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22 AGOSTO 2017
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¿Y si aprendemos del Líbano?

Roberto Fontolan

El pequeño país mediterráneo reúne 18 confesiones religiosas oficialmente reconocidas: doce cristianas, cinco musulmanas y una minúscula comunidad hebrea. En un contexto multiconfesional y multiétnico (árabes y armenios), el Líbano ha puesto en marcha un singular sistema de división de poderes, que garantiza a todos los ciudadanos no sólo sus derechos civiles sino también el respeto a su identidad religiosa. Todo ello gracias al Pacto Nacional que en 1943, en defensa de la Constitución de 1926, firmaron los líderes cristianos y musulmanes. En virtud de aquel acuerdo, la presidencia de la República corresponde a un cristiano maronita, la del Consejo de Ministros a un musulmán suní, y la del Parlamento a un musulmán chií. El Parlamento consta de 120 escaños, la mitad musulmanes y la mitad cristianos. Cada mitad se reparte en proporción a la pertenencia a los diferentes ritos. El mismo criterio se aplica para la composición del Consejo de Ministros y para la administración pública de las cinco regiones. Este sistema fue ratificado, con alguna pequeña variación, por el acuerdo de Taif, del que se cumplen ahora 20 años, al término de la interminable guerra (en parte civil, en parte no) que asoló al país en 1975.

La Constitución consagra la libertad de conciencia y garantiza a todas las religiones reconocidas la protección del poder institucional. La ley establece las competencias de la comunidad en esta materia: la gestión de los bienes religiosos, de los lugares de culto, de las instituciones educativas y de beneficencia no gubernamentales, y otras cuestiones personales, como el matrimonio, la adopción o la tutela de menores. El matrimonio civil no existe, y sí existe un amplio número de leyes civiles que todos los libaneses deben respetar.

Es evidente que se trata de una estructura muy frágil, sobre todo por los datos que maneja, ¡el último censo se realizó en 1932! Entonces los cristianos constituían casi el 60% de la población y hoy se cree que apenas llegan al 40%. Pero hoy ningún libanés quiere desvelar una verdad que destruiría el fino hilo que une eso que a nosotros nos parece una extraña mezcla de liturgias, partidos e imágenes religiosas. Lo más sorprendente es que el Líbano es el único país del mundo de mayoría musulmana que ha conseguido combinar una democracia real con una plena paridad confesional y la tutela de los derechos fundamentales del individuo, sin que hayan podido destruirlo los continuos intentos, desde dentro y desde fuera, que se suceden desde los años 50.

Los libaneses (parte de ellos) siempre han defendido con tenacidad su ejemplo, y siempre lo han reconstruido con paciencia a partir de los escombros de las guerras y de las emboscadas terroristas. La paciencia de los cristianos y la conciencia de los musulmanes han sentado las bases fundamentales para una construcción social, tan complicada como se quiera, pero capaz de garantizar la plena libertad para todos.

Muchos consideran al Líbano como una especie de fósil institucional y usan la palabra "libanización" para designar un panorama ensombrecido por particularismos y micropoderes enfrentados entre sí. ¿Y si, por el contrario, fuera el paradigma libanés el que se adoptara (y adaptara) para el nuevo sistema iraquí? Estoy seguro de que, si lo conociéramos mejor, hasta los europeos encontraríamos algo que aprender.

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