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23 OCTUBRE 2018
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>Entrevista a Joseba Arregui

"Los partidos no trabajan en el horizonte del bien común sino en el horizonte electoral"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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La sociedad civil, la gente en su vida cotidiana, tiene su parte de responsabilidad ya que a cada grupo solo le interesa lo suyo, afirma Joseba Arregui. El ex consejero del Gobierno Vasco destaca que solo desde y en una situación de estabilidad se pueden llevar a cabo cambios y reformas duraderos.

¿Cuál es su valoración de la legislatura?

Su característica principal es la inestabilidad, la gran dificultad para llevar a cabo los proyectos políticos necesarios para el país, las reformas necesarias para el país. En un editorial reciente, y refiriéndose al discurso de Torra dirigiendo un ultimátum al presidente Sánchez, decía que en realidad el ultimátum se dirigía a los partidos de la oposición: debían unirse al gobierno en una respuesta común a los nacionalistas. Lo curioso es que esa unidad al parecer no era necesaria al comienzo de la legislatura para permitir la abstención a Rajoy, o para plantear una coalición PP-PSOE. Ahora que el gobierno está en manos del PSOE reclama El País unidad. ¿Y hasta ahora? Hasta los argumentos y la forma de pensar se han vuelto inestables, no porque cambien, sino porque cambian a rebufo de quien manda. Una legislatura perdida, estéril y que resultará dañina para todos al final.

Usted ha afirmado que los partidos políticos se limitan a hacer política partidista. Existe, muchas veces, una separación entre las preocupaciones de la gente en su vida cotidiana y el discurso de la clase política.

Al afirmar que los partidos hacen política partidista pretendía reclamar el buen nombre de la política. El mal nombre de la política lo merece la acción que llevan a cabo los partidos: partidismo puro y duro. La política no se agota en eso. Es algo más y lo debemos reclamar. Especialmente cuando el partidismo -no soy tan ingenuo como para no saber que los partidos tienen que hacer partidismo- pierde toda relación con el bien común y solo se dejan dirigir por las necesidades electorales, por la conquista del poder y por su mantenimiento.

¿Existe una corresponsabilidad de la sociedad civil en esta deriva?

Yo pienso que es bastante claro que la sociedad civil, la gente en su vida cotidiana tiene su parte de responsabilidad: a cada grupo solo le interesa lo suyo, solo le aprieta su zapato, y solo se preocupa de su interés individual o grupal particular limitado además a cada momento, pues puede reclamar a lo largo de su vida cosas radicalmente dispares. Los partidos no trabajan en el horizonte del bien común, cada uno desde su perspectiva, sino en el horizonte del poder, en el horizonte electoral. "La gente" actúa de la misma forma: solo movido por su interés particular y momentáneo. A la salida de la dictadura había en España poca sociedad civil, en el sentido de contrapuesta a los partidos políticos. Uno de los grandes fracasos de la democracia española desde la transición es haber ahogado lo poco que podía haber de sociedad civil, pues los partidos políticos han ido copando, ocupando todos los ámbitos de la sociedad civil: representaciones sindicales, empresariales, universidades, medios de comunicación, asociaciones de ocio, el ámbito del deporte, los clubes de fútbol, todo lo que se mueve en la sociedad ha sido presa de la vis ocupante de los partidos políticos.

¿Una sociedad civil fuerte podría ser el contrapeso necesario?

La sociedad civil puede ser contrapeso de los partidos políticos, pero para ello primero debe existir, reclamar su autonomía, resistir al poder y desarrollar la capacidad de pensar en el bien común.

También ha escrito que “por el camino de la política con mayúscula se consiguió que ETA tuviera que cesar en su actividad de terror y de asesinatos, no por la vía del partidismo”. ¿Es este también un camino posible para afrontar el desafío catalán?

ETA tuvo que abandonar su trayectoria terrorista porque el Estado le obligó a ello. Porque se hizo política de Estado -en un tiempo limitado por desgracia, pero agraciado a pesar de todo-: la propuesta del secretario general del PSOE de llegar a un Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo, es decir para llegar a un Acuerdo para proteger contra el terrorismo los principios fundamentales de la constitución.

POLÍTICA. El PP lo aceptó y el Gobierno de Aznar lo llevó a la práctica, promoviendo la actuación de los poderes del Estado: legislativo -Ley de Partidos Políticos-, ejecutivo -actuación de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, mantenimiento del orden en el territorio, la pacificación del territorio- y judicial -persecución de los terroristas, condenas, actuación del TC sentenciando la constitucionalidad de la Ley de Partidos Políticos-: POLÍTICA. En Cataluña el camino debe ser el mismo

¿En qué se podría concretar?

En la defensa de la libertad de conciencia que hoy en día se declina como libertad de identidad y de sentimiento de pertenencia -el núcleo de la aconfesionalidad del Estado-, mantenimiento del orden, primero por hacer cumplir las leyes y las sentencias, pacificación del territorio no permitiendo la ocupación del espacio público -de todos- solo por parte -el nacionalismo-. Y para ello POLÍTICA: legislativo, ejecutivo y judicial.

En el 78 nuestros abuelos y padres nos donaron la reconciliación. ¿Existe el riesgo de que en una hipotética reforma constitucional solo sirva para satisfacer los anhelos nacionalistas?

El riesgo de reformar la Constitución para satisfacer las demandas nacionalistas existe siempre, pero sustentada en un error fundamental, pues los nacionalistas no quieren una constitución reformada en su sentido. Lo que quieren es quedar fuera de cualquier constitución que no sea una limitada a un territorio distinto de la España actual y que ellos consideren el suyo particular, aunque también sea el de muchos otros ciudadanos tan vascos o catalanes como ellos.

En su libro La nación vasca posible me ha llamado la atención una afirmación suya que dice: “Las estructuras más estables (son) las que precisamente posibilitan que se produzcan los cambios, para que éstos sean realmente cambios y no desintegración, caída libre en el caos”. No sé si cree que estamos más cerca de la caída libre pero ¿qué cambios positivos ve necesarios en nuestro país?

Efectivamente, solo desde y en una situación de estabilidad se pueden llevar a cabo cambios y reformas duraderos. En la duda, en la inestabilidad lo que prima es la prisa, el corto plazo, la incapacidad de pensar a largo plazo, el activismo, la duda, la desorientación. Pensemos que prácticamente todas las constituciones democráticas se deben a guerras perdidas, a desintegración social, a guerras civiles y dictaduras en busca de fundamentos sólidos de la convivencia en libertad de los diferentes. La situación de España es bastante caótica, pues se le juntan dos procesos desintegradores: el general que afecta a toda la cultura occidental, y el específico de la desintegración territorial.

Corriendo el riesgo de resultar de una ingenuidad pasmosa, me atrevería a afirmar que el primer cambio que necesita España es el de un diagnóstico en profundidad, descarnado y autocrítico, y que abarque desde la propia Constitución pasando por las tres o cuatro reformas necesarias: educación, universidad -es incomprensible que con todo lo que se ha hablado de títulos y universidades no haya aparecido para nada la aberrante aplicación de Bolonia que se ha hecho en España, alejada de casi todos los demás países europeos, fruto del corporativismo de los profesores de universidad, pura corrupción que ha hundido la universidad española para los próximos 25 años-, el modelo productivo, la falta de conciencia ciudadana y otras reformas.

En el mismo libro critica que muchos vean la pluralidad de la sociedad vasca como un problema a solucionar. Afirma que no se puede construir en la negación de otras identidades. Me parece que para que en un mundo plural pueda darse un encuentro, es necesario que los sujetos posean algún elemento común. Sin embargo, ni siquiera un hecho tan doloroso como fue el atentado en las Ramblas de Barcelona es capaz de unirnos en su recuerdo. ¿Cuáles pueden ser esos elementos comunes?

La misma pregunta es señal de la crisis de la Constitución y de la conciencia cívica: en una democracia de Estado de Derecho, aconfesional y constitucional los elementos comunes son la libertad de conciencia, la libertad de expresión solo como consecuencia de la anterior, la libertad de asociación como consecuencia de las dos anteriores, el ciudadano como único sujeto de derechos, de libertades y de obligaciones. Ahora que todos hablan de diálogo, no habría diálogo si yo contestara a este cuestionario en vascuence. De la misma forma, si no se asume la gramática de la Constitución y el vocabulario de las leyes, normas y procesos reguladores de la convivencia sobre la base de los principios constitucionales no es posible el diálogo. Si el gran acierto de la transición española consistió en pasar de la ley a la ley, los nacionalistas quieren primero salir de la ley y luego dialogar -los nacionalistas catalanes-, o poder interpretar la legalidad y la constitución desde aquello de cuya interpretación ellos son los únicos intérpretes legítimos -los vascos que leen e interpretan la Constitución desde la adicional que ampara los derechos históricos, eso sí, sin renunciar al valor de que los derechos históricos estén constitucionalizados, un valor que lo destruyen inmediatamente al leer la Constitución desde su adicional. Es en los principios constitucionales que afirman y garantizan los derechos y las libertades fundamentales, los que hacen que la Constitución sea democrática y de derecho, en los que hay que buscar y encontrar la unidad de los ciudadanos, no en otro lugar.  

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

Terapia para una democracia

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

Políticos, no intachables

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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