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18 JUNIO 2018
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>Entrevista a Alejandro Patrón Costa

La censura contra los que defienden derechos humanos incómodos

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 3  13 votos
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El pasado 3 de mayo, durante la Feria del Libro internacional en Buenos Aires, se programó la proyección de la película “Será venganza”, dedicada a un tema bastante polémico y escabroso, es de los derechos humanos violados por los militares que prestaban servicio en los años 70, terribles, bajo el gobierno de la Junta Militar. Dirigida por Andrés Paternostro, describe unos hechos que se han visto sistemáticamente silenciados en una Argentina que sigue conociendo tan solo una versión de la historia de aquellos años.

Pero, con gran sorpresa, precisamente el día dedicado a la libertad de prensa, en nombre de la libertad de opinión, como se lee en el comunicado de los organizadores de la muestra, se toma la decisión de cancelar la proyección. Un hecho que no solo provoca las protestas de la prensa y de las organizaciones periodísticas, sino que, como suele pasar en estos casos, difunde la causa de la película de manera masiva, por internet y por otros medios. Hablamos de esto con Alejandro Patrón Costa, presidente del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos en Salta, al norte de Argentina, que ha producido este largometraje.

¿Por qué esta película, que trata de los derechos humanos de los protagonistas de las violaciones, quienes son vistos en el mundo entero como parte de una dictadura genocida?

En primer lugar, porque todas las personas, más allá de los delitos de los que estén acusados, deben gozar de derechos humanos. Son un sujeto de derecho y esto debe respetarse, cosa que no está sucediendo. Nuestro centro de estudios nace tomando como punto de partida precisamente esos años 70 que consideramos objeto de una interpretación falsa. Somos un grupo heterogéneo también a nivel ideológico, nos une la convicción de que en Argentina existe una versión creada que manipula la verdad, por eso nos hemos puesto la tarea de contar esta historia mostrándola en su totalidad, en toda su verdad. Al final lo que nos unió fue la destrucción de un monumento en la ciudad de Salta, dedicado a los militares que en 1975, en plena presidencia de Estela Martínez de Perón, lucharon contra el Ejército Revolucionario del Pueblo, una formación terrorista.

¿Qué pasó?

Les atacaron mientras estaban reformando una escuela. En 2012, un asesor vinculado antiguamente al ERP promovió la destrucción del monumento afirmando que los militares, chavales de 18 años que estaban prestando el servicio obligatorio, eran genocidas porque habían matado a dos militantes de ERP en aquel enfrentamiento. El colmo es que luego el monumento fue destruido por militares que pertenecían al mismo batallón que los jóvenes del 75. Eso nos unió, pero al principio no fue fácil, nos acusaban de defender el terrorismo de estado. Empezamos haciendo un documental sobre el combate de Manchalá que presentamos con gran éxito en 2012, justamente en la Feria del Libro, y a partir de ahí en todo un circuito cinematográfico, siempre con las salas llenas. La gente empezó así a hacerse una idea de la profunda manipulación que se ha hecho de aquellos años: no jóvenes idealistas como se ha descrito siempre a los miembros de organizaciones terroristas, sino miembros de un ejército regular, con grados y uniformes.

¿Cómo es la situación actual respecto a las violaciones de derechos humanos?

Más de 400 personas han muerto en cárceles con más de 70 años, y muchos todavía siguen en prisión a esa edad, con una asistencia médica muy reducida. También hay presos preventivos que superan con mucho los tres años previstos por ley, habiendo transcurrido hasta doce años a la espera de juicio. Es una situación muy complicada, y por eso hemos hecho “Será venganza”, que da voz para que cuenten esta historia los protagonistas, con varios expertos, juristas, familiares de las víctimas…

¿Cómo se pueden defender los derechos de personas que cuando se produjeron estos hechos no respetaron los derechos de sus víctimas?

Lo que yo me pregunto es ¿por qué no? Ellos también son personas y han cometido errores y crímenes muy graves. No puedes castigar a un caníbal comiéndotelo. Esto es lo que pasa en Argentina. Quien defiende los derechos humanos los viola sistemáticamente. Los mismos derechos que no se respetaban hace 40 años se están violando ahora.

¿Cómo valora los procesos del Nunca Más a la junta en los años 80?

Argentina se sumó al Tratado de Roma sobre derechos humanos, pero in explicablemente desde 2013 no lo aplica o, mejor dicho, lo aplica retroactivamente con los militares, violando el artículo 18 de nuestra Constitución, y solo considera los derechos cometidos por el Estado de lesa humanidad, mientras que no incluye los de los grupos terroristas, como establece el Tratado de Roma.

¿Qué muestra el documental censurado?

Se divide en tres partes. La primera es una descripción histórica del contexto mundial de aquellos años. La segunda se centra en la opinión de juristas internacionales sobre la estructura jurídica de los delitos de lesa humanidad, con testimonios que demuestran cómo Néstor Kirchner imponía a los jueces del Tribunal Suprema condenas militares que ya habían sido juzgadas previamente, aplicando la lesa humanidad de manera retroactiva en procesos que ya estaban definidos en sus sentencias. De hecho, y esto es importante, en los procesos de “Nunca más” en la época de Alfonsín, los militares y terroristas fueron condenados por delitos comunes, pues los de lesa humanidad todavía no estaban previstos jurídicamente. Esto nadie lo dice. La tercera y última parte recoge testimonios de las familias de los condenados que cuentan las vicisitudes de sus padres o maridos arrestados y los procesos que han tenido que afrontar.

¿Cree que la sociedad argentina ha aprendido algo de esos años?

Seguramente a no querer más gobiernos militares, pero por desgracia una parte no ha aprendido qué significa vivir en democracia, utilizando los derechos humanos como un arma digna de un Hitler o Mussolini por la forma en que se comportan, por cómo reaccionan impidiendo la libertad de opinión de los demás, y por la manera en que castigan a los que piensan diferente. Lo que ha pasado en la Feria del Libro constituye un ejemplo de esta intolerancia.

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro

La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

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Fernando de Haro, Londres | 0 comentarios valoración: 3  25 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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