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22 JULIO 2018
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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  52 votos
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La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

De hecho, las instituciones europeas, el Parlamento y la Comisión han aprobado algunas medidas que serían muy útiles si el Consejo las hubiera sancionado. El Parlamento ha insistido en la necesidad de reformar el sistema de asilo y de modificar los acuerdos de Dublín III (2013). Esos acuerdos establecen como primer criterio para los solicitantes el país de llegada. La cámara europea ha apostado por el sistema de cuotas y de redistribución, que también podría utilizarse para los migrantes económicos. Está claro que los países que son frontera deben recibir más ayuda. Es también evidente que parte de la solución pasa por un gran Plan Marshall para África. Buena parte de las muertes en el Mediterráneo podrían evitarse con visados para buscar trabajo que espiraran a los tres meses y que obligaran a quien los ha pedido a volver a casa si no han conseguido empleo. Un migrante ilegal puede gastarse de 4.000 a 6.000 euros que paga a las mafias por llegar a costas españolas. Por 1.000 euros podría viajar a un país europeo y probar fortuna con un plazo cerrado. Europa está vieja, Europa necesita sangre nueva. Pero estas y otras soluciones no se ponen en marcha porque Europa está divida y no tiene la suficiente tensión ideal como para ser verdaderamente realista y práctica. La reforma del sistema de asilo se bloqueó en el Consejo Europeo de finales de 2017 y probablemente se volverá a bloquear en el de finales de junio. El miedo al extranjero de los antiguos países del Este, con el apoyo de Austria, es demasiado grande. Los que fueron extranjeros y los que menos extranjeros tienen ahora no quieren saber nada de migrantes.

La crisis migratoria no solo pone de manifiesto la debilidad política de Europa. También pone al descubierto una inseguridad existencial. Tenemos miedo de los inmigrantes y queremos blindar nuestro gris paraíso de bienestar porque no estamos seguros, porque nuestra identidad es líquida: no sabemos de qué estamos ciertos, quiénes somos. Más allá de una cierta prosperidad, todo es gaseoso. Las personalidades fuertes acogen, aprenden, suman, las inseguras se defienden, intentarse blindarse. El mestizaje de civilizaciones se puede tratar de ordenar, pero no se puede frenar.

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