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11 DICIEMBRE 2018
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No sin mí

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  27 votos
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EncuentroMadrid. Conversación infrecuente, de esas que prácticamente no existen en público en España ni en ningún país occidental. Pedro Cuartango, exdirector de El Mundo y columnista de ABC -uno de los periodistas más inteligentes del país- y Julián Carrón en un diálogo intenso, apasionado, sobre lo que no se puede hablar: ¿Dónde está Dios? (título del último libro del presidente de Comunión y Liberación).

Políticamente incorrecto el tema, hubiera sido subversivo en otros tiempos, y también el contenido del diálogo (el mal, el escándalo de la elección, de la racionalidad de la fe). Ninguna concesión de los dos para dar una buena imagen, para mantener el buen tono, para identificar artificialmente puntos comunes. Hay momentos en los que, dentro de una gran cordialidad, saltan chispas. A la española, sin filtros. ¿Qué hace posible una conversación así? ¿Por qué no cae en la languidez propia de muchos foros entre creyentes y no creyentes o en la contraposición ideológica? Porque los dos son personas en búsqueda, porque la fe no es una trinchera que separe dos campos en los que las posiciones estén cerradas. Porque los dos se necesitan.

Cuartango, en el momento más álgido de la conversación, confiesa que le gustaría tener fe: “la gracia es gratuita. Me gustaría creer en la existencia de Dios, mi situación no es una elección, es una condena”. Y Carrón le contesta que se descalza (en señal de respeto) ante este drama y añade que “todos buscamos, el haber encontrado no acaba con la búsqueda, la intensifica”.

Todos los occidentales del siglo XXI, creyentes o no creyentes, somos Cuartango. Todos tenemos frente al Misterio de Dios sus mismas objeciones: el escándalo por el mal y una libertad mal usada, la perplejidad ante el método de la elección. Son las objeciones que afloran en el diálogo y que culminan con una pregunta sobre la naturaleza de la fe por parte del periodista. Ni programándolo el itinerario refleja mejor el camino por el que transita la vida.

Cuartango recuerda sus visitas a Auschwitz y a Sarajevo, los zapatos de los niños masacrados, el genocidio en nombre de la raza y la religión. Y confiesa que, tras preguntarse sobre dónde estaba Dios cuando ocurrían estas cosas, le resulta imposible creer. Carrón sugiere que la pregunta no implica necesariamente la negación de Dios, como se ve en la experiencia del pueblo de Israel. El problema del mal, de hecho, no aparece en el mundo hasta que el más pequeño de los pueblos antiguos, exiliado en Babilonia, no construye el relato del Génesis. Ese relato repite una y otra vez el estribillo: “y todo era bueno”. ¿Por qué queda superado el viejo dualismo que atribuía al mal y al bien la misma entidad? “¿Qué experiencia había tenido el pueblo de Israel para afirmar en la primera página de la Biblia que todo era bueno?”, se pregunta Carrón. “El cristianismo no ha resuelto el problema del mal, lo ha planteado”, añade.

Hijo de las Luces, como todos, Cuartango confiesa su escándalo por una Revelación que no se atiene a los principios de la universalidad abstracta. ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué la elección no es discriminatoria? ¿Por qué no es una exclusión? No hemos leído la Enciclopedia pero a todos lo particular nos parece privado, ahistórico, cuando no injusto e irrelevante. El periodista nos vuelve a dar voz. “Que existan personas a las que Dios les concede un bien no es una injusticia. Todos nos beneficiamos de ello”, responde Carrón. La elección, el don particular hace posible una universalidad concreta que respeta la libertad.

La conversación se hace especialmente aguda al referirse a la divinidad de Jesús. Cuartango, que quiere creer, busca apoyo en la apuesta de Pascal: apostar por Dios puede ser un juego de suma cero. Nada se pierde. Pero Carrón no se lo compra. No a la fe si no es racional. “La fe no es un salto al vacío, tiene que ver con una relación y no con una opción irracional”. No hay espacio para esa religiosidad tan de moda, consuelo en un mundo global sin rumbo aparente, sublimación o abrazo de lo absurdo. ¿Por qué creyeron los primeros discípulos? Porque estaban delante de un hombre, de una presencia que les permitía ser ellos mismos. Carrón acaba citando a Newman: la fe no parte de Dios, parte del yo.

El mundo postsecular, especialmente fuera de Occidente, vuelve a estar lleno de Dios. Del nombre de Dios pronunciado a pesar de lo humano, sin lo humano. Como pretexto de nuevos proyectos de hegemonía, incluso como justificación de la violencia, como respuesta sin pregunta, como sinónimo de ética, como cobijo. No es el caso. No hay atajo posible. “Me ha llamado la atención que el título de este libro sea una pregunta”, había dicho Cuartango al comenzar.

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