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18 AGOSTO 2018
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Un cuento de hadas de verdad que despierta nuestra nostalgia

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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¿Qué se esconde tras la atención que todos los medios y la gente de a pie ha dedicado a la boda entre el príncipe Harry y la hermosa Meghan? Sin duda la complicidad de quien al menos una vez en la vida se ha identificado con el novio o la novia; tampoco es nada secundario el morbo propio de la naturaleza humana cuando se asoma a la vida privada de otros indagando, escrutando y tratando de captar los secretos que puedan ocultarse; sin duda también abunda una buena dosis de sempiterna envidia social por las bodas de cuentos de hadas. Todo esto está, pero también hay algo más.

No solo es la parábola del hombrecillo blasonado que tantos recuerdan desfilando siendo aún un niño tras el féretro de su madre, muerta trágicamente en el túnel del Alma. Un chaval que tuvo que crecer solo, afrontando todo el malestar de un milenial y todo el honor de ser una personalidad pública, y que al final consiguió encontrar a la bella e independiente princesa que le redimiera y lo convirtiera en icono de un Imperio, el británico, temeroso de estar en primera línea. Aparte del drama humano, aparte de la curiosidad de sus súbditos y de los demócratas de otros países terriblemente huérfanos de sus reyes y reinas, lo que invade la atmósfera que se respira en torno a Windsor es la nostalgia. Nostalgia no de una Europa aristocrática y centro del mundo –que quizás también– sino sobre todo nostalgia de una fiesta a la que todos, en el fondo, se sienten invitados.

La verdad es que la nada en que vivimos, el terror de que cualquier sombra pueda ser algo malo, un enemigo que nos atenaza, al final no nos convencen. Como tampoco nos convence el sentimiento de frustración e injusticia que anima nuestras pulsiones más fervientes, que se transforma con gran facilidad en rabia y violencia. La noticia de las bodas del príncipe es como si viniera a rescatarnos. Como si la nada, la debilidad, la confusión y la maldad de nuestro tiempo no tuvieran la última palabra, como si esas bodas fueran también nuestras, mías. Hay una fiesta en el castillo y nuestra humanidad quiere ir allí, quiere participar, cansada de sentirse maltratada por los que engañan y mortifican nuestro corazón.

En la Odisea, Penélope, cuando reconoce por fin en el extranjero que tiene delante a su marido, justifica así su incertidumbre, su aparente cinismo. “Mi corazón se estremecía dentro del pecho por temor a que alguno de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus palabras, pues muchos conciben proyectos malvados para su provecho”. La percepción de encontrarnos ante una auténtica fiesta, un cuento hecho realidad, reabre inesperadamente nuestro deseo de vivir y nos empuja a salir corriendo, todavía un poco escépticos, a ver qué puede haber de nuevo “en este maldito país”.

Harry y Megan representan así el anticipo de lo que se nos ha prometido, eso que el pastor errante de Asia siente en su corazón cada noche mirando la luna. Impresiona que también el Evangelio use una imagen de banquete nupcial para describir aquello a lo que estamos llamados cada uno de nosotros, como si todos esos rituales, esas emociones, esas risas que nos devuelven ternura e intimidad no fueran más que un primer saboreo de eso que llamamos Paraíso. Eso que es dado gratuitamente a cualquiera que se deje contagiar por la música, a cualquiera que deje de lamentarse por un momento para aceptar levantar la mirada y volver a empezar a seguir.

En un momento en que algunos valientes nos intimidad diciendo que “este matrimonio no debía celebrarse”, nuestra herida queda encantada por el sonido de los violines de Gran Bretaña y, como todos esos vip, se viste de bodas deseosa de un príncipe que venga a llamar a nuestra puerta sujetando un zapato de cristal. Dispuesta a dejarse abrazar por ese amado por el que todos nuestros días y noches están llenos de nostalgia.

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