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19 JUNIO 2018
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Desde Praga, la crónica de otro '68 (I)

Walter Ottolenghi | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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¿Se podía atravesar Europa entonces en un tren a vapor? Sí, es más, debía hacerse, saliendo de la vieja Franz-Josef Banhof de Viena hacia lo que era “la otra” Europa, la que estaba detrás del muro, de las barreras de alambre de espino y de las torres de guardia. A mis 19 años, yo era el más joven del grupo. Los otros (Carlo Buora, Massimo Guidetti y Rosalba Mozzati, que unos años más tarde sería mi mujer) eran amigos del centro cultural Charles Péguy de Milán, que había conocido por algunos antiguos compañeros de escuela en Gioventù Studentesca, una realidad que empezaba a romperse –y yo con ella– frente a la exuberancia ideológica que estaba caracterizando aquel comienzo de 1968. La propuesta, vista desde hoy, llevaba en sí todas las connotaciones propias de la locura: “Vamos a conocer de primera mano lo que está pasando en Praga”.

El clima del 68 italiano tuvo sin duda un fuerte impacto a la hora de aceptar esta invitación. Después de haber participado entusiasmadamente en las primeras fases del movimiento estudiantil, comités de agitación, asambleas y ocupaciones de la Universidad Estatal de Milán, me había decepcionado seriamente la deriva rígidamente ideológica e incluso violenta que este movimiento pronto adquirió. La instancia inicial de protesta contra el autoritarismo (en la universidad, en la familia, en la política, en el trabajo) enseguida dejó paso a otro autoritarismo, menos visible en la forma pero seguramente más intolerante y totalizante en su esencia. La primera sangre derramada en los pasillos de la Estatal en los enfrentamientos entre las diversas facciones marcó claramente el punto de no retorno. El comienzo dio en el clavo, pero el camino emprendido no tenía salidas creíbles. Mi desencanto nació después de haber aprendido bien, durante mis años en el liceo Berchet, la diferencia entre autoritarismo y autoridad, gracias al encuentro con personas como Luigi Giussani, el profesor de griego Piero Scazzoso, el director Yoseph Colombo y tantos otros que supieron transmitir su pasión escuchándonos sin imponer nada.

La provocación para ir a ver en vivo ese intento de cambiar una sociedad prepotentemente autoritaria, partiendo de presupuestos que se presentaban como post-ideológicos y, seguramente, no violentos, era demasiado fuerte como para dejarla pasar. Así que allí estaba, en aquel tren, esperando a cruzar el “telón”. Era marzo de 1968. El viaje supuso comprar un billete de segunda clase solo de ida por la considerable cifra de 14.000 liras (un Cinquecento nuevo costaba 400.000). El billete de vuelta lo compraríamos en moneda local, con un itinerario que contemplaba un periplo vía Hungría y Yugoslavia, para aprovechar al máximo el descuento previsto dentro del bloque socialista por una liga internacional juvenil a la que nos inscribimos por sugerencia de los chavales del lugar. A eso había que sumar otros miles de liras para el pasaporte y el visado consular. Todo financiado por nuestros pobres ahorros y un robusto subsidio de papá, un comunista de toda la vida que, tras la prisión fascista y el exilio, rompió el carnet del partido en 1956, tras la admisión de los crímenes de Stalin por parte del PCUS y la sangrienta represión de la revuelta húngara. Un poco preocupado por mi aventura pero creo que contento por mis ganas de explorar a 360 grados e ir a tocar con mis propias manos el nuevo experimento del “socialismo de rostro humano”.

Al llegar a Praga no perdimos ni un minuto. Nos reunimos con un amigo italiano (Tonino Setola) que nos había adelantado un par de días y que nos presentó a una estudiante graduada en lenguas romance (Ruzena Ruzickova), que era guía de la agencia turística nacional, que nos haría de intérprete durante esos días y nos organizaría el programa de encuentros. El primero, con sus compañeros de la universidad. El clima era eufórico, tanto por el entusiasmo como por el nuevo curso, por el descubrimiento de la libertad de hablar sin miedo, de poderse reunir abiertamente sin despertar sospechas, y también por la excitación mutua de encontrarse con jóvenes “de la otra cara del mundo”. Decidimos empezar contándonos nuestras historias. Nos hablaron de ellos: unos eran de Praga, otros de otras ciudades de provincia y vivían en residencias universitarias. Nos describieron un ambiente triste, nos contaron las limitaciones con las que habían tenido que vivir hasta pocos meses antes, nos hablaron de sus nuevas esperanzas y también de la historia y tradiciones de su país. Ninguno alimentaba sentimientos antisocialistas o de revancha, pero todos llevaban dentro la amargura de haber convivido con lo peor que una ideología en el poder puede producir. El espacio de libertad lo tenían en sus familias, con sus amigos más cercanos, y los que tenían la suerte de tener buena voz en las corales que cantaban en las iglesias, donde era posible reunirse continuamente para los ensayos, creando así con el tiempo una cierta familiaridad en las relaciones.

Ahora se trataba de recuperar el hilo de una civilización y una cultura orgullosamente europeas, no solo en la música y el arte, sino también en la tradición de la libertad de pensamiento y en su profundidad espiritual, con pensadores, poetas y santos de su tierra. La vida religiosa también se encontraba frente a un territorio nuevo, ya no solo limitado al ámbito familiar o de ciertas amistades íntimas, sino que tenía la ocasión de salir a la luz. ¿Pero cómo? Nos preguntaron por el 68 en Occidente, por la deriva que había tomado. “Mandadlos aquí para que les enseñemos algo del comunismo”. Les hablamos de nosotros, de cómo habíamos aprendido que no se puede pretender la posesión de la verdad, sino que la vida es un camino de verificación que pasa a través de la experiencia y que la dimensión comunitaria de esta experiencia es una modalidad privilegiada para sostenerse en esta camino y en su transmisión. A pesar de los esfuerzos de la intérprete, nuestro vocabulario parecía llegar de otro planeta. La traducción de la palabra “experiencia” remite al mundo de la investigación científica, mientras que las palabras “comunidad” y “comunitario” remiten inexorablemente a las modalidades gregarias del régimen comunista. Pero todos estábamos tan contentos de estar juntos que nos pasamos la noche discutiendo y los días siguientes los pasamos siempre con amigos suyos con los que quedábamos en parques de los alrededores de la ciudad para seguir hablando y cantando.

Raccontiamo di noi, di come abbiamo imparato che non si può pretendere il possesso delle verità, ma che la vita è un percorso di verifiche che passano attraverso l'esperienza e che la dimensione comunitaria dell'esperienza è una modalità privilegiata di sostegno del percorso e del suo rendersi comunicabile. Nonostante gli sforzi dell'interprete, il nostro vocabolario sembra arrivare da un altro pianeta. La traduzione della parola "esperienza" rimanda al mondo della ricerca scientifica, mentre le parole "comunità" e "comunitario" riecheggiano inesorabilmente le modalità aggregative del regime comunista. Però siamo tutti contenti di stare insieme, tiriamo notte discutendo e nei giorni successivi ci ritroveremo anche con altri loro amici per scampagnate nei parchi naturali che circondano la città, per continuare a parlare e cantare, con panini e chitarre.

Dormíamos, poco, en casas de familias que nos acogieron. Una hermosa manera de hacer amistad con personas mayores que nosotros, que nos contaban la situación del mundo laboral, escolar, educativo, familiar… además de proporcionarnos un cierto alivio presupuestario. Esas casas se convirtieron aquellos días en la base donde organizar encuentros con personajes de primera línea en el compromiso por construir un proceso de cambio en acto a partir de su contribución cultural. Personajes como Václav Havel, Jirí Nemec y otros, músicos, escritores, poetas. Tuvimos intensas jornadas de visita a redacciones de radios y periódicos de todo tipo. En todas partes nos recibían con cordialidad y asombro, con ganas de contarnos sus proyectos y esperanzas, y con curiosidad por escucharnos, asombrados porque nos interesáramos tanto por ellos. En una de estas visitas a redacciones nos llamó la atención la vivacidad de una persona a la que pedimos luego una cita para profundizar en algunas de las cosas que nos había dicho. Se llamaba Jozef Zverina y se convirtió en uno de nuestros mejores amigos.

Muchas de las personas que conocimos habían pasado por la experiencia de la prisión política. Algunos, como Zverina, hasta dos veces: primero con los nazis y luego con los comunistas. Oír el relato de su vida era como una mezcla entre una película bélica y los hechos de los apóstoles. Lo más sorprendente era un rasgo común: todos habían encontrado un modo de vivir estas experiencias y salir de ellas sin comprometer su propia dignidad. Su fuerza estaba en la memoria de las experiencias que habían vivido, de lo que habían sido, y en el deseo de volver a retomar los hilos. En otras palabras, una experiencia indestructible. Incluso para quien llevaba en su cuerpo los signos de las minas de uranio, llamados pocos años después a dar la vida, tras una tardía rehabilitación legal y una breve reunificación familiar.

En ellos no había rastro de rencor ni reivindicación, ningún incumplimiento disfrazado de ideología. Solo la conciencia de que la libertad de ser uno mismo, de salvaguardar la propia dignidad, siempre supone un precio a pagar, a veces muy duro, pero que en todo caso merece la pena. Y en todos ellos un sentido del humor que no solo había interesantísimos a nuestros interlocutores sino que también dejaba entrever el equilibrio interior que había madurado con las vicisitudes de su vida. Eran capaces de valorar con realismo su situación, como un escaparate de oportunidades que aprovechar para salir a la luz de todas las maneras posibles, mostrarse, establecer vínculos y tejer relaciones que resultarían preciosas para el futuro, nutriéndose de esperanzas pero sin ilusiones superfluas. Sobre todo, sin perder tiempo con proyecciones de sociedades ideales utópicas o veleidades de nuevas hegemonías culturales.

Fue despiadada la confrontación con muchos viejos dragones políticos y mediáticos locales, o con muchos avispados que se preparaban para recoger su testigo –con el paso de los años debo admitir que han tenido éxito– disfrazados de embaucadores en asambleas estudiantiles o con veleidades maximalistas, o afilando sus armas para sus futuras empresas de sangre y desesperación. Lo que habíamos dejado a nuestras espaldas en la universidad exaltaba aún más la estatura de los personajes con que nos encontrábamos. Nos fascinaba su historia, su profundidad y sabiduría, la vastedad de su espesor cultural, y también su disponibilidad para recibirnos y escucharnos, siendo nosotros tan jóvenes, incautos y un tanto acomodados por la vida fácil de los años del boom.

Nunca olvidaré la atención con que el historiador Zdenek Kalista nos recibió en “su” mesa fija del Café Slavia, descuidando su conversación con otros intelectuales y literatos con los que solía encontrarse en aquel lugar histórico para hablarnos de su trabajo y compartir con nosotros proyectos y esperanzas. Había sufrido una larga prisión a causa de un falso testimonio que habían logrado de malas maneras de un familiar cercano, o al menos eso nos contaron, porque por su parte no hizo ni un solo comentario a esto.

Ni al teólogo Antonin Mandl, cuando entonaba el “Non, je ne regrette rien” con el rostro marcado por la leucemia que había contraído por su continua exposición a materiales radiactivos durante sus trabajos forzosos. O el ex diplomático Václav Vasko, que con la llegada del régimen se vio obligado a separarse de su esposa, rusa, y de su hija, que no pudieron abandonar Moscú con él. Ahora trabajaba en un circo, donde parecía divertirse mucho, y después del trabajo se dedicaba a su intensa actividad publicista, que le costó el fin de su carrera y unos cuantos años en la cárcel. Y tantísimos otros, grandes protagonistas de la cultura de su país, alegremente curiosos por nuestra curiosidad y ansiosos por transmitirnos su experiencia humana antes que su sabiduría.

Fue menos de una semana pero con una intensidad que nunca antes había vivido y que culminó en la Pascua de 1968, cuando subimos con los jóvenes que habíamos conocido a la torre de la catedral de Tyn, en la plaza de la ciudad vieja, abriéndonos paso entre telarañas y plumas de palomas, para tocar las campanas pascuales, que sonaban por primera vez desde 1948. Luego bajamos para participar en una multitudinaria y extraordinariamente intensa y concurrida liturgia celebrada por el padre Jiri Reinsberg, otro pilar de la vida en Praga aquellos años. Con su sabiduría “rabínica” depositaria de la memoria de la Praga “profunda”, con su equilibrio lleno de candor, astucia y prudencia, consiguió convertir la iglesia central de la ciudad en punto de referencia para todos, también para los peces gordos del partido que llevaban a sus hijos para bautizarlos a escondidas.

Al acabar nuestra estancia, quedamos para retomar el hilo de tantas conversaciones el verano siguiente.

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro

La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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