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20 JULIO 2018
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>Entrevista a Carlos Agullo

'Intentando 'protegernos' de la muerte nos quedamos sin recursos para afrontarla'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  6 votos
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Con motivo del inicio de la tramitación de la nueva ley de la eutanasia, todos hemos empezado a mirar cómo son los últimos días de muchos en los hospitales, cómo son los cuidados paliativos. Carlos Agullo tuvo la genialidad de dirigir un documental precisamente sobre “Los demás días”, que es el título de esta película. Durante meses estuvo grabando los últimos días de gente que se estaba marchando.

Tú has dicho que querías hacer esta película porque el tema de la muerte es un tabú en nuestra sociedad, ¿por qué no queremos hablar de ello?

Creo que es algo eterno en el ser humano, siempre ha sido una gran dificultad el finalizar la vida, pero también creo que sobre todo en el último siglo, sobre todo en la segunda mitad, los avances tecnológicos en la medicina nos han metido en esa especie de fantasía del todo se puede curar, y esto ha alejado mucho la muerte de la visibilidad de las personas. Entonces ya no se muere en casa, los cortejos fúnebres ya no cruzan los pueblos, no suenan las campanas, sino que se esconde, y eso hace que desde pequeños no veamos cadáveres, no veamos velatorios, ni siquiera a mí me llevaron de pequeño ni a cementerios ni a funerales ni a entierros, nos “protegían” de la muerte cuando en realidad te están dejando un poco desprovisto de recursos para afrontarla.

¿Qué has aprendido haciendo este documental?

Muchas cosas. Primero, que es cierto que existe el tabú de la muerte, pero también hay muchos otros tabúes, como es la tristeza, la enfermedad, la vejez, todas las cosas que perseguimos apartar. Creo que la tristeza es algo necesario y fundamental, que una vida sin tristeza no es real. Si fuese posible, sería estupendo, a todos nos gusta estar contentos y alegres, pero como la tristeza se va a dar, como la muerte se va a dar, mejor no tenerlas como un fantasma, ahí apartado pero que se va a dar. Eso es algo muy importante que he aprendido, que a los niños –ni a los mayores– no se les debe decir: no llores que no pasa nada. Sí pasa. Es normal llorar. Hay que escuchar. La principal lección de los médicos con los que he trabajado en paliativos ha sido esta, la capacidad que tienen para escuchar y muchas veces gente ajena a paliativos me pregunta cómo puede esta gente ser así, cómo pueden volver a sus casas después, que si están hechos de otra pasta. Y yo creo que precisamente es el hecho de estar tan en contacto con la vida, pero con la vida de verdad, no la vida sin tristeza ni muerte, eso es lo que les hace especiales, capaces de afrontar las cosas de otra manera.

Tú has tenido ocasión de trabajar intensamente en hospitales, ¿cómo son los paliativos en España?

Para empezar, insuficientes, no llegan ni a la mitad de los que lo necesitan en España. Pero son muy diferentes de lo que nos imaginamos. Cuando yo planteé el tema, sin conocerlo muy bien, uno se imagina algo así como el “doctor muerte”, alguien que es como siniestro, que se relaciona con la muerte, cuando en realidad los paliativos se relacionan con la vida. Lo que pasa es que al final la muerte no es más que una parte de la vida, y una parte de la vida especialmente delicada, especialmente sensible, pero también especialmente intensa y rica, porque cuando la gente sabe que va a morir vive las cosas de otra manera. La gente que ha pasado por experiencias cercanas a la muerte se da cuenta de la intensidad de las cosas, de la importancia de las pequeñas cosas, de que todos los días hay algo, y esto me ha cambiado mucho la manera de mirar la medicina, de ver cómo los médicos pueden verla. Y he visto muchos paliativos hospitalarios, pero sobre todo he visto los domiciliarios, que es lo que más hay, lo que más desarrollado está. Es una cara mucho más humana de la medicina, mucho más amable, que entra en la casa y recopila un montón de información a través de lo que ve allí, de las fotos que hay por las paredes, del contexto, de quién está ahí cuidando o quién no está, y esto aporta mucha información. Un problema de la medicina actual es lo especializada o compartimentada que está. A priori, un oncólogo en la carrera no es una persona que reciba una formación acerca de cómo manejar información y cómo transmitirla, cómo dar malas noticias, por ejemplo, no estudian psicología ni ese tipo de cosas. Los hay que harán máster en paliativos o en lo que sea, pero a priori la carrera de medicina con especialidad en oncología no lo contempla, y es absurdo que un oncólogo no esté formado para dar malas noticias porque es fundamental. Los paliativos sí veo que abordan al paciente desde una perspectiva más integral y tienen en cuenta el sufrimiento, porque ellos no se dedican a curar a nadie, saben que todos sus pacientes van a morir, pero se dedican a cuidarlos y entonces abordan el sufrimiento desde la parte física, con la morfina para el dolor y otros muchos medicamentos para otros muchos síntomas del final de la vida, pero también la abordan desde la parte psicológica, incluso desde la parte espiritual, que no necesariamente religiosa, es decir, esa parte que no es de las emociones o de las afecciones o de las relaciones humanas, sino más de lo que tiene que ver con la trascendencia. Me decía Pablo, el médico principal de la película, que pacientes, religiosos o no, todos tienen las mismas cuestiones espirituales sobre qué dejan en esta vida, su legado, la trascendencia, las preguntas que tenemos todos.

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El PP y la verdadera fuente de renovación

Fernando de Haro

España cambió de Gobierno hace 45 días. En este mes y medio se han producido dos grandes novedades. El Gobierno socialista, que por primera vez desde la transición llegó al poder sin pasar por las urnas y sin ser el partido más votado, paradójicamente no tiene fuerza más que para tomar medidas de alto voltaje ideológico. Medidas que tienen poco que ver con las necesidades de la gente-gente. Sea porque quiere ocultar su debilidad con gestos simbólicos, sea porque tiene que cumplir con sus múltiples socios de la izquierda-izquierda o del nacionalismo, todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar una agenda de polarización y de un radicalismo de bajo vuelo.

Por eso ha frenado el desarrollo de los cuidados paliativos para impulsar la eutanasia, ha querido presentarse como el Gobierno más antifranquista en un país en el que no hay franquistas, como el más feminista cuando el origen de la violencia machista sigue sin atacarse de modo adecuado. Es un Gobierno que resucita conflictos viejos contra la dictadura, la clase de Religión, o la enseñanza concertada (de iniciativa social). Socialismo del siglo XX cuando el siglo XXI reclama reforma en el sistema de pensiones, reforma del mercado laboral, reforma fiscal, reforma para mejorar la productividad y la competitividad… y una larga lista de cambios de los que ni habla. El ciclo de expansión económica permite continuar la política de aumento del gasto iniciada por el PP y olvidarse de lo importante.

El Gobierno socialista ha iniciado, eso sí, un intento de diálogo con el independentismo que puede ser útil como fuente de distensión pero que está condenado al fracaso. El secesionismo catalán, a pesar de su intensa gesticulación, está en un impasse: sabe que no puede seguir por la vía de la ruptura, al menos de momento, pero no encuentra una salida honrosa. En esta cuestión poco ha cambiado en los últimos 45 días. Donde sí han cambiado las cosas y mucho es en el PP, en un centroderecha que está profundamente desorientado. Es lógico que no haya asimilado la repentina pérdida de poder (después de siete años y después de haber ganado las últimas elecciones con un nada despreciable porcentaje del 33 por ciento). Ni el partido ni el expresidente Rajoy estaban mentalmente preparados para asimilar el daño que le estaban haciendo los juicios por casos de corrupción ni la posibilidad de ser derrotados por un pacto tan heterogéneo como el que hizo falta el uno de junio. No se habían dado cuenta de lo profundo y lo intenso que era el “Rajoy no”.

Tampoco ahora el PP parece haber entendido el alcance del proceso de primarias que se ha autoimpuesto. Ha caído en una dicotomía falsa. Los dos candidatos de la segunda vuelta, Soraya Sáenz de Santamaría (la que fue mano derecha en los gobiernos de Rajoy) y Pablo Casado (un hombre de partido, pero sin experiencia de Gobierno) quieren que el próximo sábado los compromisarios elijan entre dos alternativas rotundamente enfrentadas. La tecnocracia eficaz, pragmática y experimentada, útil en una sociedad que necesita, sobre todo, buena gestión que encarna Santamaría y la juventud de un Casado, con menos pasado, alejado de la corrupción, con unos “principios, valores e ideas” que este último postula recuperar.

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Cuando vuelva

Fernando de Haro, Gaza

Suhaila Tarazi completó sus estudios de Gestión y Dirección en Londres. Con unos 60 años, la actividad al frente del Al Ahli Hospital la tiene exhausta. Antes de responderme algunas preguntas se detiene para tomar aire. El hospital es un oasis en el centro de la ciudad de Gaza. Fuera de sus puertas la vida hierve. Las calles están sucias en la capital de la franja. Los carros tirados por burros o caballos son frecuentes. La gasolina es muy cara en esta gran prisión a cielo abierto de 365 kilómetros cuadrados de la que no pueden salir, salvo especial permiso que no se concede casi nunca, sus dos millones de habitantes.

Al occidental se le saluda con sorpresa, los niños ensayan su única frase en inglés al ver a los periodistas: “What is your name?”. La inmensa mayoría de los jóvenes menores de 20 años no han salido nunca de esta parte de los territorios palestinos. A pocos kilómetros de aquí, en la frontera este, algunos de esos jóvenes se enfrentan a las balas del ejército de Israel. Desde hace semanas el goteo de los que mueren solo se convierte en noticia cuando los fallecidos superan la docena. Jóvenes sin futuro, encarcelados por la política del Gobierno de Israel, ya sin los túneles hacia Egipto que Al Sisi ha cerrado (por los que llegaron a circular camiones), con una ira que el ineficiente y manipulador Gobierno de Hamas instrumentaliza para no asumir responsabilidad alguna y para no reconocer que es incapaz de proporcionar a su pueblo una vida digna.

Suhaila, tan pronto sale de su despacho y se dirige a las clínicas, es asaltada por un médico que le cuenta una nueva urgencia y por un paciente que le da las gracias. Nuestra conversación se ve interrumpida a menudo. Las instalaciones médicas son modestísimas. En un viejo y desvencijado frigorífico se guardan las bolsas de plasma. El frigorífico está conectado a un generador. En Gaza solo hay cuatro horas de electricidad al día y nunca se sabe cuándo se va a poder contar con ella. Si la luz llega de madrugada hay que aprovechar ese momento para poner una lavadora. Suhaila se detiene especialmente en la consulta infantil. Con la ayuda de la Misión Pontificia el hospital mantiene un programa para luchar contra la malnutrición de los niños. Hay zonas de la franja donde el 50 por ciento de los menores están por debajo del peso que deberían tener y la tasa de mortalidad infantil se acerca al 23 por mil. Cinco niños pálidos, sin fuerzas para jugar, esperan con sus madres el turno para ser atendidos.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3141 votos

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