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1 OCTUBRE 2020
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Memoria Histórica y conciencia del yo (II)

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  35 votos
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Hace un mes, leí un artículo de Félix Bornstein publicado en el diario El Mundo en el que denunciaba la instrumentalización de la memoria histórica como negocio y reivindicaba lo que el historiador Enzo Trapiello llamaba la virtud cívica del olvido, frente a los intentos de construir una segunda Transición que estaría destinada a restañar definitivamente las heridas de la Guerra Civil y el franquismo.

Confieso que no tenía muy claro cómo afrontar la cuestión de la memoria histórica, tan esgrimida en lo que se refiere a la historia de España –no sólo de la Guerra Civil de 1936-1939–, hasta que encontré un artículo escrito por Aníbal Fornari acerca del acontecimiento del yo, la memoria y la libertad en la experiencia agustiniana (Fornari, A (2003) Memoria, deseo e historia. Acontecimiento del yo y alternativa de la libertad, desde San Agustín).

En las últimas décadas se ha acuñado el concepto ideológico e historiográfico de memoria histórica, acuñado por Pierre Nora y definido –en palabras de M. Halbwachs– como “la memoria de acontecimientos no vividos directamente, sino transmitidos por otros medios, un registro intermedio entre la memoria viva y las esquematizaciones de la disciplina histórica”, como motor de construcción de una identidad o conciencia colectiva: construyendo un relato que constituye su razón de ser y de ser-con-otros; en muchas ocasiones, de forma muy unilateral.

Sin embargo, auténticas construcciones teóricas como la que está vigente no parecen tener en cuenta el factor de lo concreto de la experiencia de la persona humana, como experiencia del mí mismo, como sorpresa en el estupor, en la que la memoria también es olvido y tensión condicionada por lo negativo. Así lo señala Fornari cuando se atreve a decir, nada más y nada menos, que en la memoria se conserva el olvido; que el yo es tensión de su memoria, en la que subyace la tarea de volver a reencontrarse, conservando el dato esencial que señaló H. Arendt de que el yo no puede alcanzar su sí por su sí-mismo. Así también nos advierte de que mi yo es lo que recuerdo y lo que olvido; pero, por encima de todo, mi relación constitutiva con Algo más grande que yo, con Alguien que me da la vida.

Y es que, como agudamente nos dice Hanna Arendt, hay un dato: que yo no me he hecho a mí mismo. Dato con el que tenemos que hacer cuentas y que nos lleva al vasto campo del tiempo que me es dado y que atravieso, donde queda a salvo la experiencia del encuentro con la experiencia del recuerdo y del olvido. Dato tal que constituye el trasfondo de nuestra libertad. “Que yo no pueda reducir lo real a lo pensable, he aquí el triunfo de la libertad posible”, está grabado en nuestro genoma, aunque en el mundo tan líquido del siglo XXI parezca haberse olvidado. A la pregunta ¿qué hubiera pasado si me hubiese hecho a mí mismo?, la filósofa se atreve a responder: habría sido predecible por mí misma…y, por ende, habría perdido la libertad. En el fondo, es la cuestión de la predeterminación, de la pregunta acerca del hombre y su destino.

Narrar la historia del siglo XX en nuestro país ha sido siempre una tarea harto difícil. Porque veníamos de un siglo XIX muy complicado: invasión napoleónica de 1808; el reinado de Fernando VII; el trienio liberal; la “década ominosa” y la formación del liberalismo en España; el tan aciago reinado de Isabel II y las Guerras Carlistas; la Revolución de 1868; la I República y las tensiones regionales (los cantones); …a lo que siguió un período más estable de Restauración borbónica y la alternancia (Cánovas-Sagasta) y el desastre del 98, que aceleró la decadencia de España. Sin olvidar el también aciago reinado de Alfonso XIII, los atentados anarquistas, la Semana Trágica o la dictadura de Primo de Rivera. Época tan compleja que ha motivado un debate historiográfico acerca de dicho período, muy relacionado con las causas de la caída de la II República, el alzamiento del 18 de julio y la Guerra Civil.

Y es que a la hora de historiar este episodio que tanta pasión ha levantado en la historiografía española, hasta el punto de que muchos autodenominados historiadores académicos llegan a decir que el régimen franquista era una prolongación del trauma vivido por el “golpe de estado de 1936”, puede constatarse que –como en tantos aspectos de la vida– siempre ha existido un punto de partida a la hora de afrontar su estudio, desde dos opciones: la primera, la más utilizada, partir de la concepción que el historiador tiene sobre la realidad (ideología) para aplicarla a los hechos que estudia; la segunda, que prácticamente ha sido abandonada –con notables excepciones–, partir del hecho en sí y buscar hipótesis.

No cabe duda que la Guerra Civil y el franquismo comenzaron a convertirse en caballo de batalla entre dos relatos: por un lado, un relato construido como legitimación de la legalidad de la II República –esto es, separado de las circunstancias, decisiones y vidas concretas de todos aquellos que las vivieron– y relato construido como legitimación del régimen de 1939. Posteriormente, y con la aparición de nuevos elementos, este segundo discurso ha cedido a otro relato mucho más realista sobre los últimos 40 años de nuestro país.

Dan esperanza las interesantísimas aportaciones de autores como Luis Suárez, Stanley Payne, Pío Moa (su trilogía sobre la Guerra Civil no cabe ser desechada sin más), Casas de la Vega; los hermanos Salas Larrazábal; Martín Rubio; Martínez Bande; José Andrés-Gallego (su interesantísimo ¿Fascismo o Estado Católico? me parece imprescindible); y otros que han arrojado luz a cuestiones como el pucherazo electoral en las elecciones de febrero de 1936 o la política exterior de neutralidad que jugó Franco en la II Guerra Mundial, que muestran que no todo es blanco o negro. Sin embargo, la primacía de la interpretación frente a la atención a la riqueza poliédrica y complejidad de aquella época ha llevado al predominio de la eterna división buenos-malos en la corriente historiográfica prorrepublicana y visceralmente antifranquista, tan presente en Paul Preston; Reig; Ángel Viñas; Espinosa Maestre; Josep Fontana; Anthony Beevor; Moradiellos; el nacionalista abad de Montserrat Hilari Raguer; a lo que ha de añadirse la extensa y tendenciosa filmografía en España sobre la Guerra Civil; los años 40; o el gran número de novelas y ensayos publicados. Y es que el sorprendente despliegue de las Asociaciones para la Memoria Histórica, su soporte en muchos sectores del mundo académico-universitario y el apoyo económico con las subvenciones otorgadas por la Administración; el esplendor mediático de la exhumación de Franco y de la polémica acerca de la Basílica del Valle de los Caídos; la incapacidad de los partidos políticos de derecha e izquierda de jugar en otro escenario distinto del forofismo ideológico; la pretendida superioridad moral de la izquierda y el anonadamiento de la derecha; los nacionalismos… confundirían a cualquiera, por su audacia de cuestionar lo conseguido en la Transición, en la que decidió cancelarse la transferencia de culpas y responsabilidades y empezar de nuevo.

Es justo buscar a aquéllos que perdimos, porque fueron asesinados o represaliados; es justo abrir las fosas, encontrarles y darles justa sepultura. Es justo llorarles. Y hay que concedérselo a quienes estuvieron junto al bando republicando y quienes lo hicieron junto al bando nacional. Hay que condenar los procesos sumarios del franquismo… y las torturas y ejecuciones masivas sin juicio de las checas republicanas. Rehabilitar a Julián Besteiro (encarcelado en 1939) y a Ramiro de Maeztu; a José María Pemán y a García Lorca. Porque no puede decirse que ni la República tuvo la legitimidad que se le atribuye ni que el franquismo estuviese exento de total responsabilidad. La II República fue un barco a la deriva al haber perdido la legitimidad de origen y la de ejercicio, con una Constitución que excluyó a la otra mitad de España; y el régimen adoleció de falta de magnanimidad con quienes perdieron la guerra y favoreció un tipo de catolicismo de corte hegemónico que no ha evitado –de hecho, la aceleró– la secularización. Hay que cambiar la manera de investigar.

Necesitamos volver a encontrarnos a nosotros mismos. Hacer experiencia de nosotros mismos. Aceptar que la memoria es recuerdo y olvido; asumir atravesar el tiempo y rendirnos al hecho de que la verdad es más grande que nosotros mismos. Porque si la verdad no puede ser conocida, entonces los hechos se explican desde una aparente neutralidad que, en el fondo, encubre una autojustificación: si el pensamiento se reduce a reflexión gira, entonces, en torno a sí mismo, acaba aislándose de la realidad y cayendo en una especie de sensación de poder ilimitado de la razón: ésta lo explica todo. Entonces, la memoria se convierte en derribo de iconos (como muy acertadamente ha dicho el profesor González Cuevas en Memoria Histórica e iconoclastia, que denunciaba el fundamentalismo democrático imperante hoy día), en corrección política; en relato autorreferencial y autojustificativo.

En estos momentos de confusión académica y socio-política –en la que se habla de la exhumación de los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos y de la exigencia de reconversión de la basílica en un centro para la memoria histórica–, me parece que la propuesta formulada por Aníbal Fornari de rescatar la experiencia agustiniana no sólo da en el clavo, sino que acentúa la pertinencia de la recuperación de la experiencia concreta, de la memoria como punto de partida para la construcción del yo. Para hacer verdadera memoria de nuestro ser individuo y sociedad, nuestro relato ha de ser común y compartido, confrontado con otros testigos que vivieron dicha época.

Si no nos dejamos interpelar en este necesario y urgente diálogo en nuestros ámbitos respectivos, no sanarán heridas ni se revitalizará la vida pública española. Por el contrario, como ha pasado con la Shoah, primará la ideología y el discurso, no la búsqueda de la verdad, lo que supone, como decía Hannah Arendt, que “vivir según la mentira significa que cada uno fabrica y pretende imponer ‘su verdad’ o cada uno se separa del otro como extraño en una indiferencia revestida de momentánea tolerancia, porque fue descartada la posibilidad de referencia a la verdad en la fuente común radiada en la exterioridad de lo real, abordada desde la interioridad desproporcionada y exigente”. Si no construimos un relato común en el que nos encontremos todos, no servirá de nada, excluiremos a la otra mitad. Hacer experiencia de la memoria de nosotros mismos es recordar para perdonar y olvidar para ser liberados.

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