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15 AGOSTO 2018
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El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Casi ha pasado desapercibido el histórico encuentro en Bari entre el Papa y los delegados de las iglesias orientales para afrontar juntos la dramática situación de los cristianos en Oriente Medio. Nunca antes en la historia un pontífice había conseguido reunir una especie de mini-concilio ecuménico de unas horas con representantes de todas las confesiones religiosas presentes en un territorio. Será por la urgencia del momento –en Iraq los cristianos han pasado del millón en 2003 (antes de la guerra de Bush) a los actuales poco más de 200.000–, será por la estrecha red de relaciones personales con todos los líderes religiosos que Bergoglio ha establecido en estos años de pontificado, o será por Bari, la más ecuménica de las ciudades italianas que custodia las reliquias de san Nicolás. El caso es que el milagro ha sucedido y la iniciativa del pontífice podría no quedarse en un evento aislado.

De hecho, como Francisco ha repetido varias veces, en la sangre de sus mártires –más que en las reflexiones o en los tratados políticos– es donde los cristianos pueden reconocer mejor su unidad. Vivimos una época que el recientemente desaparecido cardenal Tauran no dejaba de calificar como amenazada no por “un choque de civilizaciones sino más bien por un choque de ignorancias y radicalismos” que impiden la paz, que dificultan el conocerse y el reconocerse.

Pero algunas mentes mal intencionadas han destacado que en Bari se han visto pocos “líderes”. Muchos delegados pero ningún jefe de verdad. El hecho es que nunca como ahora ha tenido que afrontar el cristianismo eso que san Pablo llamaba la esclavitud de los “stoikeia tou cosmou”, los elementos del mundo, es decir, todos esos factores culturales que se proponen determinar la identidad del Yo antes que la fe. San Pablo pensaba en los planetas y en los astros, de los que los hombres hacían derivar su propio destino a través de los horóscopos. Hoy son en cambio los nacionalismos, los distintivos de etnia, género y rol social los que vienen a invalidar la experiencia personal de los creyentes, insinuando la sospecha de que el ser de un país, hombre o mujer, empleado o en paro, resulta mucho más determinante para la persona que el reconocimiento de Cristo presente.

La cuestión es más urgente que nunca, ¿qué es lo más determinante en este momento histórico? ¿Qué factor es el que expresa más quién soy yo? ¿Qué es lo que más “pesa” en mi manera de afrontar la realidad? Hay toda una generación de cristianos que sostiene, implícita o explícitamente, que lo que hoy decide quiénes somos es la pertenencia a una patria o las circunstancias que vivimos, como si pesara mucho más el ser rusos, franceses, o el vivir solos, que el ser hombres salvados. La experiencia de la fe es débil porque no incide en la conciencia del yo, sigue siendo como algo añadido a lo que hace de mí lo que Yo soy, haciendo así que el determinismo sea más letal para la fe incluso que el relativismo.

De hecho, por este determinismo se entiende que la fe no basta ante los problemas del mundo, que compete a las decisiones de la política “poner en orden la historia”, perdiendo completamente de vista quién es el verdadero “protagonista de la historia”. Necesitamos una experiencia tan familiar de la presencia de Cristo que un hombre, un occidental de nuestros días, pueda llegar a reconocer su propio Yo como coincidente con un Tú que lo hace. Sin este “descubrimiento radical” siempre acabarán prevaleciendo otros factores, otros cálculos, otros intereses. Mientras los cristianos mueren en Oriente Medio. Y la fe se reduce a una peligrosa ideología a la que un hombre vestido de blanco trata de responder con la sola arma del Evangelio.

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Las fuerzas que mueven la historia (2)

Fernando de Haro

Se han cumplido ya seis años de la famosa frase que salvó a la moneda única. “Haré todo lo posible por sostener el euro”, anunció Draghi arqueando una ceja. El gobernador del Banco Central Europeo corregía la posición de sus predecesores y adoptaba, con años de retraso, la política monetaria que había salvado a los Estados Unidos de la Gran Recesión: tipos de interés negativos y un ambicioso programa de Quantitative Easing (compra de deuda pública). Toda la munición posible para incrementar la liquidez y solucionar los problemas de los balances bancarios. Atrás quedaba el miedo de los alemanes a una subida de los precios por un exceso de demanda. A Draghi le quedan pocos meses para abandonar el BCE, la inflación no ha aparecido por ningún lado. La subida de los tipos de interés parece que está a la vuelta de la esquina y se discute la mejor agenda para la retirada de los estímulos.

La parte más dura de la Gran Recesión ha quedado atrás y ahora la digitalización se ha convertido en una fuente de optimismo. Se teme la aparición de nuevas burbujas pero de eso no se quiere hablar. Los últimos diez años han dejado numerosas heridas, la conciencia de que la desregulación fue un grave error. Pero el debate sobre la naturaleza del mercado, sobre las fuerzas que mueven económicamente la historia, no se ha abierto, siguen alejadas de las fuerzas que hacen al hombre feliz. A pesar de lo mucho sufrido durante los años de la crisis más severa desde la II Guerra Mundial, el homo economicus sigue en pie, con su racionalidad unidimensional, impulsada solo por el interés tanto en el ámbito del consumo como de la producción, protagonista de un mercado anónimo. Las fuerzas económicas, en contra de la experiencia, se siguen pensando anónimas, desvinculadas de las relaciones humanas que las sostienen.

Hay algo que corregir, sí, pero es externo. Quizás una nueva síntesis después de todo lo sucedido. Desde luego una mayor vigilancia, una regulación más precisa de los mercados, pero sin un replanteamiento antropológico. La IV Revolución Industrial parece hacer innecesaria esa corrección, es más, la digitalización alimenta de nuevo la utopía algo arrinconada de los mercados “perfectos” o “casi perfectos”. El Big Data, el blockchain y todas las nuevas herramientas pondrán, ponen ya de hecho, a disposición del consumidor una cantidad ingente de información que desplaza el poder efectivo desde el lado de la oferta al lado de la demanda. El viejo sueño de las decisiones “racionales”, guiadas por el interés particular, al alcance de la mano por un océano de datos que permiten decidir con una nueva supuesta transparencia. La mano invisible, de nuevo en marcha, al menos entre los teóricos, para hacer el milagro de la asignación de recursos escasos y la construcción de un bien superior en una totalidad anónima a partir de los egoísmos particulares. Este resurgir de la teoría clásica y neoclásica y de su modo de explicar las “fuerzas que mueven la historia” tiene que olvidarse de que todo ese flujo de información, puesto en teoría a disposición de las elecciones “racionales”, es en realidad utilizado por un nuevo poder de mediación o de instrumentalización de grandes compañías (Google, Amazon, Facebook, Apple y otras) con una capacidad de dominio hasta ahora desconocida.

Las fuerzas que mueven la historia (2)

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A la orilla del río

Fernando de Haro

Mañana. En una de las orillas del manso río Cam, en compañía de su agua verde, pacífica y educada. A las espaldas quedan los colleges, sus agujas góticas, sus jardines ahora secos (a lo mejor el agostamiento es consecuencia de un brexit imposible), sus iglesias, la mayoría con aíre de museo, la vida universitaria de uno de los centros que sigue siendo puntero en muchas cuestiones. Lejos, eso sí, muy lejos los años fundacionales, el distante siglo XIII de los orígenes, cuando el estudio era la expresión de una identidad precisa, clara. Cambridge, vieja ciudad europea, educada como su río, primero por los romanos y luego por los cristianos, se pasea junto al agua en un mosaico de roles. La ribera, salteada con grandes tilos, castaños y nogales asiste a un desfile: parejas de todo tipo, esforzados deportistas, asiáticos de acento británico, británicas que aspiran a ser latinas, amantes que desean ser miméticamente gemelos a pesar de la distante genética... la lista es interminable. Se antoja que solo los grandes árboles que crecen junto al río Cam saben quiénes son. Leo bajo ellos, citado por un buen amigo, algunas líneas del sociólogo de Erving Goffman, padre de la microsociología. Buenos párrafos para entender la procesión que tengo ante mis ojos.

No importa lo que uno sea, sino lo que logra parecer. El yo no existe, es un producto circunstancial, lo que realmente cuenta es el papel que se asume en función de la situación en la que se está. Es necesario abandonarse en el rol y aprovechar las ventajas de identidad que puede proporcionar, explica Goffman. Los paseantes junto al río Cam no lo hacen por maldad, por renegar del origen o de lo dado. ¿Quién conoce el origen? Simplemente están en su laberinto, en un juego de espejos infinito, sin más energía que la voluntad, sin más posibilidad que crearse y recrearse a sí mismos. Incluso los que, en su acento, en sus creencias, en sus ropas, quieren mostrarse “tradicionales”, han construido una máscara nueva, decorada eso sí con los viejos ornamentos de lo antiguo para huir del anonimato de la globalización. El manso Cam no refleja en su agua verde la educación de siglos (¿hay dónde encontrarla?). A los nuevos remeros y a los nuevos paseantes el agua del río, el camino, no les parecen suficientemente reales.

Tarde. En la sala de pintura italiana del museo Fitzwilliam. Quatroccento. Una Anunciación deliciosa. La casa de María pintada de un rosa pálido, el mundo atento a la escena a través de una ventana abierta. Gabriel sutilísimo, inclinado, con un dedo señalando al cielo. La Elegida, a unos metros, con los brazos cruzados sobre el pecho. Aceptando, acogiendo, diciendo sí. El silencio, la elocuencia del cuadro, de la escena, tiene siglos. Las dos libertades, la que elige y la que acepta la elección, en su momento más dramático. La Elegida conociéndose, descubriendo su identidad al aceptar la elección. Y no hay quien se separe de tanta belleza. Pasan los minutos en un suspiro. ¿Acaso ha dejado de suceder esta belleza en las riberas de los educados ríos de Europa? ¿No sucede o la hemos tapado? ¿Acaso no puede reconocerse y por eso hay que inventar?

A la orilla del río

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Cuando vuelva

Fernando de Haro, Gaza

Suhaila Tarazi completó sus estudios de Gestión y Dirección en Londres. Con unos 60 años, la actividad al frente del Al Ahli Hospital la tiene exhausta. Antes de responderme algunas preguntas se detiene para tomar aire. El hospital es un oasis en el centro de la ciudad de Gaza. Fuera de sus puertas la vida hierve. Las calles están sucias en la capital de la franja. Los carros tirados por burros o caballos son frecuentes. La gasolina es muy cara en esta gran prisión a cielo abierto de 365 kilómetros cuadrados de la que no pueden salir, salvo especial permiso que no se concede casi nunca, sus dos millones de habitantes.

Al occidental se le saluda con sorpresa, los niños ensayan su única frase en inglés al ver a los periodistas: “What is your name?”. La inmensa mayoría de los jóvenes menores de 20 años no han salido nunca de esta parte de los territorios palestinos. A pocos kilómetros de aquí, en la frontera este, algunos de esos jóvenes se enfrentan a las balas del ejército de Israel. Desde hace semanas el goteo de los que mueren solo se convierte en noticia cuando los fallecidos superan la docena. Jóvenes sin futuro, encarcelados por la política del Gobierno de Israel, ya sin los túneles hacia Egipto que Al Sisi ha cerrado (por los que llegaron a circular camiones), con una ira que el ineficiente y manipulador Gobierno de Hamas instrumentaliza para no asumir responsabilidad alguna y para no reconocer que es incapaz de proporcionar a su pueblo una vida digna.

Suhaila, tan pronto sale de su despacho y se dirige a las clínicas, es asaltada por un médico que le cuenta una nueva urgencia y por un paciente que le da las gracias. Nuestra conversación se ve interrumpida a menudo. Las instalaciones médicas son modestísimas. En un viejo y desvencijado frigorífico se guardan las bolsas de plasma. El frigorífico está conectado a un generador. En Gaza solo hay cuatro horas de electricidad al día y nunca se sabe cuándo se va a poder contar con ella. Si la luz llega de madrugada hay que aprovechar ese momento para poner una lavadora. Suhaila se detiene especialmente en la consulta infantil. Con la ayuda de la Misión Pontificia el hospital mantiene un programa para luchar contra la malnutrición de los niños. Hay zonas de la franja donde el 50 por ciento de los menores están por debajo del peso que deberían tener y la tasa de mortalidad infantil se acerca al 23 por mil. Cinco niños pálidos, sin fuerzas para jugar, esperan con sus madres el turno para ser atendidos.

Cuando vuelva

Fernando de Haro, Gaza | 0 comentarios valoración: 1  87 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3196 votos

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