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18 OCTUBRE 2018
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>Entrevista a Amelia Valcárcel

"El problema no es la rabia sino el fervor"

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Amelia Valcárcel, gran referente intelectual de la izquierda española y del feminismo, reflexiona con www.paginasdigital.es sobre la crisis democrática.

Decía en un artículo publicado en El País algo muy provocativo: en estos momentos todavía no estamos oyendo “el ruido del populismo genuino”, ¿por qué cree que aún no estamos delante de un auténtico populismo?

Porque falta el carisma. Estamos en los propileos, pero si no aparece realmente el liderazgo carismático, todavía no estamos ante el verdadero populismo.

¿Y eso de qué depende? ¿De que aparezca alguien, por ejemplo, como Trump?

No, con Trump incluso sus seguidores reconocen que carece por completo de carisma. Tenemos que pensar en individuos carismáticos. Individuos carismáticos genuinos no se comienzan a presentar en la política hasta después de la Revolución Francesa, es decir, son producto de las democracias o de sus intentos. No podemos encontrar individuos de este tipo, conductores políticos, antes. En el Antiguo Régimen funciona de otra manera. El carisma que tiene un monarca es otorgado de otra forma, no es el fervor popular el que lo apoya.

También habla de un hastío, ¿por qué? Por ejemplo, vamos a celebrar los 40 años de la Constitución. ¿Por qué en este periodo hemos pasado de un entusiasmo, de una estima por las instituciones, a ese hastío en España?

No creo que el hastío sea muy grande. He de matizar un juicio que quizá suene demasiado fuerte. Pero las generaciones se suceden y quien consigue las cosas y quien las disfruta no son los mismos, y pueden tener juicios bastante diferentes sobre lo que se ha conseguido. Pensemos que una persona que ha hecho, con cierta dificultad o no, una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo como el que desea puede pensar perfectamente que después de todo, ¿dónde está el regalo?

¿Ha habido entonces una falta de transmisión de una generación a otra del valor de las instituciones

No. El asunto es que la globalización, un proceso que solo se está iniciando, no va a ser un proceso fácil. Hay muchas cosas en juego, hay valores en juego y hay enormes flujos económicos en juego. Cuando esto pasa, la gente teme por su presente y por su futuro, y deja de apreciar la política formal democrática. Puede ver que no le da soluciones a lo suyo, directamente, y entonces empieza el sentimiento de desafección. Ese sentimiento de desafección se puede transformar, y de hecho se ha transformado, en rabia, en ocasiones. Pero lo grave llega cuando se transforma en fervor por el líder carismático. Pensemos por ejemplo en un caso clarísimo. El primer gran líder carismático que nace en el tiempo es Napoleón. Napoleón es un producto de las nuevas condiciones de la Revolución Francesa. Napoleón es impensable en el Antiguo Régimen. Y es un tipo con carisma, ¡vaya si lo es! Y con un culto a la personalidad enorme, al cual se resistió poquísima gente. Pero el asunto es qué es el carisma; es una relación, no es algo que alguien tenga.

En ese proceso, ¿qué importancia tiene, por ejemplo, el agotamiento de un proyecto socialdemócrata clásico, de un proyecto conservador clásico…? ¿Eso pesa para ese hastío?

Podría hacerlo, pero primero nace la desafección, que es “¿para qué me sirve a mí la política?, ¿qué hace por mí?, yo no voto”. Se empieza a ver la desafección cuando empieza a bajar la participación. Pero inmediatamente surge la rabia, pero entonces aparece el decir: “esta gente está viviendo a mi costa”. La democracia es el mejor modo político que hemos logrado llegar a establecer, pero tiene alguna que otra debilidad fuerte, y la debilidad más fuerte de la democracia es que la gente tiende a exigirle cosas a una democracia que no le exige a una autocracia: que te cuide, por ejemplo. No creo que ninguno de los súbditos del Gran Kan estuviera deseando que lo cuidara. Además, en democracia hay que tomar decisiones impopulares. Tenemos el problema del cambio climático y el agotamiento ecológico, ¿cuál de los gobernantes de las democracias se atreve a decir que tenemos que dejar de consumir plástico ya? Y cosas parecidas. Entonces, hay gente que se va a hacer desafecta porque no encuentra su lugar y otra gente que va a pensar que la democracia es demasiado amante de la componenda. Son cosas distintas, pero este es el lugar en el que nos estamos moviendo.

En este contexto de globalización, ¿qué elementos serían convenientes para, por ejemplo, una renovación de la agenda de una socialdemocracia? ¿Cuál sería la agenda en ese contexto en que las soberanías nacionales se disuelven, donde el flujo de los mercados acaba siendo imperativos? Porque los parámetros cambian tanto que a veces es difícil imaginar cuál podría ser la agenda socialdemócrata.

No es fácil, pero desde luego para todo el mundo, no solo para los socialdemócratas, es necesaria una mejor educación de las élites. Tenemos unas élites muy provincianas. La mayor parte de ellas no sabe pensar en términos globales, no sabe ni siquiera qué partida se está jugando. Y eso no es bueno, porque son las encargadas de transmitir el horizonte a la gente. Y luego tenemos un cierto problema con los medios de comunicación. Tampoco les gusta desagradar y contar verdades incómodas. Pero yo espero que esos problemas, con todo, los superemos antes de encontrar por el camino a un individuo carismático.

¿Esa es la gran amenaza?

Es que siempre que se ha presentado ese tipo de individuo, pensemos por ejemplo en Hitler, un individuo carismático donde los hubiera, Mussolini, todos estos individuos se presentan como salvadores absolutos.

Hay quien dice que en la democracia el sistema había prometido mucho y que después de la crisis y de la situación concreta de la globalización, la igualdad no es real y todo eso favorece una especie de estado de ira, de rencor, porque la promesa no se ha cumplido.

Pero la promesa existe. Luego, el asunto es cuál es la vía para hacer que la promesa se haga real. ¿Las reformas parciales bien dirigidas hacia un objetivo que después todos conocemos, o un proceso violento que acabe directamente con lo que existe?

Pero hay una cierta desconexión con la generación joven, que entiende estas cosas con mucha dificultad.

En general, nadie aprende sin haber vivido, ni nadie aprende en la cabeza de otro. Es uno de los procesos más difíciles que existen: aprender en cabeza ajena. Sin embargo, es a eso a lo que llamamos cultura. Tenemos una enorme cantidad de cosas que hemos aprendido sin tener que haberlas vivido. Es útil que podamos hablar de ellas con serenidad, con franqueza. Estamos dejando que esto ocurra pero creo que deberíamos pararnos un momento porque es un deber de Occidente no dejarse aislar en un rincón del planeta en este momento, dado que somos la generación más educada que existe. Y aun así nos podemos llegar a comportar como auténticos estólidos.

En otro orden de cosas, sobre el movimiento #MeToo, está trabajado mucho tiempo por una auténtica liberación de las mujeres, ahora este movimiento está denunciando lo que parece una epidemia de abusos sexuales. ¿Esto es útil?

Esto es nuevo. Lo que es, es nuevo. Y significa que la vergüenza ha cambiado de acera. Antes las mujeres se sentían avergonzadas cuando eran atacadas, ahora están dispuestas a decir que nadie tiene derecho atacarlas, y que la vergüenza recaiga sobre el que lo hizo, no sobre ellas. Yo creo que es una novedad muy grande, y es una novedad que otra vez se produce en Occidente. Aunque yo he encontrado unas páginas fantásticas que se llaman “A mí también me pasó eso en La Meca”, en diversos idiomas. Como el #MeToo, hay mujeres que han hecho el hashtag y que dicen cómo fueron asediadas, asaltadas, molestadas, etcétera, durante la misma peregrinación. Lo cual quiere decir que la capacidad de extenderse de esta nueva conciencia es muy grande.

Por lo que veo, sigue pensando que, en este mundo global donde lo asiático gana cada vez más terreno, donde el eje se ha modificado, Occidente tiene todavía un papel que jugar.

De momento lo hemos jugado, ¿solo porque teníamos unos barcos mejores y unos banqueros más amantes del dinero, o también porque teníamos una idea del mundo? Yo creo que seguimos teniendo una cierta idea del mundo, no la hemos perdido. En esto estoy totalmente de acuerdo con uno de los grandes pensadores del siglo XX, Toynbee. Lo que pasa es que estamos ante un proceso que está en los inicios. Yo no sé si la gente sabe lo que es la paciencia intelectual, pero hay que tenerla.

A veces no se tiene la suficiente perspectiva para hacer la valoración adecuada.

Paciencia. Es que no todo se va a producir delante de tus ojos invocándolo. La historia no es una sesión de espiritismo.

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

Futuro mestizo

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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