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15 AGOSTO 2018
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Praga 1968 (II). Bajo los carros armados, la sorpresa de la fe

Walter Ottolenghi | 0 comentarios valoración: 1  13 votos
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A diferencia de nuestro primer viaje a Praga en marzo, esta vez en julio, con el calor, decidimos hacer el trayecto en coche, con mi R4 de segunda mano y el Mini de Marina Loffi, que se unió al grupo. Y que escribió esto en su diario:

“Partimos en dos coches: Walter Ottolenghi, Rosalba Mozzati, Massimo Guidetti, Luigi Patrini, Romana Romano y Annamaria Giannini. En la frontera entre Austria y Checoslovaquia, un hecho funesto: un soldado que maniobraba torpemente junto al muro de hormigón que marcaba entonces la frontera se cargó una puerta del coche de Walter. Por suerte, todos estábamos fuera del automóvil. Fue una parada infinita hasta que fijamos las condiciones del reembolso (que afortunadamente llegó a buen puerto dos años después de la invasión rusa de agosto) que nos hizo llegar a nuestra cita en Tyn con un gran retraso.

Era noche avanzada pero la plaza estaba abarrotada de gente, sobre todo jóvenes, y el pavimento estaba cubierto de palabras escritas con tiza elogiando a Svoboda, presidente de la república recién elegido, y a Dubcek, secretario del partido comunista checoslovaco, a los que utilizaban simbólicamente para marcar distancias con los soviéticos.

Mientras entrábamos en la iglesia de Tyn, llena de gente a pesar de las horas por un concierto, un coro cantaba ‘O vos omnes’ de Tomás Luis de Victoria, un motete que me encantaba y que yo también cantaba con el coro de GS. Me pareció como un abrazo de bienvenida.

Después de identificarnos, nos alojaron en cuarteles de la periferia más extrema de la ciudad y a la mañana siguiente, por iniciativa de Massimo, siempre impulsado por la voluntad de entender, como comprobaría más tarde, visitamos la redacción de Mlada Fronta, la revista oficial del partido comunista juvenil, que entonces apoyaba las razones de la Primavera.

Luego vino el encuentro con los Kaplan, Jiri y Maria, que por aquel entonces tenían poco más de cuarenta años, nueve hijos, y vivían en una pequeña parcela de una villa que había pertenecido a la familia de Maria si mal no recuerdo. Tenía muy pocas habitaciones pero un salón precioso, acogedor, con una gran estufa de azulejos donde pasaron la noche la mayor parte de sus hijos en sacos de dormir para dejar sus camas a los invitados.

En aquella y en otras ocasiones nos dimos cuenta de que se trataba de una casa de aterrizaje. Por allí pasaba gente de lo más diverso, por comportamiento, clase social, procedencia… Intelectuales, obreros, estudiantes, hasta el futuro presidente Václav Havel. Todos recibidos cálidamente… y con música. Años después, en una carta, Jiri describía la procesión nupcial de una de sus hijas y me contó que la esposa estuvo acompañada hasta la iglesia por una orquesta callejera. Él, todos sus hijos y muchos de sus amigos tocaban algún instrumento.

De casa Kaplan partimos hacia Sumava, bosque bohemio donde Pavel (Sepekovski) tenía una gran casa de campo sin agua ni electricidad. Él y Jiri se quedaron con nosotros todas las vacaciones, así como una decena de jóvenes checoslovacos procedentes de varios lugares. Los jóvenes dormíamos en el granero. Recuerdo especialmente a Pavel Novak, Vasek Renc, hijo de un dramaturgo encarcelado por el régimen, Petr Kryl, Honza, Jana, que tenía una melena larguísima y que por la mañana, cuando nos levantábamos entre el heno, parecía la sirena Lorelei.

Las jornadas transcurrían sencillamente entre paseos, juegos, oraciones, discusiones y el relato de las experiencias y problemas mutuos, en todos los idiomas y formas posibles, bajo la leve guía de dos adultos. También recibimos la visita del padre Reinsberg. Era fortísimo el deseo de comunicar, y comunicar con verdad, dentro de las diferencias de temperamento y situación de cada uno. Aún conservo una intensa imagen de aquellos días. Mucho tiempo después, durante unas vacaciones en Praga en tiempos de represión, estuve con Jiri en el restaurante de la Ópera –un lugar que él consideraba seguro– con mi cuñado Guido, que pertenecía al colectivo de arquitectos, con posiciones comunistas. Los dos hablaban en francés (un poco atrofiado el de mi cuñado) con la misma intensidad y cordialidad que en las vacaciones de Sumava, con la voluntad de encontrarse en serio a pesar de las dificultades del idioma.

Vasek Renc, que tocaba estupendamente la guitarra y componía, escribió aquellos días una canción titulada ‘Jdu cestou necestou’ (Voy a todas partes por caminos y senderos) que hablaba de caminos, de amor y soledad, de zarzas; como una especie de sello a ese tiempo que habíamos pasado juntos.

No sé si los días de Sumava fueron fructíferos para todos los que participaron, en parte por las desventuras que sacudieron sus vidas a partir de agosto del 68, pero creo que sí, tal vez de modos distintos, entre todos nosotros se generó en pocos días una sensación de familiaridad que para mí fue una gran ocasión de crecimiento”.

Todo esto pasaba en julio. En agosto fuimos nosotros quienes acogieron en Italia a algunos de ellos. El día 21 de ese mes las fuerzas armadas soviéticas y del pacto de Varsovia invadieron el territorio checoslovaco, poniendo fin a la Primavera de Praga. Fue una experiencia sobrecogedora, para nosotros y para nuestros amigos. Después de cincuenta años todavía está en nuestro recuerdo, como nos contaban ellos mismos hace poco:

“Gracias por los saludos que nos mandáis de nuestros amigos. Una reflexión sobre nuestra estancia en Italia nos cuesta un poco. Naturalmente, nos gusta que nuestros amigos italianos no nos hayan olvidado después de tantos años… Si miramos atrás, no podemos negar que nuestro viaje a Italia en 1968 tuvo para nosotros y gran significado y nos influyó mucho…

Pero la estancia en Italia tuvo lugar en el periodo en que llegaron los carros armados rusos. Los que nos acogieron vivieron con nosotros muy intensamente esos momentos, que además coincidieron con la noche en que fuimos a ver al padre Pío a San Giovanni Rotondo. Los carros armados acabaron influyendo más en nuestras vidas que la estancia en Italia, lo cual es comprensible.

Dos de nosotros se quedaron allí y optaron por la vía del servicio espiritual, otro tomó la misma decisión en Checoslovaquia. Esto también nos influyó. Los demás tenían asegurada una vida gris, iluminada por relaciones personales, por acontecimientos culturales esporádicos y sin duda por la vida de la fe”.

También recuerda Ruzena:

“Vino la Primavera de Praga que hizo caer muchos de nuestros miedos y sobre todo nos hizo superar la sensación de desconfianza y sospecha que hasta ese momento nos había impedido fiarnos unos de otros. Los estudiantes de varias facultades que iban a la misma iglesia –la centralísima iglesia de la Virgen del Tyn– empezaron entonces a saludarse, a hablar libremente de sí mismos a sus compañeros… luego en Pascua vino de Italia un grupo de estudiantes un tanto especiales, que yo presenté a mis amigos y a personas importantes de Praga, incluso al arzobispo Frantisek Tomasek.

De estos encuentros nació un bonito proyecto: un grupo de estudiantes checos fueron a Italia a unas vacaciones con varios grupos para darles a conocer desde el otro lado del telón su experiencia de fe vivida bajo un régimen totalitario ateo. Podíamos partir solos o como mucho de dos en dos, provistos con una invitación personal por parte de los italianos. Nuestros amigos de allí nos alojaron generosamente, pagando todos nuestros gastos, incluidos los del viaje. Así fue como pudimos ver los Dolomitas, Catania y terminar nuestra visita en Roma.

Salimos de Praga a principios de agosto de 1968 y en Peschici nos llegó la noticia de la ocupación de Checoslovaquia el 21 de agosto por carros armados rusos. Estábamos con don Francesco Ricci. Recuerdo cómo nos ayudó a seguir los telediarios italianos y, al mismo tiempo, las emisoras libres checoslovacas que completaban las informaciones italianas. En aquellos momentos, para nosotros tan tristes, su continuo ánimo a no perder la esperanza en los momentos difíciles fue lo que nos dio el apoyo que necesitábamos. Don Kilómetro (al que llamaban así por sus dos metros de estatura) fue un verdadero padre para nosotros.

En el momento de volver a nuestro país, algunos decidieron quedarse en Roma para ser sacerdotes y una amiga nuestra, después de años de búsqueda, entró en clausura en un monasterio de monjas benedictinas. Luego, uno de nosotros, aunque con gran esfuerzo, llegó a ser sacerdote en Checoslovaquia y hoy es obispo auxiliar de Praga. Por tanto, podemos afirmar que la gran fe, la generosidad y el ejemplo de don Francesco Ricci, el cura de la sonrisa y de la máxima disponibilidad, dieron frutos realmente maravillosos”.

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