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20 SEPTIEMBRE 2018
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El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  42 votos
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La potencia geométrica con que el documento Viganò golpeó al Papa el día que participaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ya se ha puesto de manifiesto abundantemente en todos los medios. Francisco hablaba de la suciedad en la Iglesia, pedía perdón por los vergonzosos delitos del clero, y apareció una carta implicándole, a él y a sus predecesores, como si él mismo fuera corresponsable de esa plaga con sus silencios y omisiones. La maniobra del vaticanista Marco Tosatti, el “creador” del informe Viganò, le salió a la perfección.

Los opositores del Papa no son corderitos blancos. Como zorros viejos, saben usar muy bien los medios. Las críticas deben resultar explosivas, lacerantes, generar caos en nombre de la verdad, poner al rebaño en contra del pastor. Con el informe Viganò, cuyo eco ha sido aún más fuerte en Estados Unidos que en Europa, nos encontramos con el “segundo golpe” contra Francisco. El primero fue con motivo de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia en 2016. Entonces la oposición subterránea contra el Papa salió a la luz y se concentró en una pequeña nota –sobre la posibilidad de dar la comunión, en ciertas condiciones concretas, a los divorciados vueltos a casar– para contestar a la ortodoxia del Papa en materia de matrimonio. Las “dudas” de cuatro cardenales dieron la vuelta al mundo, los tradicionalistas pidieron la acusación del pontífice, una marea negra parecía rodear a Bergoglio. Luego las acusaciones mostraron ser lo que eran, un fuego de paja. El Papa no modificó nada en la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio. La primera mitad de 2018 se ha caracterizado por una calma relativa, pero tras el informe Viganò volvemos a tener a Francisco bajo la luz de los focos por culpas que se remontan a mucho antes de su pontificado.

Este juego intermitente, que usa temas distintos en un intento sistemático de deslegitimar al Papa, muestra una dirección y una estrategia. En Italia, sus terminales son Sandro Magister, con su blog multilingüe en L'Espresso, Marco Tosatti, Aldo Maria Valli, La Nuova Bussola Quotidiana, Corrispondenza Romana. Aparte de Magister, se trata de blogs pequeños pero muy activos. En realidad, su resonancia es significativa porque son los puntos terminales de una onda profundamente conservadora, al límite del tradicionalismo que procede de ultramar. Una corriente que está invistiendo a la Iglesia estadounidense, esa que en los últimos cuarenta años no se ha dado cuenta de nada respecto a los abusos sexuales del clero y que ahora, de repente, se ha despertado y no encuentra nada mejor que hacer que derivar sobre el Papa la responsabilidad de sus propias culpas. Esa Iglesia, con excepciones significativas, se opone al Papa, no lo ama e intenta criticarlo con cualquier pretexto. No solo porque es “latinoamericano” sino esencialmente porque, desde la perspectiva misionera adoptada por el papado, la posición de los llamados “cultural warriors”, los guerreros culturales, tan extendida en la Iglesia norteamericana, se pone radicalmente en discusión. A esta postura eclesial hay que sumar la orientación liberal del mundo económico, fuertemente sacudido por las críticas al capitalismo contenidos en la Evangelii Gaudium, y del ámbito político americano hostil a una visión universal del papado. La orientación de la Iglesia se apoya entonces en el poder político y en el económico, donde un bloque enorme trabaja en este momento en la deslegitimación de Francisco.

Massimo Introvigne dibuja un escenario bastante preciso en un artículo publicado en Il Mattino bajo el título “Progresistas y ratzingerianos decepcionados: quiénes son todos los «enemigos» del papa Francisco”. La curvatura política de todo lo que está pasando se refleja en el lugar donde se ha publicado el informe Viganò, La Verità, de Maurizio Belpietro, el periódico más de derechas en Italia en este momento. No precisamente una sede neutral. Los críticos del Papa se defienden, en este caso, afirmando que la sede no es significativa, ni la posible manipulación o resentimientos que hayan podido llevar a mons. Viganò a publicar ese texto, sino la verdad o no de lo que afirma sobre la pedofilia en la Iglesia. Pero esa argumentación resulta débil, no creíble. El marxismo también contenía muchas verdades, pero eso no lo hace aceptable. Si el objetivo de mons. Viganò era contribuir a la limpieza en la Iglesia, este no es el camino.

En realidad, el verdadero objetivo está al final de su carta: la petición de dimisión del Papa. Algo inmenso que presupone culpas muy graves. Viganò no quiere la reforma de la Iglesia, ¡quiere la caída del Papa! El resto es evidentemente instrumental, en función de este objetivo. De momento, el resultado es un impasse, un intento de bloquear la acción reformadora de Francisco. Como bien ha escrito Giuliano Ferrara, “da la impresión de que ya todo está, como se dice con ese término horrendo, mediatizado, que amigos y enemigos del papa se sirven de la comunicación para volver a empezar con ese juego absurdo que llevó a aquel gran Papa teólogo, discreto, prudente, de estilo renacentista, a la renuncia. Las cuestiones de doctrina, de pastoral, de evangelización, de ética pública y de libertad de culto y cultural, pasan regularmente a un segundo plano, la Iglesia está por todas partes a la defensiva, obligada a enrocarse y participar en el proceso mundano contra los sacerdotes que, como categoría masculina célibe, se ven señalados, en una despiadada y falsa generalización, por el desprecio público ético y moral. Entre periodistas y mentores del nuevo curso post-ratzingeriano, a los que han favorecido la transformación de la Iglesia en una agencia de comunicación no les interesa actualmente defender un papado popular, amable, misericordioso y cercano al corazón del siglo. Dejan que se hunda. En cambio los que tenían dudas, como yo, están preocupados” (‘Devolvedme una Iglesia menos mediática y más iglesia’, artículo publicado en Panorama el 30 de agosto de 2018).

Según Ferrara, “hoy nadie en la Iglesia está en condiciones de huir de la picota o de la amenaza de la picota. El miedo reina soberano. Y no es una cuestión de carreras eclesiásticas. Es la libertad de una sociedad pluralista que se mete en un saco, como cuando se destruyeron los templos y tumbas cristianas durante la revolución francesa, con la insinuación de una tendencia connatural al abuso y a la pedofilia como un flagelo ligado a la naturaleza del sacerdocio. No sé, me gustaría una Iglesia capaz de sorprender, de volver a exponerse y reinventarse sin quedarse en un mea culpa confuso e inconcluyente, capaz de renovarse con hechos y sin caer en la tentación de hacer de la tolerancia cero, característica ya discutible de la seguridad en el ámbito secular, un nuevo núcleo de su pensamiento y de su presencia. Predicaciones, no inquisiciones en público y autos de fe, es lo que eventualmente los laicos de verdad necesitarían”.

Las observaciones de Ferrara llaman la atención por su lucidez y capacidad para intuir el núcleo de la cuestión. Obviamente, no se trata de pasar el problema de la pedofilia a un tema menor. Su gravedad lo sitúa como la plaga de la Iglesia en los albores del tercer milenio. Sus causas tendrán que ser analizadas adecuadamente y los remedios exigen disposiciones y medidas severas. La cuestión es otra. Como dice Francesco Murana, dirigiéndose a mons. Viganò es una espléndida carta publicada en L'Unione Sarda, “en sardo, usted es un ‘imboddiosu’, uno que agarra una madeja que no es suya y va haciendo nudos en el hilo, obligando así al hilandero a perder tiempo en desatarlos para poder seguir tejiendo… El trabajo seguirá adelante, pero habremos perdido tiempo gracias al ‘imboddiosu’ de turno”.

El documento Viganò hará que se pierda tiempo en la reforma, también moral, de la Iglesia porque la induce a replegarse sobre sí misma, a revolver sus miserias, a clericalizarse más aún, a profundizar en el moralismo. Como confirmación de lo que estamos diciendo, hay un artículo de mons. Luigi Negri, arzobispo emérito de Ferrara-Comacchio, conocido por su distancia respecto de la perspectiva del Papa, publicado en La Nuova Bussola Quotidiana, donde se separa, por inusual que pueda parecer, de la línea de los nuevos inquisidores anti-Francisco. “No se puede negar –escribe Negri– que sea una situación de auténtico escándalo, en el sentido de que la manifestación de la inmoralidad se haya hecho tan obvia y natural que el pueblo vive en una situación permanente de escándalo. Es como si toda la Iglesia estuviera concentrada en hablar de estos escándalos, en intentar aclararlos y dar información detallada. Pero hay un detalle increíble del mal que lleva a alterar realmente la situación de la Iglesia. Los escándalos de la pedofilia, de la inmoralidad del clero, de la evidentísima presencia en el tejido de la Iglesia de formas de presión homosexual, están a la vista de todos pero el escándalo de los escándalos es que la Iglesia ya no habla de Jesucristo. La Iglesia acaba limitándose a formular una serie de intervenciones políticamente correctas, donde resulta evidente que ya no se propone la imagen de Jesucristo, ya no se presenta esa presencia inquietante y a la vez reconfortante que la Iglesia debe vivir y comunicar a los hombres de todas las generaciones. Lo sospechoso es que esta atención desproporcionada a situaciones ciertamente graves desde el punto de vista moral acabe impidiendo que la Iglesia se mantenga firme en ese punto. ¿Cuál es el punto sobre el que la Iglesia debe mantener firme su presencia? ¿Que existan estos terribles escándalos o que, a pesar de todos estos límites, existe la presencia de Cristo que salva al hombre, que llena la vida del hombre de un significado verdadero y profundo, que abre delante de todos los hombres un sendero bueno para la vida, del que hablaba de manera inolvidable el papa Benedicto XVI? Si la Iglesia se agota en el análisis de sus males, o de algunos de sus males, quedará consternada frente al mal porque el mal parecerá invencible. No es entonces una Iglesia que renueve día tras días a todos los hombres la experiencia del anuncio, que el Señor ha resucitado y está con nosotros, que la vida humana no se ha perdido, ni se ha roto, ni es inútil: la vida humana adquiere su sentido profundo, su significado profundo, por la presencia de Cristo y de la presencia de Cristo”.

Tanto las consideraciones de Ferrara como las de Negri demuestran, con su preocupación, que el documento Viganò, lejos de favorecer la limpieza en la Iglesia, corre el riesgo de tener un papel de desviación. Desviación no tanto por la condena de los implicados en casos de pedofilia, una acción que continuará cada vez con más vigor; sino desviación de su perspectiva misionera, de anuncio de Cristo resucitado, de esperanza cristiana para los pueblos en tiempos del nihilismo. Una Iglesia replegada sobre sí misma, dedicada a lamerse las heridas, temerosa a causa de sus pecados ante el mundo, chantajeada y obligada a autojustificarse, ya no tiene la sencillez de ofrecerse al mundo con la conciencia de ser una pobre pecadora que se lo debe todo a Dios y nada a sí misma. El clericalismo, lejos de ser superado, saldrá reforzado.

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Diez años de una crisis (de confianza)

Fernando de Haro

Diez años de la quiebra de Lehman Brothers, diez años de estallido de la crisis que cambió definitivamente nuestras vidas. ¿Cuándo se equivocaron las autoridades estadounidenses? ¿Se equivocaron cuando dejaron quebrar a Lehman y no lo rescataron como habían hecho antes con Bear Stearns y harían luego con JP Morgan? ¿Se equivocó George Bush y su equipo al corregir su credo liberal y adoptar una intervención no vista hasta el momento? La discusión no se ha terminado todavía. Se cometió una injusticia porque se utilizó el dinero de todos para rescatar bancos quebrados por la codicia de algunos. ¿Era necesario asumir una gran injusticia, el riesgo moral de acciones canallas (el “envasado” de hipotecas basura), para salvar el bien de todos?

Las preguntas persisten, pero al menos, una década después, hay algunas respuestas. No podemos seguir diciendo con la alegría de los años 90 aquello de que es necesario “menos Estado y más sociedad”. Sobre todo si más sociedad se entiende como más mercado. Difícilmente la burbuja hubiera crecido tanto sin la desregulación del sistema financiero. No le hubiera sido tan fácil a las finanzas de la codicia convertir, a través de la titulización, deudas fallidas en productos de inversión aparentemente convenientes y rentables. No se distinguían de los que estaban relacionados con la economía productiva. El sistema financiero inventó herramientas diabólicas para multiplicar un fraude que las instituciones públicas debían haber detectado y prohibido. Pero la soberanía de los supervisores había desaparecido en un mercado global. Todo ello mientras se teorizaba sobre las falsas virtudes liberales, esas que, por arte de magia, convierten el egoísmo privado en un bien público. Tras la caída de Lehman descubrimos que no había mercados perfectos, capaces de autorregularse y de proporcionarnos una transparencia que nos haga libres. Dejado a su inercia, el mercado es víctima de la codicia y se olvida de que las finanzas deben estar al servicio de la economía real, del trabajo de la gente.

La crisis de hace diez años no fue como la del 29 porque hubo una intervención decidida del Estado a través de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo (este último lo hizo tarde porque hasta la llegada de Draghi los europeos estuvimos atenazados por el tabú antiinflacionista de los alemanes). Afortunadamente al frente de la Reserva Federal estaba entonces Bernanke que había estudiado los errores cometidos en el 29 y apostó desde el principio por una política monetaria expansiva de tipos de interés negativos y de compra de activos. Toda la munición disponible y más, inventando nuevos instrumentos, para meter mucha liquidez en el sistema. Era necesario que corriera el dinero. La solución no llegó a Europa hasta que en 2015 el BCE no puso en marcha nuestro programa de Quantitative Easing. Diez años después de esta política de dinero barato estamos experimentado la resaca de tanta expansión monetaria. Desde que Estados Unidos empezó a retirar los estímulos y dejó atrás la política de tipos ultrabajos, los países emergentes han empezado a notarlo. No sabemos lo que pasará en Europa. La guerra comercial, la transición digital y la subida del precio del petróleo plantea nuevas incógnitas.

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La gran luz del pontificado de Francisco

Fernando de Haro

En medio de la gran tormenta, de la traición, del pecado de los suyos, la mirada la mantiene fija en lo esencial. A la vuelta de su viaje a Irlanda, uno de los países donde la pederastia y los delitos de los sacerdotes más daño han hecho, después de que el ex nuncio Viganò pidiera su renuncia con mentiras, Francisco afirma en la audiencia general: Cristo quiere “hacer del mundo un hogar donde nadie esté solo, no querido, o excluido”. Los ojos del papa argentino buscan, en un momento de prueba, la mirada de Jesús hacia el mundo. No cae en la trampa, mil veces denunciada, de la autorreferencialidad. Francisco reacciona ante la crisis como un cristiano en el que el cristianismo no se ha convertido en una “doctrina sin misterio” o en una “voluntad sin humildad”. Responde, alzando la vista, “reconociendo la presencia de Jesucristo y siguiendo”. Este cristianismo cristiano de Francisco, este estar “fascinado y lleno de estupor ante la excepcionalidad” del “encuentro con un acontecimiento, con una Persona” es lo que hace luminoso su pontificado. Luz para un mundo en transición, herido por el colapso de los tiempos modernos. Claridad para una Iglesia afectada por una crisis severa en la que la fe de los sencillos pretende ser confundida por instancias clericales que cuestionan su fundamento y garantía: la autoridad. Francisco mira a lo esencial y anuncia, incasablemente, la gran alegría de la encarnación.

Bergoglio es un joven que encuentra su vocación en un confesionario. Luego será un joven ex provincial de los jesuitas que, sin tarea alguna, pasa larguísimas horas en otro confesionario. Y en los confesionarios aprende cuál es el signo de los tiempos. En un mundo postcristiano, “el deseo de la bondad divina es lo propio del hombre de hoy” que “bajo la pátina de seguridad de sí mismo y de la propia justicia, esconde un profundo conocimiento de sus heridas” (Benedicto XVI). Ya no es el hombre quien se justifica ante Dios, sino Dios el que se justifica ante el hombre, como Aquel que responde al mal con una ternura vencedora. Esta es la gran inteligencia histórica de Bergoglio, el jesuita, el papa para el que solo la Misericordia es digna de fe. Ante el don de un papado así es sorprendente que prevalezca la queja o la incomodidad por el “estilo de Francisco”, por su forma de hablar, por sus supuestas imprecisiones o imprudencia.

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Un Gobierno antifranquistamente franquista

Fernando de Haro

Ni un minuto más. A España no le conviene caer en la trampa en la que le quiere meter el Gobierno de Pedro Sánchez. No le conviene seguir hablando ni un minuto más de Franco. El Gobierno socialista ha comenzado un largo proceso para sacar los restos mortales del dictador del Valle de los Caídos, un mausoleo casi olvidado, construido por presos de la república, en el que yacen fallecidos de los dos bandos de la Guerra Civil.

El proceso de la exhumación va a durar tres meses. Una desgracia, lo mejor que podría suceder es que el Gobierno lo hiciera mañana mismo. Para que 40 años después de aprobada la Constitución no se vuelva a caer en la buscada y ficticia polarización franquismo-antifranquismo. Que lo vuelvan a enterrar donde quieran, pero que lo entierren otra vez.

Es evidente que es un despropósito iniciar el proceso de exhumación con un decreto-ley, figura legal prevista para los casos urgentes. El dictador lleva más de 40 años en su tumba. Es evidente que el Gobierno no ha buscado consenso alguno. La Comisión de Expertos que en 2011 recomendó el traslado de Franco lo hizo con importantes votos particulares en contra. En abstracto, parece recomendable el traslado. Pero como no hay nada abstracto, lo mejor es que se hubiera llegado a un acuerdo con la familia y con todos los grupos parlamentarios. Ahora que el Gobierno ha decidido resucitar a Franco (para esconder su debilidad parlamentaria, para contentar a la izquierda-izquierda, para ganar quién sabe qué votos) hay que pedirle que se dé prisa. Se equivoca el PP al anunciar el recurso al decreto de exhumación (algo que técnicamente no tiene sentido porque se convalidará como ley) y al insistir en criticar con pasión la decisión. Era precisamente el objetivo buscado por un Gobierno débil que no puede ni quiere gobernar. Está en campaña electoral.

Como señalaba en su momento con agudeza Augusto del Noce, en ocasiones, la mejor manera de ser fascista es ser un antifascista. El antifascismo, como el antifranquismo, está definido por aquello a lo que se opone. Franco fue despiadado con su anticomunismo. El propio Del Noce señalaba que “el postfascismo no debe ser un fascismo en sentido contrario (antifascismo) sino lo contrario del fascismo”. El Gobierno de Sánchez se empeña en enterrar el postfascismo y el postcomunismo construidos por la sociedad española durante la transición.

El verdadero milagro español, propiciado por comunistas y católicos (muy conscientes de sus errores) fue que, de un modo natural, popular, el país salió de la dictadura con una democracia postfranquista y postcomunista. Los dos polos estaban superados. No aniquilados, no superados por una síntesis que anulara las experiencias, las creencias, las heridas de las personas de una u otra sensibilidad. La lección, el tesoro, de la transición española es que se produjo, como en toda verdadera reconciliación, algo nuevo que superó a lo antiguo. Es por lo que luchaba hace muchas décadas Bergoglio: ni peronismo ni antiperonismo, sino unidad polar. No hay que negar nada para afirmar cada parte, no hay que buscar una síntesis dialéctica sino algo nuevo, superior, en lo que todos puedan reconocerse. Y eso fue lo que tuvimos.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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