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18 OCTUBRE 2018
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>Entrevista a Massimo Borghesi

"Para Bergoglio el ideal es el poliedro"

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Massimo Borghesi acaba de publicar “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual” (Ediciones Encuentro). Es un libro que sale a la luz en España solo semanas después de que, en un gesto sin precedentes, un ex nuncio, empujado por sectores de la Iglesia de los Estados Unidos, haya pedido la dimisión del Papa. En un momento en el que, de nuevo, Francisco es puesto en cuestión por quien quiere enseñarle al sucesor de Pedro cómo hay que guiar al Pueblo de Dios y afrontar los signos de los tiempos, el volumen adquiere especial relevancia.

¿Por qué te pareció necesario escribir un libro sobre el pensamiento de Bergoglio?

La idea surgió a partir de los ataques que el Papa sufrió justo después de la publicación de Amoris Laetitia en 2016. Los críticos, que llegaron hasta el punto de acusar a Francisco de “hereje”, objetaban la escasa preparación del Papa, su “falta de fiabilidad” teológica, su falta de pensamiento “católico”. Después de leer muchos textos de Bergoglio, junto a la espléndida biografía de Austen Ivereigh, tomé plena conciencia de la inconsistencia de estas críticas. De ahí surgió la idea de escribir un libro sobre la formación intelectual de Bergoglio. Curiosamente no solo los críticos del Papa sino tampoco sus admiradores sospechaban, después de cuatro años de pontificado, que Bergoglio tuviera un pensamiento tan profundo y original. Sus defensores pensaban que su formación era solo de tipo “pastoral”. Así fue como surgió Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, ahora traducida al español en Ediciones Encuentro.

En el volumen se señala que el concepto de las periferias lo toma Bergoglio de la pensadora argentina Amelia Podetti. ¿Es una categoría solo sociológica? ¿Por qué para Bergoglio el centro de la experiencia de la Iglesia se ve mejor desde la periferia?

No, no es una categoría “solo” sociológica. También tiene un valor existencial. El mundo, incluido el “mundo de la vida”, se ve mejor desde los bordes que desde el centro. En el centro todo es hermoso, como en las grandes ciudades. En las periferias es donde se comprende lo que el centro desprecia, no quiere ver. Si se quiere curar heridas, sanar puntos frágiles, ocuparse del bien común de la sociedad, no hay que colocarse en el centro de la esfera. El centro es una burbuja que corre el riesgo de estallar si las periferias se incendian. El Papa parte de los últimos, de los descartes de la era de la globalización. Y no por una ideología pauperista-populista sino por espíritu evangélico, por la paz de los pueblos y naciones. No hay ninguna demagogia en todo esto. Lo que hay es ciertamente una gran preocupación por el desierto moral y la ruptura de los vínculos sociales, que se han extendido desmesuradamente en la era de la globalización.

Dedicas un amplio espacio a describir el origen del "pensamiento polar" en Bergoglio. ¿Cuáles son los autores que influyen más en él en esta cuestión?

El primero –y es una revelación del propio Papa contenida en el libro– es el gran intelectual jesuita Gaston Fessard. Es el autor de La dialéctica de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, que el joven Bergoglio leyó tantas veces. De Fessard nace la idea de la tensión polar que rige la espiritualidad ignaciana: entre lo grande y lo pequeño, entre gracia y libertad, entre Dios y el hombre. Bergoglio la custodiará como un tesoro. Madura así en él la idea de que la Iglesia es coincidentia oppositorum, unidad de esas oposiciones que en el plano natural tienden a volverse lacerantes, absolutas. El catolicismo une contrastes, es lugar de paz en medio de las luchas del mundo. Se trata de un pensamiento “dialéctico” católico (no hegeliano) que encuentra sus referentes en Adam Mohler, el iniciador de la escuela de Tubinga, y sucesivamente en Erich Przywara, Romano Guardini, Henri de Lubac. Bergoglio es, idealmente, hijo de esta escuela.

El propio Francisco recientemente decía que el pensamiento polar que sostiene no es el de Hegel, no se trata del enfrentamiento entre una tesis y una antítesis, que quedan anuladas para dar lugar a una síntesis. ¿Cómo es la síntesis polar que propone Bergoglio? ¿En la nueva síntesis polar cómo quedan las partes enfrentadas?

El modelo de Bergoglio es un modelo “polar”, no dialéctico al estilo de Hegel. Su maestro es Romano Guardini y su oposición polar tan bien estudiada por Alfonso López Quintás en su libro Romano Guardini y la dialéctica de lo viviente. Mientras que en Hegel los opuestos son contradictorios y el resultado y su superación mutua es una síntesis definitiva, en Bergoglio los opuestos son “polares”, uno presupone al otro. La sociedad, el Estado, la Iglesia, deben acoger esas tensiones internas sin la pretensión de eliminarlas. La tensión polar es signo de vitalidad. Lo que sociedad-Estado-Iglesia deben hacer es impedir que las oposiciones se vuelvan contradicciones insanables, escisiones. Siempre hay que mirar a la síntesis, pero la síntesis se alimenta de la tensión polar, no tiene la pretensión de resolver la diversidad en una unidad monista. Lo ideal es el poliedro, la unidad en la diversidad, no la esfera, que sería la unidad sin diversidad. La unidad en la Iglesia la realiza el Espíritu pero la obra del Espíritu es una sinfonía, una polifonía.

¿De qué modo este pensamiento polar le sirve a Bergoglio para afrontar la realidad histórica de Argentina?

El modelo de la oposición polar que nace de la lectura de Fessard encuentra en Bergoglio su dilatación respecto a la trágica historia de Argentina en los años 70, dividida entre la derecha de la dictadura militar y la izquierda revolucionaria de las guerrillas filocastristas. El provincial más joven de la Compañía de Jesús –con 36 años– debe mantener la unidad de la Compañía ante la doble tentación ideológica marcada por la derecha y por la izquierda. La Iglesia es coincidentia oppositorum. Lo cual no significa que se sitúe banalmente en el centro. Ante todo, está al lado de las víctimas, rechaza convertirse en un sujeto político sino que hunde sus raíces en la fe.

Algunos apuntan a que Bergoglio es, por formación, un peronista. ¿Cuál es la relación de Bergoglio con el peronismo?

El joven Bergoglio valora el primer peronismo por su interés por las clases medias menos prósperas, por los derechos sociales. En Argentina, el peronismo fue el primer movimiento democrático frente a los gobiernos “liberales” que solo se ocupaban de la alta y media burguesía. Eso no impidió a Bergoglio valorar también los límites históricos e ideológicos del peronismo, sobre todo tras la desaparición de Evita. Bergoglio nunca ha sido un ideólogo. Eso explica su interés, desde los primeros años 2000, por el modelo de las dos ciudades que ofrece Agustín en De civitate Dei. Bergoglio siempre ha reclamado un compromiso de los católicos en la sociedad y en la política, pero nunca ha afirmado una teología política.

¿Cómo influye Methol Ferré en Bergoglio?

El cardenal Bergoglio era un lector atento de Nexo, la revista fundada por Methol Ferré. Sobre la orientación de esta revista, existe un estudio óptimo de Javier Restán Martínez. En Nexo, Methol ofrecía unas panorámicas sobre la geopolítica eclesial a las que Bergoglio era muy sensible. La Iglesia se convertía en protagonista de los cambios del mundo, no sufría pasivamente la historia. Se situaba más allá de la dialéctica entre progresistas y reaccionarios. Methol Ferrè, el intelectual católico latinoamericano más genial de la segunda mitad del siglo XX, y Bergoglio estaban unidos por el mismo autor, Gaston Fessard. Para ambos, la visión dialéctica de Fessard permitía afirmar una visión histórica y dinámica del catolicismo dentro del mundo contemporáneo. Bergoglio sentía una inmensa estima por Methol.

¿Podemos decir que Bergoglio fue un defensor de la teología del pueblo? ¿Tiene sentido una teología del pueblo en un entorno postcristiano dominado por la secularización?

Bergoglio es sin duda un exponente de la teología del pueblo elaborada por la Escuela del Río de La Plata en un replanteamiento crítico de la teología de la liberación. Esta última mezclaba, de manera acrítica, cristianismo y marxismo. La teología del pueblo une la opción por los pobres con la revaloración de la religiosidad popular, despreciada de manera ilustrada por la teología de la liberación. La religiosidad popular es el auténtico terreno a partir del cual florece la lucha por la justicia. Una religiosidad que se ve seriamente amenazada por los vientos de la secularización propios de la era de la globalización. Por eso el gran congreso eclesial de Aparecida en 2007, guiado por el cardenal Bergoglio, afirma la importancia de los dos pulmones de la fe: la religiosidad popular y el encuentro cristiano en el mundo secularizado. Como hace dos mil años: ese era el lema de Aparecida. El encuentro cristiano se nutre de la religiosidad popular y, al mismo tiempo, la reaviva con formas nuevas.

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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