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17 AGOSTO 2018
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Custodiar el espesor del presente

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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“Os animo a custodiar el espesor del presente”. Lo dijo el Papa Francisco hace unos días ante la redacción del periódico Avvenire. Es una de esas frases que se te quedan en la cabeza porque no consigues encajarla en los parámetros habituales del razonamiento, en este caso sobre el oficio de informar, y entre las recomendaciones normales de la ética profesional. Por ello, esta no es una reacción con efecto retardado sino un intento de mostrar la sorprendente densidad de esas palabras.

El primer concepto con el que deberíamos medirnos es el del presente. Francisco desata todas las perplejidades que podemos tener al respecto, en el sentido de que ni siquiera toma en consideración la hipótesis de que pueda haber una mirada escéptica hacia el tiempo en que vivimos. El “presente” para él es una categoría positiva a priori. Habría podido limitarse a recomendarnos “custodiar el presente” sin más, dando por descontado que el “presente” ya es un valor. En cambio, ha querido reforzar ese concepto, como si estuviera hablando a gente llena de reservas respecto a esta idea, diciendo entonces que lo que hay que custodiar es el “espesor del presente”.

No es que Bergoglio no sea consciente de lo que caracteriza a esta etapa de la historia. Él mismo recurrió a la imagen acuñada por Zygmunt Bauman de una época ‘líquida’. “Nos movemos en la llamada ‘sociedad líquida’, sin puntos fijos, carente de referentes sólidos y estables; la cultura de lo efímero, del usar y tirar”, dijo a los dominicos el año pasado. Habló de un tiempo marcado por “un carnaval mundano”.

¿Pero cómo puede haber espesor en un presente unánimemente definido como líquido? Parece una contradicción en sí misma. Pero la palabra del Papa es consciente y precisa. Tanto es así que pide incluso “custodiar” ese espesor, que evidentemente es algo no solo real sino además muy valioso. Bergoglio sabe que todos dudamos sobre el valor de esta época, por eso su primera palabra es de ánimo, para lanzar al corazón más allá de los obstáculos que encontramos para amar el momento que estamos llamados a vivir.

Pero nos cuesta describir ese “espesor” del presente. El nuestro es un tiempo empobrecido, balbuceante, inseguro. Un presente con una escasísima proyección de futuro y con poco afecto por el pasado. Se podría decir que es un presente que goza de poquísima estima por parte de quien lo vive. Pero, nos advierte con gran convicción Bergoglio, es un tiempo con un “espesor”. ¿En qué consiste entonces ese “espesor”? Tal vez justamente en eso que nosotros no tomamos en consideración: su pobreza, su fragilidad, esa misma confusión social un poco babélica, llena de soledades inútilmente enmascaradas, con una ansiedad generalizada que aplasta la vida cotidiana. El cuerpo de nuestro tiempo está hecho de todo eso. De tantas cosas que tenemos delante y ante las cuales preferimos girar la cabeza. Pero todo esto tiene también “espesor”. Y ese es el “espesor” que debemos aprender a amar, como acto de caridad con nosotros mismos y con nuestro presente. Bergoglio nos invita más concretamente a custodiarlo, lo que no significa conservarlo sino llevarlo en el corazón y cuidarlo. Empecemos a mirar el presente con ternura, porque el presente, en su pobre carne, es en todo caso el terminal por el que nos alcanza el Misterio.

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