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14 NOVIEMBRE 2018
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"De momento la polarización no ha afectado a las clases medias"

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Manuel Mostaza, consultor de administraciones públicas, analiza con paginasdigital.es la situación política y social en España. Mostaza sostiene que el espacio público es cada vez más emocional y menos racional. La polarización actúa como vía de escape.

¿Qué impresión tienes de la situación política actual, que has definido como una hoguera continua?

La sensación que tengo es que el escenario de polarización en que llevamos años metidos no decrece sino que va a más, y eso va generando una especie de hoguera continua y enorme, que no se apaga, que se alimenta, y creo que eso se carga un poco la conexión de ciudadanía, la concordia de ciudadanos que respetan al adversario. Me parece preocupante desde el punto de vista del ciudadano, más incluso que como analista, porque al final la democracia se basa en el respeto a las instituciones, el respeto a las formas y también el respeto al adversario. Y está siendo una cosa demasiado demoledora.

¿Crees que esa polarización se acaba trasladando a la sociedad?

Creo que son dos cosas diferentes. Esa polarización sí cala en el aspecto del debate público, pero como esta es una sociedad de clase media y no la de los años treinta, digamos que la sangre no llega al río. Porque para que la sangre llegue al río necesitas una sociedad empobrecida, muy enfadada. Aquí el enfado se sustancia de manera simbólica a través de esa polarización, pero es verdad que estas cosas degradan los usos y la convivencia, y acabamos aceptando como normal cosas que son auténticas barbaridades. Eso degrada la calidad democrática de un país pero creo que estamos muy lejos de que esa polarización afecte de verdad a la convivencia. En Cataluña sí se parte, pero al final son sociedades de clases medias, insisto, y las sociedades de clases medias es muy complicado que entren en conflicto civil entre ellas o dentro de sí mismas, porque la gente tiene cosas que perder y eso es la mejor vacuna contra las aventuras.

Entonces, ¿hay como dos niveles? Por un lado la polarización política y mediática, y por otro las clases medias construyendo empresa, sociedad.

Eso es. Hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que la comunicación y el espacio público es cada vez más emocional y menos racional, y si hace treinta años lo racional en el espacio público tenía un peso y la gente hacía análisis sesudos, se escuchaban o se leían con respeto y autoridad, como esto se ha ido convirtiendo en algo muy emocional, la polarización se lo está comiendo. Pero insisto en que creo que eso es el debate público, el espacio público. Luego, en la vida privada de la gente, eso es una válvula de escape en una situación de crisis pero una sociedad donde la gente tiene unos ingresos, podemos discutir si son muchos o pocos, pero esto no es la España del año 30, donde la gente se moría de hambre, y eso es una garantía de paz social. En ese sentido, la polarización actúa como válvula de escape de la frustración.

Pero que haya esos dos niveles al final genera una especie de esquizofrenia: por un lado una vida más concreta, más normal, pero por otro un discurso que no tiene nada que ver con la realidad.

Es un poco la vida como representación, como si el espacio público fuera un puro teatro, pura representación, como la sociedad del espectáculo llevada a su máximo nivel, donde todo lo público es como una gran cadena donde suceden cosas a cada minuto, a cada hora, que exige además mucha leña para mantener encendida la hoguera, pero por debajo creo que sigue habiendo un elemento de sociedades normales. Tampoco tengo muy claro cuánto dura, porque en otros países de Europa tenemos movimientos de extrema derecha o de extrema izquierda, que eso sí es un elemento preocupante. En España, al fin y al cabo, Podemos es un movimiento que creo que está muy contenido, no hay un gran partido de extrema derecha, que pongan en duda los consensos sobre los que se han construido nuestras sociedades. España es un país que ha llegado tarde a estos consensos por la dictadura, pero lo cierto es que estos consensos están resistiendo mejor que en otros países. Por ejemplo, en Italia están saltando por los aires, en Alemania también… Y sin embargo este consenso socialdemócrata sobre el que se construye la Europa después de la Segunda Guerra Mundial, la Europa del bienestar, creo que tres de los cuatro grandes partidos españoles lo sostienen.

Eso nos diferencia un poco, ¿no?

Claro. Y tiene sentido. Lo que se construye en Europa después de la guerra es un consenso socialdemócrata, de hecho la crisis de la izquierda socialdemócrata es una crisis de éxito, todos le hemos comprado su discurso: el Estado social, la garantía de los derechos, etc. El PP es un partido que se mueve en esa lógica. Al PP no se le ha ocurrido ni privatizar la sanidad ni las pensiones ni nada. Los españoles, que llegamos tarde, nos lo hemos creído, y creo que eso es bueno. Nos hemos creído el discurso europeo. Quizás porque hemos llegado tarde lo tenemos más reciente, pero es verdad que España y Portugal, que son dos de los últimos países en incorporarse, se mantienen sólidos ahí. En Portugal tampoco hay ningún partido que ponga esto en duda, la izquierda es europeísta. En este sentido, quizá el haber llegado más tarde nos ha permitido estar más cómodos.

Pero decías que no hay que despistarse porque estas cosas se pueden erosionar.

Claramente. En el fondo, el goteo de la erosión no es bueno, y este discurso de la polarización y la leña sistemática erosiona cosas que no sabemos cuán sólidas son. Es verdad que hasta ahora son muy sólidas, pero no sabemos cuánto lo son. Pero de momento está resistiendo.

¿Y por qué los partidos se ven tan arrastrados a esta polarización?

Es muy complicado. Aquí hay dos elementos de fondo. Una claramente es la crisis económica, que es el elemento que propicia la llegada de Podemos, que hace que el discurso de la corrupción y de la indignación cale tanto en la sociedad española. La crisis ha durado mucho, no hemos salido intactos de ella, no salimos en las mismas condiciones en las que estábamos en 2008, y creo que ese es un elemento muy claro.

¿Por la desigualdad?

Creo que es un tema de expectativas incumplidas, esa es mi teoría. Digamos que en España, durante casi cien años, funciona un relato movilizador que todos compramos a finales del siglo XX y que es el relato de la generación del 14, que España es un problema y que Europa y la democracia son la solución. La Transición convierte este relato en real. Es decir, nos incorporamos a Europa, tenemos una democracia y el país tiene un cambio espectacular y a mejor. Es una historia de éxito clarísimo en Europa. ¿Cuál es el problema? Que la crisis de 2008 se carga esta idea. Ya no está tan claro que tus hijos vayan a vivir mejor que sus padres, ya no está tan claro que la democracia garantice siempre el crecimiento económico… Ahí entra la onda del malestar y eso hace que se polaricen las posturas. También la polarización en España cae en un terreno poco abonado porque somos un país con muy poca trayectoria democrática. Los usos y costumbres de respeto al adversario, de entender que el espacio público es de todos, que se puedes ser de izquierdas y tienes que respetar a la gente que se opone al aborto, y al revés, puedes ser una persona muy conservadora y tienes que entender que hay gente que apoya el aborto. Ese tipo de cosas no se generan por caldo espontáneo, necesitas años de usos parlamentarios, de costumbres que en España tienen mucha menos trayectoria desde luego que el Reino Unido, también tienen 40 años menos que en Italia, Francia…

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