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17 JULIO 2018
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Desde Praga, la crónica de otro '68 (I)

Walter Ottolenghi | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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¿Se podía atravesar Europa entonces en un tren a vapor? Sí, es más, debía hacerse, saliendo de la vieja Franz-Josef Banhof de Viena hacia lo que era “la otra” Europa, la que estaba detrás del muro, de las barreras de alambre de espino y de las torres de guardia. A mis 19 años, yo era el más joven del grupo. Los otros (Carlo Buora, Massimo Guidetti y Rosalba Mozzati, que unos años más tarde sería mi mujer) eran amigos del centro cultural Charles Péguy de Milán, que había conocido por algunos antiguos compañeros de escuela en Gioventù Studentesca, una realidad que empezaba a romperse –y yo con ella– frente a la exuberancia ideológica que estaba caracterizando aquel comienzo de 1968. La propuesta, vista desde hoy, llevaba en sí todas las connotaciones propias de la locura: “Vamos a conocer de primera mano lo que está pasando en Praga”.

El clima del 68 italiano tuvo sin duda un fuerte impacto a la hora de aceptar esta invitación. Después de haber participado entusiasmadamente en las primeras fases del movimiento estudiantil, comités de agitación, asambleas y ocupaciones de la Universidad Estatal de Milán, me había decepcionado seriamente la deriva rígidamente ideológica e incluso violenta que este movimiento pronto adquirió. La instancia inicial de protesta contra el autoritarismo (en la universidad, en la familia, en la política, en el trabajo) enseguida dejó paso a otro autoritarismo, menos visible en la forma pero seguramente más intolerante y totalizante en su esencia. La primera sangre derramada en los pasillos de la Estatal en los enfrentamientos entre las diversas facciones marcó claramente el punto de no retorno. El comienzo dio en el clavo, pero el camino emprendido no tenía salidas creíbles. Mi desencanto nació después de haber aprendido bien, durante mis años en el liceo Berchet, la diferencia entre autoritarismo y autoridad, gracias al encuentro con personas como Luigi Giussani, el profesor de griego Piero Scazzoso, el director Yoseph Colombo y tantos otros que supieron transmitir su pasión escuchándonos sin imponer nada.

La provocación para ir a ver en vivo ese intento de cambiar una sociedad prepotentemente autoritaria, partiendo de presupuestos que se presentaban como post-ideológicos y, seguramente, no violentos, era demasiado fuerte como para dejarla pasar. Así que allí estaba, en aquel tren, esperando a cruzar el “telón”. Era marzo de 1968. El viaje supuso comprar un billete de segunda clase solo de ida por la considerable cifra de 14.000 liras (un Cinquecento nuevo costaba 400.000). El billete de vuelta lo compraríamos en moneda local, con un itinerario que contemplaba un periplo vía Hungría y Yugoslavia, para aprovechar al máximo el descuento previsto dentro del bloque socialista por una liga internacional juvenil a la que nos inscribimos por sugerencia de los chavales del lugar. A eso había que sumar otros miles de liras para el pasaporte y el visado consular. Todo financiado por nuestros pobres ahorros y un robusto subsidio de papá, un comunista de toda la vida que, tras la prisión fascista y el exilio, rompió el carnet del partido en 1956, tras la admisión de los crímenes de Stalin por parte del PCUS y la sangrienta represión de la revuelta húngara. Un poco preocupado por mi aventura pero creo que contento por mis ganas de explorar a 360 grados e ir a tocar con mis propias manos el nuevo experimento del “socialismo de rostro humano”.

Al llegar a Praga no perdimos ni un minuto. Nos reunimos con un amigo italiano (Tonino Setola) que nos había adelantado un par de días y que nos presentó a una estudiante graduada en lenguas romance (Ruzena Ruzickova), que era guía de la agencia turística nacional, que nos haría de intérprete durante esos días y nos organizaría el programa de encuentros. El primero, con sus compañeros de la universidad. El clima era eufórico, tanto por el entusiasmo como por el nuevo curso, por el descubrimiento de la libertad de hablar sin miedo, de poderse reunir abiertamente sin despertar sospechas, y también por la excitación mutua de encontrarse con jóvenes “de la otra cara del mundo”. Decidimos empezar contándonos nuestras historias. Nos hablaron de ellos: unos eran de Praga, otros de otras ciudades de provincia y vivían en residencias universitarias. Nos describieron un ambiente triste, nos contaron las limitaciones con las que habían tenido que vivir hasta pocos meses antes, nos hablaron de sus nuevas esperanzas y también de la historia y tradiciones de su país. Ninguno alimentaba sentimientos antisocialistas o de revancha, pero todos llevaban dentro la amargura de haber convivido con lo peor que una ideología en el poder puede producir. El espacio de libertad lo tenían en sus familias, con sus amigos más cercanos, y los que tenían la suerte de tener buena voz en las corales que cantaban en las iglesias, donde era posible reunirse continuamente para los ensayos, creando así con el tiempo una cierta familiaridad en las relaciones.

Ahora se trataba de recuperar el hilo de una civilización y una cultura orgullosamente europeas, no solo en la música y el arte, sino también en la tradición de la libertad de pensamiento y en su profundidad espiritual, con pensadores, poetas y santos de su tierra. La vida religiosa también se encontraba frente a un territorio nuevo, ya no solo limitado al ámbito familiar o de ciertas amistades íntimas, sino que tenía la ocasión de salir a la luz. ¿Pero cómo? Nos preguntaron por el 68 en Occidente, por la deriva que había tomado. “Mandadlos aquí para que les enseñemos algo del comunismo”. Les hablamos de nosotros, de cómo habíamos aprendido que no se puede pretender la posesión de la verdad, sino que la vida es un camino de verificación que pasa a través de la experiencia y que la dimensión comunitaria de esta experiencia es una modalidad privilegiada para sostenerse en esta camino y en su transmisión. A pesar de los esfuerzos de la intérprete, nuestro vocabulario parecía llegar de otro planeta. La traducción de la palabra “experiencia” remite al mundo de la investigación científica, mientras que las palabras “comunidad” y “comunitario” remiten inexorablemente a las modalidades gregarias del régimen comunista. Pero todos estábamos tan contentos de estar juntos que nos pasamos la noche discutiendo y los días siguientes los pasamos siempre con amigos suyos con los que quedábamos en parques de los alrededores de la ciudad para seguir hablando y cantando.

Raccontiamo di noi, di come abbiamo imparato che non si può pretendere il possesso delle verità, ma che la vita è un percorso di verifiche che passano attraverso l'esperienza e che la dimensione comunitaria dell'esperienza è una modalità privilegiata di sostegno del percorso e del suo rendersi comunicabile. Nonostante gli sforzi dell'interprete, il nostro vocabolario sembra arrivare da un altro pianeta. La traduzione della parola "esperienza" rimanda al mondo della ricerca scientifica, mentre le parole "comunità" e "comunitario" riecheggiano inesorabilmente le modalità aggregative del regime comunista. Però siamo tutti contenti di stare insieme, tiriamo notte discutendo e nei giorni successivi ci ritroveremo anche con altri loro amici per scampagnate nei parchi naturali che circondano la città, per continuare a parlare e cantare, con panini e chitarre.

Dormíamos, poco, en casas de familias que nos acogieron. Una hermosa manera de hacer amistad con personas mayores que nosotros, que nos contaban la situación del mundo laboral, escolar, educativo, familiar… además de proporcionarnos un cierto alivio presupuestario. Esas casas se convirtieron aquellos días en la base donde organizar encuentros con personajes de primera línea en el compromiso por construir un proceso de cambio en acto a partir de su contribución cultural. Personajes como Václav Havel, Jirí Nemec y otros, músicos, escritores, poetas. Tuvimos intensas jornadas de visita a redacciones de radios y periódicos de todo tipo. En todas partes nos recibían con cordialidad y asombro, con ganas de contarnos sus proyectos y esperanzas, y con curiosidad por escucharnos, asombrados porque nos interesáramos tanto por ellos. En una de estas visitas a redacciones nos llamó la atención la vivacidad de una persona a la que pedimos luego una cita para profundizar en algunas de las cosas que nos había dicho. Se llamaba Jozef Zverina y se convirtió en uno de nuestros mejores amigos.

Muchas de las personas que conocimos habían pasado por la experiencia de la prisión política. Algunos, como Zverina, hasta dos veces: primero con los nazis y luego con los comunistas. Oír el relato de su vida era como una mezcla entre una película bélica y los hechos de los apóstoles. Lo más sorprendente era un rasgo común: todos habían encontrado un modo de vivir estas experiencias y salir de ellas sin comprometer su propia dignidad. Su fuerza estaba en la memoria de las experiencias que habían vivido, de lo que habían sido, y en el deseo de volver a retomar los hilos. En otras palabras, una experiencia indestructible. Incluso para quien llevaba en su cuerpo los signos de las minas de uranio, llamados pocos años después a dar la vida, tras una tardía rehabilitación legal y una breve reunificación familiar.

En ellos no había rastro de rencor ni reivindicación, ningún incumplimiento disfrazado de ideología. Solo la conciencia de que la libertad de ser uno mismo, de salvaguardar la propia dignidad, siempre supone un precio a pagar, a veces muy duro, pero que en todo caso merece la pena. Y en todos ellos un sentido del humor que no solo había interesantísimos a nuestros interlocutores sino que también dejaba entrever el equilibrio interior que había madurado con las vicisitudes de su vida. Eran capaces de valorar con realismo su situación, como un escaparate de oportunidades que aprovechar para salir a la luz de todas las maneras posibles, mostrarse, establecer vínculos y tejer relaciones que resultarían preciosas para el futuro, nutriéndose de esperanzas pero sin ilusiones superfluas. Sobre todo, sin perder tiempo con proyecciones de sociedades ideales utópicas o veleidades de nuevas hegemonías culturales.

Fue despiadada la confrontación con muchos viejos dragones políticos y mediáticos locales, o con muchos avispados que se preparaban para recoger su testigo –con el paso de los años debo admitir que han tenido éxito– disfrazados de embaucadores en asambleas estudiantiles o con veleidades maximalistas, o afilando sus armas para sus futuras empresas de sangre y desesperación. Lo que habíamos dejado a nuestras espaldas en la universidad exaltaba aún más la estatura de los personajes con que nos encontrábamos. Nos fascinaba su historia, su profundidad y sabiduría, la vastedad de su espesor cultural, y también su disponibilidad para recibirnos y escucharnos, siendo nosotros tan jóvenes, incautos y un tanto acomodados por la vida fácil de los años del boom.

Nunca olvidaré la atención con que el historiador Zdenek Kalista nos recibió en “su” mesa fija del Café Slavia, descuidando su conversación con otros intelectuales y literatos con los que solía encontrarse en aquel lugar histórico para hablarnos de su trabajo y compartir con nosotros proyectos y esperanzas. Había sufrido una larga prisión a causa de un falso testimonio que habían logrado de malas maneras de un familiar cercano, o al menos eso nos contaron, porque por su parte no hizo ni un solo comentario a esto.

Ni al teólogo Antonin Mandl, cuando entonaba el “Non, je ne regrette rien” con el rostro marcado por la leucemia que había contraído por su continua exposición a materiales radiactivos durante sus trabajos forzosos. O el ex diplomático Václav Vasko, que con la llegada del régimen se vio obligado a separarse de su esposa, rusa, y de su hija, que no pudieron abandonar Moscú con él. Ahora trabajaba en un circo, donde parecía divertirse mucho, y después del trabajo se dedicaba a su intensa actividad publicista, que le costó el fin de su carrera y unos cuantos años en la cárcel. Y tantísimos otros, grandes protagonistas de la cultura de su país, alegremente curiosos por nuestra curiosidad y ansiosos por transmitirnos su experiencia humana antes que su sabiduría.

Fue menos de una semana pero con una intensidad que nunca antes había vivido y que culminó en la Pascua de 1968, cuando subimos con los jóvenes que habíamos conocido a la torre de la catedral de Tyn, en la plaza de la ciudad vieja, abriéndonos paso entre telarañas y plumas de palomas, para tocar las campanas pascuales, que sonaban por primera vez desde 1948. Luego bajamos para participar en una multitudinaria y extraordinariamente intensa y concurrida liturgia celebrada por el padre Jiri Reinsberg, otro pilar de la vida en Praga aquellos años. Con su sabiduría “rabínica” depositaria de la memoria de la Praga “profunda”, con su equilibrio lleno de candor, astucia y prudencia, consiguió convertir la iglesia central de la ciudad en punto de referencia para todos, también para los peces gordos del partido que llevaban a sus hijos para bautizarlos a escondidas.

Al acabar nuestra estancia, quedamos para retomar el hilo de tantas conversaciones el verano siguiente.

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