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19 OCTUBRE 2020
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Iglesia y pedofilia, una purificación inevitable

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  44 votos
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¿A quién afecta la cuestión del vínculo entre Iglesia católica y pedofilia, tristemente de vuelta a las portadas informativas en estas últimas semanas? ¿Es un problema del Papa? ¿De ciertos obispos? ¿O solo afecta a los implicados? ¿O a las jóvenes víctimas? El sistema mediático parece estar concebido para contar a diario delitos que afectan a otros, se ocupa de poner al lector o usuario del lado delos buenos y a la caza de los malos. Sacerdotes, cardenales y papas se convierten en la encarnación de un mal que, si ellos desaparecen, parece que se puede tener seriamente la esperanza de poder acabar con él.

La verdad es que el tema de la pedofilia afecta a todos, sin excluir a nadie. Tiene que ver ante todo con nuestra manera de relacionarnos con el dolor de los demás. Familias enteras reclaman justicia por heridas mortales causadas por hombres que afirmaban servir a Dios y estos gritos de dolor en vez de usarse, incluso en parte del mundo católico, como advertencia o invitación a la penitencia, se utilizan como prueba de la bondad de sus prejuicios hacia la Iglesia, el Papa y la doctrina.

En vez de sentir vergüenza y pedir perdón por el dolor que una parte de un único cuerpo ha provocado a muchos, se defienden poniendo en evidencia todo el bien que hace la comunidad cristiana, casi como si infinitas buenas acciones pudieran justificar en el fondo un crimen.

El vínculo entre pedofilia e Iglesia afecta por tanto a la relación de cada creyente con el poder. ¿Cuántas veces la “misión divina”, la “causa”, el “buen nombre” de una parroquia, de una orden religiosa, de una comunidad o movimiento, ha prevalecido sobre las reglas, sobre la dignidad y sobre la historia de las personas, transformando basura y mezquindad en “despreciables” daños colaterales? ¿Cuántas veces una sensación de impunidad ha rodeado a los gurús del momento, volviendo sordas las conciencias individuales al imperativo evangélico de la responsabilidad y el amor?

El vínculo entre pedofilia e Iglesia católica afecta a fin de cuentas a todo creyente que crea poder dejar a sus espaldas los errores cometidos, sus propios pecados, en virtud de una autoabsolución colectiva, impuesta por la necesidad de sentirse siempre entre los justos y por el poder purificador de una misericordia utilizada no como camino de conciencia sino como arma de banalización de la más tétrica lascivia.

No existen los pedófilos y los otros. No se puede esperar reducir el grito del Papa a un ridículo debate sobre pedofilia y homosexualidad, pedofilia y celibato sacerdotal, o a un conflicto de política interna dentro de una iglesia que va perdiendo el sentido de lo sagrado en nombre de una creciente mundanización de la confrontación y del diálogo fraterno. La cuestión del vínculo entre pedofilia e Iglesia católica va a abrir escenarios inéditos que verán precipitarse inexorablemente la credibilidad de la Iglesia, la probable casi extinción del catolicismo en muchos países del mundo, la apertura de un debate cada vez más necesario sobre los seminarios, la sexualidad, la relación entre fe y deseo.

La Iglesia está en vísperas de una lacerante purificación donde sobrevivirá no quien se ponga del lado correcto sino quien cultive razones válidas para seguir creyendo, quien conserve una amistad real con la presencia de Cristo. Cuando desaparezcan todos los motivos sociales y políticos para ser católicos, solo quedará la fe como único motor de la adhesión del corazón y del intelecto al cuerpo de Cristo.

Pero de esto es de lo que menos se oye hablar los días de tormenta y escándalo: de Cristo y de la gracia que puede cambiarlo todo y hacer que vuelva a florecer. Olvidando que este es verdaderamente el tiempo del yo, el tiempo en que cada uno está llamado a un trabajo personal de verificación de la fe, el tiempo de la persona.

El vínculo entre Iglesia y pedofilia afecta entonces a nuestra esperanza, a la forma en que decidimos mirar y juzgar todo. Buscando razones para nuestra verdad o experimentando una Verdad capaz de llenar de razones toda nuestra vida, toda nuestra libertad, toda nuestra necesidad de fiarnos. Y de volver, sencillamente, a seguir.

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