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19 JULIO 2018
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¿Qué política para los católicos?

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  33 votos
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“Catholicism and Citizenship” (catolicismo y ciudadanía) es el título de un brillante texto que Massimo Faggioli, profesor del departamento de Teología y Ciencias religiosas de la Villanova University (Philadelphia), ha publicado recientemente. El núcleo de los ensayos recogidos en este libro gira, de hecho, sobre la relación que une al catolicismo actual con la vida política y social de las democracias occidentales, caracterizadas por un vacío en la participación tras la crisis ético-político-ideal causada por los procesos de secularización.

Este vacío documenta, en el ámbito eclesial, el declive de la apertura y de la esperanza que, en el contexto del Concilio Vaticano II, marcaron el encuentro entre catolicismo y modernidad, representado particularmente por la Gaudium et Spes. Faggioli es un atento lector de los procesos y dinámicas de la Iglesia americana. De procedencia italiana, es capaz de valorar los cambios que, en el curso de los últimos treinta años, han marcado una distancia progresiva con la herencia conciliar.

Una distancia que invierte la concepción de la relación entre Iglesia y sociedad, fe y política. El encuentro conciliar entre la Iglesia y la democracia representó una separación, en la primera mitad de los años 60, del ideal de la “cristiandad” que dominó el escenario teológico durante casi un siglo. Por otro lado, la participación en los procesos democráticos, con la euforia progresiva y humanitaria en los años 60, se vio envuelta por un manto irenista difícilmente justificable en el contexto actual.

La democracia “de valores” de entonces cedió paso a la democracia relativista y posmoderna de hoy. Donde la reacción de una parte conspicua del mundo católico vuelve, como en los años del preconcilio, a ver en la democracia a un enemigo, no ya a un aliado. Con el resultado de favorecer el empuje hacia una dimensión impolítica, según los cánones de un espiritualismo sectario por un lado o de una militancia combativa, también fuertemente identitaria y polémica.

En ambos casos la presencia católica demuestra no salir del gueto, ser subalterna de procesos de secularización a los que idealmente se opone. Esto sucede cuando los contenidos de la biopolítica (aborto, familia, etc) ocupan la agenda por completo, o cuando el cristianismo viene a identificarse con una cultura, una tradición, que se opone a otras. Es lo que ha pasado en EE.UU, donde la Iglesia, tras la secularización del Partido Demócrata que ha desertado progresivamente de su cita con los católicos, sus apoyos tradicionales, se ha situado en un ámbito de progresiva radicalización. Según Faggioli, “esto que ha pasado en las últimas dos décadas habla de un cierto grado de ‘americanización’ del catolicismo mundial. El post 11 de septiembre de 2001 ha hecho a todos en cierta medida neo-durkheimianos (también a los católicos no americanos). Por otro lado, son evidentes las señales de un nuevo “americanismo católico”, distinto del que condenó León XIII en 1899 como reacción a la decadencia del papel de América en el mundo global”.

La observación de Faggioli es correcta. El modelo americano influyó, tras el 11 de septiembre, en gran parte del catolicismo europeo. Un modelo identitario, conflictivo, que reacciona al mundo demócrata, relativista, presentándose como una minoría aparte, unida por la opción de ciertos valores irrenunciables desatendidos por el mundo secular. Esta posición, como señala correctamente Faggioli, es la que hoy representa el núcleo duro de aquellos que, dentro de la Iglesia, se oponen al pontificado de Francisco. Las acusaciones al Papa de no comprometerse en el combate, de ser complaciente con el enemigo, de ceder en el valor absoluto de la doctrina moral, provienen de una perspectiva que, en los últimos veinte años, se ha convertido en “ideología”. Y se ha radicalizado de tal manera que comporta una especie de visión maniquea –puros contra impuros– que corre el riesgo de dividir peligrosamente a la Iglesia contemporánea. Lo que la dialéctica impide entender es que la postura del Papa no ha renunciado en absoluto a la defensa de los valores “no negociables”, como demuestra continuamente su magisterio. Solo que no acepta confinar la presencia, social y política, del cristiano en el mundo en el perímetro de esos valores. Estos van unidos a la defensa de “otros” valores –la lucha contra la pobreza, la marginación, la defensa del medio ambiente…– porque son parte de un proceso de disolución que afecta al sistema económico mundial.

El niño al que se impide nacer, el anciano que no es productivo, el enfermo grave que constituye un honor para la sociedad, el pobre que no trabaja, son todos como teselas de un “sistema de descartes” que hay que denunciar globalmente. Todo importa y la pobreza del pensamiento católico actual es haber perdido la visión de conjunto, acabando en una dialéctica entre facciones de derecha e izquierda. Francisco tiene delante una noción de “Bien” común que proviene de la Doctrina social de la Iglesia, que encuentra en la Gaudium et Spes –cuyo significado sigue siendo actual y ocupa el núcleo del libro de Faggioli– su horizonte histórico completo. Su crítica a la teología política no significa el abandono de la teología por parte de la política.

El compromiso por el Bien común, que comparten cristianos y no cristianos en el contexto democrático, implica una significativa presencia de lo eclesial también en el espacio público. Como dice Faggioli, “en un católico arraigado en la teología del Vaticano II como el papa Francisco, la renuencia a eliminar todos los vestigios de la iglesia establecida va ligada al papel que la Iglesia católica romana juega en el mundo global investida por un “paradigma tecnocrático”. Hoy debemos preguntarnos si la iglesia establecida no es quizás uno de los pocos baluartes que quedan contra la destrucción del estado social, el turbo-capitalismo, el individualismo radical de la vida humana, el neo-imperialismo y el excepcionalismo americano”.

Eso significa que la orientación del Papa, en perfecto acuerdo con el Concilio, representa un reclamo a un compromiso decidido de los católicos en la vida pública. Bergoglio, al igual que su amigo, el intelectual uruguayo Alberto Methol Ferré, nunca ha valorado la idea de un catolicismo de las catacumbas, focalizado en la idea de minorías espirituales elitistas. Su “teología del pueblo” tiene una vocación popular. Esta vocación, unida al hecho de que en él vive plenamente la herencia conciliar, explica la oposición hacia su persona por parte de sectores conspicuos del poder económico-político mundial.

Los radicales católicos, que consideran que en el mundo actual no hay posibilidad de “ciudadanía” para ellos mientras la sociedad no reconquiste una fisonomía “cristiana”, son sin darse cuenta los principales aliados, en la lucha contra Francisco, de los poderes fuertes actuales. Ante todo porque se mantienen fuera del escenario democrático rechazando dar, en alianza con otros, una contribución positiva en favor del cambio de reglas. En segundo lugar porque, allí donde se comprometen al estilo de una “radical orthodoxy”, las críticas al sistema vigente resultan ser pinchazos, magras satisfacciones útiles solamente para saciar a un mundo que se ha encerrado completamente en su propio perímetro. En tercer lugar, porque deslegitimando a Francisco demuestran ser subalternos de las fuerzas que gobiernan el mundo y no toleran la acción turbadora del Papa. Hay que pensar en una presencia cristiana en el escenario secularizado de una democracia en crisis. En este sentido, este libro es una valiosa contribución para reflexionar.

Vatican Insider

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