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18 OCTUBRE 2018
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Memoria histórica y conciencia del Yo (I): Auschwitz

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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En el mundo en que vivimos hoy día, en pleno shock tras la trágica materialización del principio “no existen los hechos, sólo las interpretaciones” que Nietzsche había acuñado a finales del siglo XIX, anticipando de forma profética lo que iba a suceder con la proclamación de la muerte de Dios –y, por ende, la abolición o muerte de la verdad–, paradójicamente, parece cobrar impulso el fenómeno consistente en un esfuerzo, más o menos consciente, de un retorno al pasado, a la historia vivida por los pueblos y los Estados, bajo la forma de custodia de una conciencia colectiva: la llamada memoria histórica.

Tal concepto ideológico e historiográfico, acuñado por Pierre Nora, y definido –en palabras de M. Halbwachs– como “la memoria de acontecimientos no vividos directamente, sino transmitidos por otros medios, un registro intermedio entre la memoria viva y las esquematizaciones de la disciplina histórica”, resulta enormemente discutido por la implicación del relato que suele presentarse, de una forma alternativa a otros, lo que suele ser especialmente frecuente en hechos y procesos históricos en los que la mirada no es unívoca, sino compleja. En este sentido, tal como ha sido acuñada, la memoria histórica va más allá de la fijación de unos hechos y se centra en la construcción de una identidad o conciencia colectiva: en suma, con la memoria colectiva, la sociedad se narra, se construye un relato que constituye su razón de ser y de ser-con-otros; identificando y potenciando, para ello, una serie de instrumentos conocidos: los escenarios de la memoria (libros, bibliotecas, inscripciones en tablillas, los espacios simbólicos, los parques temáticos, los museos…).

La primera cuestión que se plantea, y así lo han constatado varios historiadores (Tony Judt, Stanley Payne, E. Hobsbawn, entre otros), es si una construcción de la memoria histórica, así concebida, no resulta sesgada y autorreferencial. En efecto, y en línea con lo que S. Payne ha señalado, la memoria individual tiene que ver con el yo, y no deja de estar impregnada de subjetividad –cómo me percibo yo, cómo me perciben los otros–. En consecuencia, y a falta de otros relatos sobre los hechos en base a los cuales construyo mi identidad, reduzco la conciencia que tengo de mí mismo y de la sociedad en la que vivo a lo que yo conozco o a lo que otros me transmiten de una forma más o menos sesgada. De suerte que muchos hechos pueden caer en el olvido o ser censurados: es la reducción de mi propia realidad y conciencia histórica a apariencia.

Es este concepto y uso de la memoria histórica el que resulta imperante en nuestros días: según se dice, en la historia contemporánea han existido grupos sociales objeto de procesos de invisibilización (es decir, marginación o persecución): las mujeres, los afroamericanos, el colectivo LGTBI, las colonias, los trabajadores, los perseguidos políticos… cuya revalorización resulta trufada de activismo social, de deconstrucción de relatos y construcción de otros nuevos, y en los que la élite dominante ha jugado –y sigue jugando– un papel crucial de revisión e interpretación acorde a su ideología e intereses. En este sentido, la distinción hecha entre la memoria oficial (impulsada desde el Estado) y la memoria pública (impulsada por grupos sociales o de interés) se va desdibujando cada vez más. De este modo, se materializa la primacía de la interpretación del hecho frente al hecho en sí.

Este verano he tenido la ocasión de volver a visitar la interesante exposición organizada sobre Auschwitz, cuyo itinerario y contenido despertaron mi interés y siguen suscitando en mí muchas cuestiones histórico-políticas y ontológicas que tienen especial vigencia; máxime con la reciente promulgación de un Real Decreto-Ley acerca de la exhumación de los restos de Francisco Franco, en su día responsable de los destinos de España desde 1939 a 1945 y cuya figura ha sido objeto de una controversia acérrima, cuya politización impide, hoy día, un debate sereno, no sólo a nivel político; sino también historiográfico.

En esta ocasión, me atrevo a compartir algunas cuestiones que me han surgido en relación a Auschwitz.

Auschwitz es el símbolo de un hecho que resulta incontrovertible: la Shoah (el Holocausto), el exterminio de seis millones de judíos organizado desde el poder, y sus consecuencias directas e indirectas. Es un hecho cierto que justificaría, a priori, una memoria histórica, una conciencia colectiva de los testigos directos y los sujetos que padecieron el horror de la persecución y exterminio sistemático: así ha sido el caso del pueblo judío y de la nación israelí, hasta el punto de que ha llegado a formar parte de la conciencia de una nación propia, surgida en 1948. De hecho, el Estado de Israel tuvo, entre sus principales impulsores, a quienes habían sufrido en sus carnes la aplicación práctica de la Conferencia de Wanssee de 1942, mediante la maquinaria puesta en marcha por las SS de Himmler.

La exposición comienza con un relato de los hechos: el que el equipo al mando de Robert Jan Van Pelt (testigo en el juicio contra el historiador David Irving, negacionista del Holocausto) ha construido con los historiadores del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau. Constituye, pues, el relato construido en el seno de la comunidad judía acerca de la Shoah, con sus correspondientes símbolos (el tren, los zapatos, el traje de los prisioneros, la estrella de David, las alambradas, el pelo conservado, las cámaras de gas), incluida la narración del status que poseía la comunidad judía sobre sí misma –su fe, su modo de vida, sus comunidades…–; los cambios sufridos en Alemania; las persecuciones sufridas y el rechazo de la comunidad cristiana; la mención al apoyo de Hitler al bando nacional en la Guerra Civil española… y finaliza el relato con un vídeo final de los supervivientes en los que hay referencias al perdón y a la necesidad de no olvidar la humanidad de las víctimas.

Lo que ocurrió fue de una realidad aplastante, al igual que conmovedor fue ver la humanidad de quienes sufrieron y presenciaron tales barbaridades –se habla, aunque en menor medida, de la persecución a los gitanos; apenas de los católicos que padecieron y murieron en Auschwitz, que los hubo–. Sin embargo, no dejan de suscitarme algunas preguntas:

1.- Para empezar, ¿qué es la memoria? ¿Qué significa hacer memoria? ¿Y con qué fin?: ¿Tomar conciencia de lo que somos y construir desde lo que somos y con otros, o emitir nuestro veredicto de inocencia o culpabilidad al dar crédito al binomio maniqueo verdugos-víctimas, con la consiguiente adjudicación de juicio? Es significativo, al respecto, que nada se haya dicho de la instrumentalización que la entonces República Democrática Alemana hizo del campo de concentración de Büchenwald (que albergó a numerosos presos del entonces Partido Comunista Alemán) como uno de los elementos del discurso legitimador del nuevo estado. Nada se dice, tampoco, acerca de los dramas internos y de las causas de una humanidad tan degradada en muchos de los oficiales y soldados de las SS al mando de los campos.

2.- En segundo lugar, ¿en qué medida hacer memoria de un Hecho contribuye a crecer en mi conciencia de ser parte de un pueblo y construir con otros que tienen un diferente relato? Es decir, ¿hasta qué punto la memoria del Holocausto ha contribuido, en el seno de la comunidad judía, y a nivel político, a la nación israelí para crecer en su conciencia de pueblo? Este grito del nunca más, ¿ha contribuido al desarrollo de una conciencia religiosa verdadera, abierta a la relación con sus vecinos árabes? ¿O sus propios ciudadanos de otras religiones y razas (cristianos árabes, musulmanes)? La situación actual nos dice que, en el fondo, el Estado de Israel parece no haber aprendido de su propia historia: el muro de Cisjordania, los asentamientos de los colonos, los problemas en la franja de Gaza, la existencia –dentro del judaísmo ortodoxo– de la comunidad jasídica –que ve como un pecado la existencia del Estado surgido en 1948–, y los conflictos con los vecinos árabes muestran, a mi juicio, que no se ha recorrido camino alguno en este sentido, sin olvidar, además, que la sociedad israelí es una de las más secularizadas del mundo de hoy.

3.- En tercer lugar: ¿Tomo conciencia realmente de lo que me ha sucedido cuando me construyo un relato que justifique mi propia posición o cuando mi relato se confronta con el de otros testigos –directos o indirectos– de ese hecho? En el caso del Holocausto, testigos hubo (católicos de diversas nacionalidades, los propios polacos, los prisioneros de guerra rusos, los católicos alemanes…). Elocuente es el silencio respecto de aquellos que dieron su vida o se arriesgaron para salvar: a personas como San Maximiliano Kolbe o Ángel Sanz Briz (diplomático español que expidió pasaporte español a judíos sefardíes de Hungría) no se le dedica más que un cuartillo, y nada se dice de los alemanes que resistieron a Hitler (el círculo de Kreisau, los jóvenes de la Rosa Blanca, el arzobispo de Munich Van Galen y tantos otros). Es evidente que existe una carencia en el relato que aquí se hace de la Shoah, que no parece confrontarse con el de otros testigos y sujetos que padecieron las consecuencias del nazismo.

Se pierde, así, la riqueza de los factores que hacen compleja la mirada a este hecho. Ya, en este sentido, lo había constatado Hanna Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén, poniendo sobre el tapete un tema que sigue siendo tabú, como el colaboracionismo de los Judenrat (los Consejos Judíos de los guetos) con los nazis, respecto de lo cual nada queda en la exposición.

Auschwitz y el Holocausto –el relato construido sobre ellos– ha sido una referencia de construcción de memoria histórica a nivel historiográfico: en las universidades y en los escenarios de la memoria europeos el tema está omnipresente, y ha servido para extrapolarlo a otros hechos del devenir histórico (como en el caso de España con la Guerra Civil y el franquismo). Sería una lástima que toda la conciencia colectiva de este Hecho que ha marcado el siglo XX no sirviera para construir de nuevo partiendo del reconocimiento del otro, y ello sólo es posible si dejo que otros coetáneos se confronten conmigo y me interpelen. Como decía San Agustín, la autoconciencia y la historicidad del yo surgen con el encuentro con un tú que le interpela y le abre a lo universal al ponerle en búsqueda continua de la verdad, en diálogo con otros. Sin esto, la memoria histórica no es más que vacío ideológico discursivo y autorreferencial.

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

Futuro mestizo

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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