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14 NOVIEMBRE 2018
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Memoria, esperanza, perdón: la respuesta de los cristianos de Oriente ante la persecución

Amal Marogy | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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“Pero ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos” (Dt 4,9). Son las palabras que Moisés dirige a los israelitas en el desierto tras haber derrotado a Sijón, rey de los amorreos, y Og, rey de Basán. Resumen perfectamente la herencia de mi familia y la de tantas otras familias cristianas que recientemente han vuelto a sus ciudades, en los pueblos liberados del Isis al norte de Iraq y en la llanura de Nínive. ¿Pero qué pide Dios a los israelitas y cuál es esta herencia?

“Congrégame al pueblo y les haré oír mis palabras para que aprendan a temerme mientras vivan en la tierra, y las enseñen a sus hijos” (Dt 4,10). A primera vista, la respuesta podría sorprender, puesto que hablar del temor de Dios en tiempos de persecución sería difícil de aceptar. Frente al sufrimiento, ¿acaso no es el temor lo que nos esforzamos en evitar? Ante esta paradoja, el principio de la hermenéutica de la continuidad del papa Benedicto XVI podría ayudarnos, por analogía, a distinguir un rasgo significativo y en sintonía con el comportamiento y la respuesta de los cristianos de Oriente Medio a la persecución que sufren.

Solo poniendo el acento en la respuesta cristiana al sufrimiento y a la persecución, resulta más claro ver que el temor de Dios siempre ha sido el antídoto al odio y a la desesperación. Lo más asombroso de vivir en el temor de Dios en tiempos de persecución es que eso nos pueda empujar a recordar su bondad pasada y confiar en su providencia. El temor de Dios no es más que una solicitud de sabiduría y comprensión, y la oración para no perder el sentido de nuestro ser pecadores, vulnerables.

Por eso, cuando la oleada de persecuciones disminuye, los supervivientes se enfrentan a tres preguntas existenciales: cómo dar sentido a un pasado trágico; cómo afrontar un presente desconsolador, marcado por lo que se ha perdido y por la incertidumbre; y qué futuro podemos garantizar a nuestros hijos y nietos. Estas preguntas nos permiten centrarnos en tres palabras clave que, a lo largo del tiempo, engloban la respuesta cristiana a la persecución: la memoria, la esperanza y el perdón.

Los perseguidos también han visto golpeada su posibilidad de sostenimiento cotidiano y han sufrido pérdidas materiales, exilio y humillaciones. Muchos han pagado con el sacrificio último. Aliviar las necesidades materiales inmediatas de nuestros hermanos y hermanas supone por tanto una cuestión de justicia y caridad. Sin embargo, no podemos sucumbir a la tentación de convertir estas ayudas en la respuesta principal, en condición sine qua non para la supervivencia de la Iglesia perseguida. De hecho, los perseguidos tienen necesidades espirituales a las que hay que responder con igual celo y fervor. Hacerse cargo espiritualmente de los perseguidos no es un deber sino un privilegio. Aún debe madurar una adecuada atención pastoral orientada especialmente a las víctimas de persecución, tanto durante como después de la misma.

En el periodo de la reconstrucción, la atención pastoral a los perseguidos debería basarse en mantener viva la memoria cristiana. Las comunidades perseguidas tienen una gran resiliencia y un gran sentido de la confianza en la divina providencia. No se dedican a sumergirse en los recuerdos del pasado para regodearse en tiempos mejores sino que desean revivir su experiencia personal de la bondad de Dios en un periodo de prueba y tinieblas. De la memoria de la fidelidad de Dios en el pasado consiguen “sacar fuerzas para poder caminar adelante”, como dijo el Papa Francisco en Santa Marta el pasado 7 de junio. Nuestras familias perseguidas nunca han mirado al pasado para lamentarse de las dificultades sino para recordar, como sigue diciendo el Papa, que “la memoria cristiana es siempre un encuentro con Jesucristo” y que solo recordando la fidelidad de Dios puede haber esperanza para el futuro.

La esperanza no es un rasgo innato de una mente optimista sino más bien una actitud de atención y anticipación espiritual. Significa apoyar los pies sobre el sólido fundamento de la fe, manteniendo alta la cabeza, con la certeza de que nuestra espera hallará respuesta, no en unas circunstancias mejores sino, en definitiva, en una Persona. El recuerdo de Jesús crucificado es la herencia que ha ayudado a la Iglesia perseguida a ver la mano de Dios detrás de los acontecimientos. Mi abuela nos decía que si se nos cierra una puerta en las narices, Dios, con su misericordia, será capaz de abrir otras nuevas. Es una imagen conmovedora que refleja otra imagen bíblica del libro de Oseas, que nos recuerda el poder de Dios y su voluntad de hacer “del valle de Acor una puerta de esperanza” (Os 2,17).

Gracias a la cultura de la memoria y de la continuidad, estas palabras de san Pablo a los romanos nunca han sido letra muestra para mí: “Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8,18-21).

El año pasado participé en una conferencia en la que otro ponente tuvo una interesante reacción al conocer la experiencia de mi familia, sobre lo que convendría detenerse un momento. Al explicar cómo mis padres habían sido expulsados hasta cuatro veces en menos de cien años, perdiendo sus propiedades y bienes al menos dos veces en un periodo de 25 años, subrayé la centralidad y continuidad del perdón en la respuesta que mi familia daba a esta persecución. El conferenciante contestó, de manera razonable y bien intencionada, que “eso es muy noble, pero los responsables deben ser entregados a la justicia”.

En cualquier sociedad bien ordenada, basada en el Estado de derecho, la respuesta apropiada y justa sería que los delitos sean perseguidos y castigados. Sin embargo, ante oleadas de persecución sistemáticamente recurrentes, nuestros padres y abuelos optaron por la vía del perdón. Como cristianos, estamos llamados a liberar a los otros y a buscar la justicia reparadora, no la punitiva.

Mi familia y otras muchas valientes familias cristianas en todo Oriente Medio siempre han optado por el perdón, no porque estuvieran traumatizadas o perdieran la fe en la justicia de un castigo apropiado. Sobre todo porque eran plenamente conscientes del hecho de que, para llegar a la reconciliación, ellos –y solo ellos– podían liberarse, ellos mismos y a los demás, del círculo vicioso del odio y la venganza. Aceptar nuestra participación en los sufrimientos de Cristo, perdonar a nuestros enemigos y bendecir a los que nos persiguen es la única manera en que podremos devolver a la creación su libertad.

El perdón no tiene que ver con la redefinición del bien y el mal sino con nuestra manera de tratar a los demás, recordando su dignidad en cuanto seres creados a imagen de Dios, más allá de lo herida o distorsionada que pueda estar esa imagen. Nuestras familias siempre han elegido la vía de la justicia reparadora porque es la opción bíblica por excelencia y la autopista de los cristianos. Han enseñado a sus hijos y nietos que tanto el oprimido como el opresor necesitan el perdón. El primero para poder vivir conforme a su dignidad cristiana, imitando a su redentor crucificado; el segundo para poder liberarse de la paralizante esclavitud del mal. El perdón y la justicia van a la par: el que perdona practica la justicia y el derecho, socorre a los marginados y rechaza la opresión y la violencia (cfr. Jer 22,3).

Hay que recordar que la persecución nunca ha sometido a una iglesia o a una comunidad cristiana. Justo lo contrario. La sangre de los mártires es semilla de vida. La alegría cristiana hunde sus raíces en el acto de recordar la bondad de Dios, confiando en Él y temiéndole. Es una alegría arraigada en la cruz que desvela más misterios de los que crea.

Por eso quiero cerrar estas líneas con unas palabras de la carta a los hebreos que nos invitan a mirar a Cristo, “quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia” (Heb 12,2).

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