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17 DICIEMBRE 2018
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Redescubrir "El opio de los intelectuales"

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Una de mis relecturas del verano, en sintonía con el medio siglo del mayo parisino del 68, ha sido El opio de los intelectuales de Raymond Aron, que ha aparecido en una nueva traducción en castellano editada por Página Indómita. Publicada en 1955, un año antes del inicio de la desestalinización en la URSS, es un destacado ejemplo del espíritu independiente de Aron que le llevaría a enfrentarse con las tendencias dominantes en la intelectualidad francesa de la posguerra, que seguían alimentando los mitos de la revolución o del proletariado, y que consideraban que el advenimiento del paraíso sin clases, entrevisto por Marx, se había realizado con la revolución rusa. El escritor cuestionaba esas pasiones ideológicas. Antes bien, insistía en que el marxismo se había transformado en una religión secular. Si bien Marx rechazaba la religión como el opio del pueblo, el marxismo se había convertido en el nuevo opio no solo del pueblo sino también de muchos intelectuales. No era ya una filosofía de la historia sino la única filosofía de la historia, según afirmara entonces Merleau-Ponty. Un gran historiador del comunismo, François Furet, dijo ingeniosamente del libro aroniano que “transmite una especie de felicidad excepcional en la expresión de lo verdadero”. En efecto, en esta obra Aron no es ni profesor ni periodista, sus ocupaciones habituales. Es tan solo el Raymond Aron más auténtico, el que lucha por la verdad, pese a que experimentó una gran soledad a causa de su postura. Habría que esperar a la década de 1970 para que la intelectualidad francesa se fuera reconciliando con nuestro autor.

Según Aron, con el marxismo la historia se hace sagrada y mesiánica. Terrible paradoja, la resaltada por Aron, de que los herederos del mensaje de una "religión" cívica, basada en los ideales de la Ilustración, terminaran rindiendo culto a Stalin y sus continuadores. El mal venía muy de atrás, y de algún modo lo había percibido Alexis de Tocqueville, pues se remontaba al universalismo y a las pasiones igualitarias triunfantes con la Revolución Francesa. En contraste, Aron defenderá la razón contra las ideologías, y la democracia frente a los totalitarismos. La mayor parte de su obra no solo es una requisitoria contra el materialismo histórico, expresión de un nuevo fanatismo, sino contra toda clase de determinismos, lo que hace que el pensamiento aroniano siga teniendo plena actualidad.

Las principales críticas de Aron se dirigían no tanto contra los militantes comunistas, sino contra los intelectuales simpatizantes con el comunismo, que nunca se atrevían a criticar al partido ni a la URSS. Eran intelectuales en busca de una “religión”, los representantes de un clericalismo secular, que sometían incluso la autonomía de las cuestiones temporales a un poder totalitario, sucesor en el antiguo imperio ruso de la vieja ortodoxia en la que el jefe del Estado y el dirigente religioso eran la misma persona. Como era de esperar, el libro fue acogido en el extranjero mejor que en Francia, donde muchos lo tildaron de "reaccionario".

En definitiva, tal y como subraya su biógrafo, Nicolas Baverez, El opio de los intelectuales de Raymond Aron es a la vez el obra de un sabio y de un militante de la libertad.

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