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19 JULIO 2018
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Una broma juvenil que acaba en matrimonio

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 1  17 votos
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Repasando las noticias de sociedad a veces encuentras historias muy particulares. Es el caso de Kimberley y Ron, una pareja de amigos de Minnesota que hace 37 años se prometieron matrimonio en broma y en caso de que ambos llegaran solteros a los 50 años. Sus vidas siguieron caminos distintos y ahora, cada uno con un matrimonio a la espalda, han decidido mantener aquel compromiso y volver a casarse.

Más allá de todos los rasgos típicamente americanos de esta historia, lo más interesante es la evidencia de que el matrimonio, antes que un sentimiento, es un juicio. Hace 37 años Kimberley y Ron reconocieron el uno en el otro un camino, una indicación para vivir, pero lo dejaron pasar porque se enamoraron de otros con los que se comprometieron afectivamente. Parece que la relación entre amor y matrimonio está totalmente por descubrir. Puede sonar un poco escandaloso, sin duda, pero uno no se puede casar solo por amor. Quererse, amarse, es por supuesto un motor, un motivo para elegir, pero la decisión es lo que marca la diferencia. Lo que adquiere rango jurídico no es el amor entre dos esposos sino el vínculo, el juicio que existe entre ambos: reconozco que tú eres decisiva para que yo sea más yo, para que tú seas más tú. Y poco importa si dentro de unas temporadas yo dejo de amarte, o te amo de otra manera, o me voy con otra persona. Ese juicio no decae, no se borra con las arrugas ni con el cambio de las circunstancias.

Hoy demasiados matrimonios lo apuestan todo al amor, con la complacencia colectiva y la miopía de muchos que pretenden transformar cualquier amor en matrimonio. Pero el fundamento del matrimonio no es la necesidad afectiva, la inspiración del corazón o el miedo a quedarse solos. El amor romántico es uno de las muchas maneras de amarse, pero para construir algo hace falta tu decisión, tu voluntad. De otro modo, pasamos de un matrimonio a otro, de un vínculo a otro, sin haber contraído nunca ninguno verdadero. Para elegirse hace falta ser libres de toda constricción cultural y social, hace falta madurez a la hora de querer perseguir la unidad, la fidelidad y la fecundidad en la vida, hace falta la conciencia de que el objetivo por el que optar es el bien de todos, el deseo de contribuir –con ese juicio– al bien de todos. Convirtiéndose en signo de que en la vida nada puede impedir acogerse mutuamente, ni siquiera el mal que nos podamos hacer, convertirse en el seno donde hacerse cargo de miles de humanidades que nos piden ser custodiadas y educadas, una casa donde cada uno se realiza no porque persigue su propia autoafirmación sino porque afirma que en el mundo existe una societas, la familia y las relaciones, cuyo bien es determinante para que se realice el bien de cada uno. Y todo eso puede nacer tal vez de una noche, una llamada, una broma en la que uno se promete –sin ni siquiera pensar por qué– matrimonio. Dejando espacio a una intuición que el amor puede confirmar o provocar, pero que es mucho más que un sentimiento. Es la percepción repentina del Destino.

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