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20 SEPTIEMBRE 2018
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Las fuerzas que mueven la historia (2)

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  46 votos
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Se han cumplido ya seis años de la famosa frase que salvó a la moneda única. “Haré todo lo posible por sostener el euro”, anunció Draghi arqueando una ceja. El gobernador del Banco Central Europeo corregía la posición de sus predecesores y adoptaba, con años de retraso, la política monetaria que había salvado a los Estados Unidos de la Gran Recesión: tipos de interés negativos y un ambicioso programa de Quantitative Easing (compra de deuda pública). Toda la munición posible para incrementar la liquidez y solucionar los problemas de los balances bancarios. Atrás quedaba el miedo de los alemanes a una subida de los precios por un exceso de demanda. A Draghi le quedan pocos meses para abandonar el BCE, la inflación no ha aparecido por ningún lado. La subida de los tipos de interés parece que está a la vuelta de la esquina y se discute la mejor agenda para la retirada de los estímulos.

La parte más dura de la Gran Recesión ha quedado atrás y ahora la digitalización se ha convertido en una fuente de optimismo. Se teme la aparición de nuevas burbujas pero de eso no se quiere hablar. Los últimos diez años han dejado numerosas heridas, la conciencia de que la desregulación fue un grave error. Pero el debate sobre la naturaleza del mercado, sobre las fuerzas que mueven económicamente la historia, no se ha abierto, siguen alejadas de las fuerzas que hacen al hombre feliz. A pesar de lo mucho sufrido durante los años de la crisis más severa desde la II Guerra Mundial, el homo economicus sigue en pie, con su racionalidad unidimensional, impulsada solo por el interés tanto en el ámbito del consumo como de la producción, protagonista de un mercado anónimo. Las fuerzas económicas, en contra de la experiencia, se siguen pensando anónimas, desvinculadas de las relaciones humanas que las sostienen.

Hay algo que corregir, sí, pero es externo. Quizás una nueva síntesis después de todo lo sucedido. Desde luego una mayor vigilancia, una regulación más precisa de los mercados, pero sin un replanteamiento antropológico. La IV Revolución Industrial parece hacer innecesaria esa corrección, es más, la digitalización alimenta de nuevo la utopía algo arrinconada de los mercados “perfectos” o “casi perfectos”. El Big Data, el blockchain y todas las nuevas herramientas pondrán, ponen ya de hecho, a disposición del consumidor una cantidad ingente de información que desplaza el poder efectivo desde el lado de la oferta al lado de la demanda. El viejo sueño de las decisiones “racionales”, guiadas por el interés particular, al alcance de la mano por un océano de datos que permiten decidir con una nueva supuesta transparencia. La mano invisible, de nuevo en marcha, al menos entre los teóricos, para hacer el milagro de la asignación de recursos escasos y la construcción de un bien superior en una totalidad anónima a partir de los egoísmos particulares. Este resurgir de la teoría clásica y neoclásica y de su modo de explicar las “fuerzas que mueven la historia” tiene que olvidarse de que todo ese flujo de información, puesto en teoría a disposición de las elecciones “racionales”, es en realidad utilizado por un nuevo poder de mediación o de instrumentalización de grandes compañías (Google, Amazon, Facebook, Apple y otras) con una capacidad de dominio hasta ahora desconocida.

La comprensión de las fuerzas económicas que mueven la historia, tras la Gran Recesión, requiere algo más que una nueva síntesis neoclásica como la que elaboró Keynes tras la crisis del 29. Hace falta sin duda regulación, un Estado y un sector público que, en la medida que lo permita la globalización, sea un elemento de compensación.

Pero es necesario reconocer que no han sido los programas de expansión monetaria, o no solo, los que nos han sacado de la última crisis. Ha sido la fuerza que mueve realmente la historia, que coincide con la que hace al hombre feliz, el factor relacional, los deseos socializantes. A pesar de trabajos como los de Amartya Sen, que subrayan el peso de la simpatía o el compromiso en las decisiones económicas, el discurso desde el siglo XVIII ha seguido reduciendo la fuerza histórica a una suma de intereses. No es científico seguir identificando la búsqueda de la felicidad económica con la utilidad. En el funcionamiento del mercado son decisivos intangibles, aparentemente inútiles, como la confianza, el impulso para innovar, la voluntad de ampliar el mundo relacional, de hacer con el otro. Dimensiones todas que sacan del anonimato y que introducen la dimensión de la gratuidad incluso en el ámbito más profit. El milagro no es que el interés particular se convierta en éxito general, sino que el otro venga a mi encuentro, también cuando lo hace para comprar o venderme algo, y que a través del negocio común aparezca lo ancho de lo que se comparte, aparezca algo humanamente inimaginable (tampoco aquí rige la ley de la necesidad) y humanamente (no solo monetariamente) conveniente.

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