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11 DICIEMBRE 2018
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Ni refugios ni contenciones: gracias cívicas

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
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En este inicio de curso político 2018-19 hay algo que hermana a Italia y a España. Los dos países tienen dos gobiernos que solo van a tomar decisiones en función de unas elecciones generales que no están convocadas pero que no tardarán en llegar. En Italia, Salvini, primer ministro de facto, trabaja para conseguir una futura victoria rotunda de la Liga. Sabiendo utilizar como palanca los temores y las perplejidades de una buena parte de la opinión pública, muta los valores de la república. En España, Sánchez, que debiera ser un socialdemócrata centrista y antipopulista, conducido por sus socios de Podemos, vuelve a alimentar la crispación en cuestiones sociales e impugna de facto el pacto de la transición. En las próximas semanas se van a celebrar los 40 años de la Constitución del 78. Podemos empuja para cuestionar el acuerdo que refundó España tras la dictadura.

En Italia y en España, en este inicio de curso político, se asoman tres tentaciones frente a lo que de verdad cuenta: el avance de una antropología positiva de base que no caiga en la polarización, que abra nuevos espacios sociales y que permita hacer política de otro modo.

La destrucción de los valores de la República en un caso y de los valores de la Constitución en otro puede despertar una “ansiedad por contener” la disolución social. Es una disolución acelerada por gobiernos, de un modo u otro, determinados por el populismo. Contener lo que se pueda contener es necesario siempre que se tenga realismo y proporcionalidad. Como existe una minoría-mayoritaria o una mayoría-minoritaria que está con los valores de la República o de la Constitución, es fácil que en este momento el espejismo de la contención sea especialmente atractivo. La contención es una tentación cuando se convierte en la única actividad que realizan todos en todo momento, cuando todas las energías disponibles se emplean en ella. De hecho la contención solo tiene sentido como tarea para algunos, en ciertos momentos, si saben que contendrán poco y durante un breve espacio de tiempo.

Junto a la contención, la segunda tentación es un optimismo desmedido sobre la naturaleza humana, o lo que es lo mismo, sobre la capacidad que tienen los valores cívicos para mantenerse en pie. Da lo mismo que hablemos de inmigración, convivencia, eutanasia o cualquier otro aspecto de la vida democrática. La naturaleza es áspera, amarga e induce a la confusión. Los recientes comentarios de Benedicto XVI sobre la multiplicación de los derechos son, por eso, muy sugerentes. A los todavía ilustrados y católicos demasiado optimistas, el papa emérito les recuerda: “con el olvido del pecado original se constituye una confianza ingenua en la razón que no alcanza a comprender la complejidad fáctica del conocimiento racional en el campo ético. El drama de la disputa sobre el derecho natural muestra claramente que la racionalidad metafísica no es inmediatamente evidente” (Liberar la libertad).

Hay quien se da cuenta: la contención es imposible y la universalidad de las evidencias, a estas alturas, una quimera. Estos son los que se sienten más tentados por la tercera opción, la búsqueda de “lugares seguros”. Son los de las “opciones benedictinas” que no tienen nada que ver con San Benito. El patrono de Europa nunca construyó refugios sino lugares abiertos al mundo. La devastación humana y democrática es de tal magnitud que muchos se arremolinan bajos los campanarios y los grupos de afinidad ideológica, bajo la segura protección de directores espirituales o afectivos. Proliferan las autoayudas católicas o laicas, los cenáculos de los que se espera consuelo ante una vida áspera. Otra ingenuidad. La devastación la llevamos con nosotros. En España se lucha, porque se debe luchar, contra las amenazas que el Gobierno de Sánchez hace a la libertad de los colegios concertados. Pero dentro de los colegios concertados se sigue sin resolver el gran problema: el fracaso en la transmisión de una tradición que las nuevas generaciones reciben como algo puramente nominal.

Sucumbir a las tres tentaciones o a alguna de ellas, al final, tiene su utilidad. Una respuesta fracasada siempre anima a buscar otra. Y a estas alturas parece más útil dedicar tiempo y energías a abrir las heridas y los espacios donde, aunque sea de forma tímida, se abre una positividad humana y democrática. Al inicio de curso, el líder populista de Podemos, Pablo Iglesias, ha agradecido a sus rivales políticos sus consejos y su apoyo ante el nacimiento de dos hijos mellizos con severas dificultades. Confesándose ateo, ha agradecido a los creyentes que hayan rezado por ellos. Es solo uno de los muchos ejemplos en los que, de pronto, en medio de la devastación, por una extraña casualidad, vuelve a brillar el valor de la persona, el valor del otro, lo que puede fundamentar una democracia. Quien piensa que esto es poco, niega irresponsablemente las “gracias cívicas” que permiten reconstruir. Partir de esas gracias cívicas exige mucha más atención, más trabajo y más dedicación que la contención y la construcción de refugios. La contención y los refugios siempre engendran lamento y queja. Abrir espacio a las gracias cívicas con las que todos nos encontramos invita a la esperanza.

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