue una cosa bastante calmada. Pero si la gente no sabe esto, si no terminas de desarrollar la norma actual y apruebas la siguiente, introduces la eutanasia, y entonces para acceder a esa sedación tienes que ir de comité a comité rellenando papeles, cumpliendo plazos, y se complica todo mucho más en una situación que no tiene por qué liarse tanto. Porque la gente en esa situación no necesita lío sino compasión, cabeza, sentido común, información para decidir. Por eso no solo es peligroso por el debate que abre, por la cuestión filosófica que introduce, sino porque puede entorpecer la buena asistencia.

¿Qué es entonces lo que queda por resolver y concretar de la anterior regulación?

Primero, que todos los derechos que planteamos en la ley queden en la ley como derechos, todos los derechos citados en la pregunta anterior; que tenemos las garantías suficientes, es decir, un régimen sancionador administrativo eficaz. No tiene sentido es que la gente cuando se está muriendo tenga que estar en el juzgado, o su familia. Hay un acuerdo básico que tenía un respaldo muy importante, construyamos sobre ese marco y luego vemos qué es lo que queda y hablamos.

¿Realmente existe la necesidad de una modificación en este campo? Con la regulación actual, ¿hace falta?

Todos los españoles conocen montones de ejemplos de gente que muere en habitaciones triples, o con dolor durante semanas… es la triste realidad diaria. Y estamos en esta situación todavía porque no tenemos manera de decirle a los ciudadanos qué derechos tiene y que puede exigirlos. Tenemos que conseguir que la gente entienda que esto no debe de suceder, y como no debe de suceder tenemos que tener una norma que nos lo garantice, y un régimen sancionador que nos proteja de esto. Por eso entramos en el debate siguiente sin haber dado este paso y eso es volver a colocar a la gente entre el horror y el suicidio. Además, adelantar este debate lo que hará será reducir la sensación de necesidad y urgencia de los cuidados paliativos.

¿Los cuidados paliativos están poco desarrollados en España?

Muy poco desarrollados, como el concepto del derecho a la suspensión del tratamiento. Según los últimos estudios, cerca de 60.000 pacientes pasan el último mes de su vida en quimioterapia. Es absurdo, y te quitan lo único que tienes, que es el tiempo.

¿No hay una práctica en este sentido?

Ni una buena conciencia social de cuál es tu derecho a que te informen si sigues abusando de la medicina caritativa y paternalista que usa la excepción terapéutica, según la cual no se informa al paciente por su bien. Informar siempre es bueno, y que la gente sepa a qué se enfrenta es bueno, y esto nos lo tenemos que meter en la cabeza. Una persona puede tener el derecho a no ser informada pero entonces tendrá que nombrar a alguien que sea informado y tome las decisiones por él, pero las decisiones residen en cada uno de nosotros. No puede ser que sigan decidiendo por nosotros lo que es bueno o no para nosotros. Debemos saber nuestras expectativas de vida, nuestras posibilidades, tener tiempo para reflexionar, tener información para dejar las voluntades por escrito… Hay muchas cosas que todavía no se hacen.

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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

El resentimiento que rechazamos

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

Sucederá la flor, también al final

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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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