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12 DICIEMBRE 2018
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>Entrevista a Héla Ouardi

La muerte de Mahoma, un luto imposible

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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Académica tunecina, Héla Ouardi es autora de “Les derniers jours de Muhammad” (Los últimos días de Mahoma), una “investigación sobre la misteriosa muerte del Profeta”, que ha alcanzado un éxito considerable en Túnez y en Francia. Examinando las fuentes árabes antiguas, Héla Ouardi dibuja un retrato inédito del Profeta del islam, que ha suscitado reacciones encontradas. La biografía hagiográfica impostada en el mundo musulmán cede el paso a la historia de un hombre amenazado y debilitado por las rivalidades entre sus compañeros, pero en esta crisis recupera paradójicamente toda su estatura.

¿Cómo surgió la idea de escribir un libro sobre la vida de Mahoma?

Es una pregunta que todavía me sigo haciendo, porque mi trayectoria universitaria, centrada en la literatura y civilización francesas, no estaba previsto que me llevara a realizar un estudio como este. De hecho, había trabajado principalmente sobre Raymond Queneau. Pero esta historia vino a llamar a mi puerta. Después de la revolución tunecina de 2010-11, me sentí interpelada por el problema que el islam plantea actualmente, tanto a los musulmanes como a los no musulmanes, e intenté ir a buscar las raíces históricas de ese malestar.

Mi investigación pronto cristalizó en torno a la emblemática figura del Profeta. Era la época en que circulaba por internet la película “La inocencia de los musulmanes”, que desató una ola de protestas en el mundo islámico. Habían matado al embajador norteamericano en Bengasi, en Túnez también hubo protestas, aunque con consecuencias menos dramáticas, afortunadamente. Poco después fue el ataque a Charlie Hebdo en París y me dije que tenía que empezar a entender mejor quién era este hombre. De hecho, enseguida me di cuenta de que, habiendo nacido en un país musulmán, no sabía gran cosa del islam. Conocía algunos elementos de la liturgia y ciertas prohibiciones alimentarias, pero no me habían transmitido un conocimiento histórico de la religión.

Así que empecé a leer las fuentes de la tradición por cultura personal: varias Sīra (biografías de Mahoma), entre las que destacaba la de Ibn Hishām, también leí algunos de los textos más antiguos, como el “Kitāb al-Maghāzī” de Al-Wāqidī y las “Tabaqāt al-kubrā” de Ibn Sa‘d. Gracias a un amigo conseguí también una fuente chiíta, el “Kitāb Sulaym Ibn Qays al-Hilālī”, que se considera de los libros más antiguos de la tradición musulmana, aunque contiene pasajes seguramente apócrifos. Naturalmente, también consideré el Corán y su exégesis, pues muchos versículos del libro sagrado del islam hacen referencia a la vida del Profeta.

¿Y qué encontró?

A lo largo de esta lectura, lo que más me llamó la atención fue la dimensión trágica de la última parte de la vida del Profeta. Ya se sabe que el sufrimiento genera empatía y, examinando los relatos dejados por la tradición, encontré todos los ingredientes del fin de un reino: un hombre poderoso, un jefe temido, derrotado por los bizantinos en el año 629 en lo que actualmente es Jordania, que después se encuentra de nuevo en un impasse en Tabuk en el 630 y que ve cómo decae su autoridad. Sus seguidores creían ser soldados de Dios en la tierra y que los ángeles combatían de su lado. Algunos empezaron a preguntarse entonces cómo era posible que los bizantinos (“descreídos”) les hubieran cerrado el camino a Jerusalén. El clima de malestar se acentúa con las disputas en el círculo más estrecho del Profeta. De manera especial, me interesé en el periodo de luto que vivió unos meses antes de morir debido a la pérdida de su amado hijo Ibrahim. Aquello lo sumió en tal estado de abatimiento psicológico que le impedía emprender cualquier acción política o militar y, en su sermón de despedida, al terminar la peregrinación, anuncia su retiro casi abiertamente.

Viene a agravar su situación la enfermedad que se le manifestó durante el regreso de la peregrinación. Todo su séquito empezó a sentir entonces que había llegado la hora de la sucesión. Empezó la tensión y las intrigas. Me impactó especialmente leer en las fuentes que al Profeta le impidieron dictar su propio testamento y que fue objeto, durante sus últimos días, de una especie de secuestro. Por otro lado, sus exequias se celebraron de manera tardía y su cuerpo quedó abandonado durante varias horas, sin que nadie se hiciera cargo de darle sepultura, porque todos estaban demasiado ocupados discutiendo sobre la sucesión. Ahí termina mi relato.

Un famoso hadīth afirma que el islam nació en la emigración (hijra) y acabará en la emigración. En este sentido, la parábola vital de Mahoma se asemeja a la de Moisés en la Biblia, pero con una gran diferencia: Moisés no entra en la tierra prometida, mientras que Mahoma regresa a La Meca triunfante. Sin embargo, si aceptamos que la tierra prometida era, también para Mahoma, Jerusalén y no Arabia, el paralelismo con Moisés se hace más evidente. No se trata de un detalle biográfico. Ese desplazamiento daría al islam un espacio escatológico para evitar una superposición inmediata entre la ciudad terrestre y el Reino de Dios.

Sin duda. Algunas fuentes no musulmanas llegan incluso a decir que Mahoma no habría muerto en Medina sino en Gaza. De eso hablo en el epílogo de mi libro. Estas informaciones se encuentran en algunas fuentes no musulmanas contemporáneas al Profeta, a principios del siglo VII, entre ellas un texto escrito en Cartago, la Doctrina Jacobi. Mahoma tenía un vínculo con Palestina. Su bisabuelo Hachemí, epónimo de la dinastía hachemita, fue sepultado en Gaza. Por tanto, el hecho en sí no sería imposible, aunque siempre nos movemos dentro del ámbito de las hipótesis, sin pruebas tangibles.

Volviendo a la pregunta, el hecho de cortar el vínculo con Jerusalén y las periferias de La Meca fue ante todo una decisión de los califas omeyas. Ciertas excavaciones arqueológicas parecen incluso sugerir que las primeras mezquitas de Siria estaban orientadas hacia Jerusalén, aunque no tengo conocimientos suficientes como para poder pronunciarme a este respecto. La cuestión es que mientras no arrojemos luz sobre las raíces históricas del islam, y en concreto sobre su relación con Jerusalén, seguiremos teniendo problemas con la historia contemporánea.

¿Qué piensa de la cuestión sucesoria, que es central en la división entre sunitas y chiítas? ¿Realmente Mahoma no había previsto su muerte y no había pensado en un sucesor?

La lucha por la sucesión fue una respuesta al malestar psicológico y a la depresión colectiva que llevó inicialmente a un fenómeno que pasó casi inadvertido: la negación de la muerte del Profeta. En efecto, durante las horas caóticas que siguieron a la muerte de Mahoma, vemos a Úmar acusando de infidelidad a todo el que afirmara el deceso del profeta, que debía ser el Testigo de la comunidad musulmana el día del juicio. Es famosa la frase de Abu Bakr, que corrigiendo a Úmar marca para el islam el final del mito y el comienzo de la historia: “Para cualquiera que adorara a Mahoma, Mahoma ha muerto. Pero para quien adorara a Dios, Dios es el viviente que no muere”. Con esta frase, Abu Bakr anuncia que el mito de la profecía ha terminado.

Yo creo que la cuestión sucesoria va ligada a una elaboración fallida del luto. Los musulmanes no sepultaron realmente a Mahoma, lo mantuvieron con vida artificialmente mediante sus reencarnaciones, tanto dinástica, los imanes para los chiítas, como política, el califa para los sunitas. Por lo demás, hay un vacío que nunca se volvió a llenar. La propia palabra khalīfa (“califa, vicario”) indica el carácter artificioso de esa sustitución. En términos funcionales, el califa suní es en realidad un sustituto provisional, que no tiene una existencia autónoma. Es el ínterin, ¿pero a la espera de qué? ¿Del retorno de Mahoma? ¿Del fin del mundo?

Dicho esto, me parece claro que Mahoma no indicó ni a Abū Bakr ni a Úmar para la sucesión. Ni siquiera lo afirman los autores sunitas más ortodoxos. Abu Bakr lo dice en la Saqifah el día de la muerte de Mahoma y vuelve a decirlo en el momento de su propia agonía. Pero, si Mahoma hubiera tenido que elegir a alguien, creo que habría elegido a Ali, por una razón muy sencilla. Porque, en mi opinión, quería fundar una dinastía. Por eso deseaba tener un hijo varón. Si hubiera elegido a Ali, habría sido para asegurarse de que sus nietos ocuparían el poder después de él. En otras palabras, miraba ante todo por sus nietos, Hasan y Husayn.

Sin embargo, creo que resulta evidente que no se trataba de una sucesión espiritual, porque Mahoma se consideraba el khātam al-anbiyā’, el sello de los profetas. Durante su discurso de despedida, él mismo anunció el cumplimiento de su misión. Nadie después de él podrá ser depositario de mensaje religioso alguno. En pocas palabras, la transmisión de un poder terrenal sí, la transmisión de un embrión de estado sí, pero guardaba para sí el monopolio del poder espiritual. Tal vez Mahoma ya había previsto la cuestión sucesoria cuando aún estaba en pleno dominio de sus recursos como jefe de estado, pero en los días previos a su muerte ya no tiene forma de ocuparse de ello. A este respecto, hay una frase muy elocuente. Cuando Bilal, el primer muecín del islam, va a visitarlo el último viernes para invitarle a guiar la oración, Mahoma le responde: “¡Que rece quien quiera! Debo ocuparme de mí mismo”. Como diciendo: “Ahora tenéis las manos libres, yo me preocupo por mí mismo y por la salvación de mi alma”. En su discurso de despedida, sin embargo, terminó afirmando que había transmitido el mensaje y con eso terminaba su misión. Creo que esta actitud se corresponde bien con la condición de un hombre enfermo, derrotado, que se encuentra casi en el punto de partida, siendo perseguido esta vez no por los paganos sino por su familia y compañeros. En aquel momento, después de tantos éxitos, se da cuenta de que “vanitas vanitatum, omnia vanitas”, todo es vanidad y la única certeza de la vida es que vamos a morir. Sus últimas semanas fueron una renuncia, una purificación forzosa, a la que durante mucho tiempo se había sustraído. Esto da una profundidad sublime al personaje, y creo que es por este motivo por lo que su mensaje no ha caído en el olvido. Su destino es trágico, creo que fue asesinado, no directamente con una puñalada, pero sí en el sentido de que le dejaron morir. Ni siquiera recibió la visita de un médico, aunque las fuentes nos dicen que había mucha gente en Medina.

¿Cómo ha sido acogida su investigación en Túnez y en otros países musulmanes?

Mire, no existen países musulmanes. Existen estados cuya religión oficial es el islam, que además tienen pocos puntos en común entre sí. En Túnez, el libro ha tenido un éxito enorme. Tres días después de publicarse se había agotado y ya tenía lista de espera, hasta el punto de que la gente creía que había sido retirado de la venta. La prensa ha dicho que lo habían censurado, pero la verdad es que solo se había agotado. Sencillamente, visto el precio del libro, que se ha valorado en función de un público francés, las librerías tunecinas no habían pedido una cantidad suficiente. Todo fue bien hasta que hice una entrevista en TV5monde. Entonces empecé a recibir amenazas desde Senegal, incluida una fatwa según la cual la obra era “peor que los Versos Satánicos de Salman Rushdie”. En Senegal el libro ha sido quemado y prohibido. Pero afortunadamente en cuanto intervino el Estado tunecino las amenazas cesaron. Mientras tanto, el libro es imposible de encontrar en Marruecos. El ministro de Comunicación ha declarado que no ha habido censura, pero de hecho es imposible encontrarlo, tal vez se trate de una forma de autocensura. Lo mismo para en Argelia.

Después, una entrevista que me hicieron en Le Point fue traducida al árabe por un periodista de Al-Ahram, pero el diario egipcio no la publicó y el periodista la colgó en su página de Facebook, igual que otra entrevista que me hicieron en France24. Aparte del caso de Senegal, no he recibido más amenazas, aunque sí puedo constatar una profunda turbación en torno a mi libro. Un día, uno de mis corresponsales marroquíes me dijo que cruzaba los dedos para que no se tradujera al árabe para que pudiera pasar inadvertido. No está equivocado. He intentado ser discreta, pero también he tenido suerte. En todo caso, el libro se defiende por sí solo, no necesita una tempestad mediática.

En el prólogo, afirma que “la muerte de Mahoma es un episodio que parece cristalizar las raíces del malestar del islam en la civilización moderna”, ¿en qué sentido?

El libro revela que hay un problema sin resolver, y la muerte del Profeta es el emblema. Se trata de la cuestión de la violencia. Hasta el propio profeta la sufrió, fue víctima. La máquina que había puesto en marcha él mismo terminó aplastándolo porque dio una ambición desmesurada a sus compañeros. El pragmatismo, el maquiavelismo, que había demostrado en su carrera como líder político, se reprodujeron casi al pie de la letra en sus compañeros y sucesores. Eso explica la permanencia del conflicto entre sunitas y chiítas, por ejemplo. En mi opinión, el problema del islam se manifestó ya en el momento de la muerte del Profeta, que puso a una religión ante el final de la historia. No es casual que todos los movimientos terroristas actuales tengan una dimensión escatológica.

Entonces la pregunta auténtica sería: ¿existe algo entre el final de la profecía y el final del mundo?

Sí, esta es justo la cuestión. Como para la comunidad musulmana del 632, nuestra alternativa está clara, ¿entrar en la historia o salir? La entrada en la historia la impuso Abu Bakr, pero todavía estamos pagando el precio, porque no hay una auténtica separación entre el poder espiritual y el político. El cáncer de la sucesión, en mi opinión, se extendió por todo el cuerpo político. Y seguirá planteando problemas hasta el día en que haya una auténtica ruptura entre el califato como monarquía teocrática y un poder terrenal confiado a todos, llamémoslo democrático, porque hasta hoy no hemos encontrado nada mejor.

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