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14 NOVIEMBRE 2018
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La tribu de Comunión y Liberación, bajo la mirada del sociólogo Mikel Azurmendi

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  39 votos
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Una memorable conversación sobre el nuevo libro de Mikel Azurmendi se produjo el sábado 14 de octubre en EncuentroMadrid. Se titula ‘El Abrazo. Hacia una cultura del encuentro’. Publicado por la editorial Almuzara, describe lo que Mikel Azurmendi ha encontrado conviviendo a lo largo de dos años con la gente de Comunión y Liberación. El autor es un experimentado sociólogo y catedrático retirado de antropología en la Universidad del País Vasco, su larga trayectoria es la de un buscador infatigable, amante de la libertad e impetuoso perseguidor de la justicia.

En su juventud militó en ETA, organización que abandonó por su oposición a la violencia, fue miembro del Foro Ermua y fundó la plataforma Basta Ya. Lo que empezó siendo una relación casual con algunos miembros de CL ha llegado a ser un libro que, a juzgar por el autor, solo da parte de lo que he visto y, por eso, no lo considera una obra acabada. Es un libro en el que narra la realidad que ha conocido durante este tiempo que ha dedicado a "husmear", como él mismo dice, las obras de este movimiento eclesial, para entender qué hay detrás de esos rostros excepcionales que conoció en el que es uno de los encuentros culturales más importantes de la capital.

Ya el título da una pista sobre lo que ha encontrado: “un abrazo. Hacia una cultura del encuentro”. Durante la presentación que hizo el sábado lo explicó así: “¿Qué he visto? Un asombro del estilo existencial vuestro, de cómo estáis ante la vida”. Un estilo de vida del que Azurmendi destaca dos características fundamentales, o más bien, utilizando su vocabulario, dos motores: la concepción de la vida como don gratuito –“¡la vida es para darla! Y yo antes vivía para gastarla”, dice con énfasis–y la dependencia, “el otro es un bien, todo lo que soy yo en buena parte depende de otros”, explica. Siguiendo el recorrido que él mismo ha hecho, pregunta a la audiencia que estaba escuchándole: “¿cuál es la gasolina de estos dos motores? La gasolina es Dios, pero no sólo Dios, es Jesús, que es Dios hecho hombre”.

Pero ¿cómo ha llegado a dar esta respuesta? Como dice el título del libro, a través de un encuentro, o en su caso tres, que confiesa fueron fulminantes. Mucho antes de conocer EncuentroMadrid, en una temporada de hospital cuando estaba gravemente enfermo, el antropólogo empezó a escuchar un programa de radio temprano por la mañana. “Esa voz me enseñaba a mirar la realidad”, explica conmovido. Pensando que iba a morirse, le vino una idea a la cabeza: “tenía mucho bien que hacer antes de morirme”; y decidió empezar pidiendo perdón a un sacerdote que llevaba felicitándole la Navidad diez años sin obtener respuesta. Después de eso “vino a verme a San Sebastián y sentí una mirada alucinante dentro de mí, como si me perdonara, me estimaba, me sentí como nuevo”. Fue él quien le invitó a hablar en EncuentroMadrid. Pero la sorpresa no se la llevó durante su intervención, sino justo antes, cuando un chófer fue a recogerle. Un conductor que resultó ser ingeniero, y que estaba trabajando gratuitamente, un sábado por la mañana, para sostener el EncuentroMadrid.

Estos tres encuentros han sido la mecha para que iniciara esta exhaustiva investigación que le ha llevado por colegios, campamentos, obras de caridad, etc. Explica, con un ejemplo, lo que ha visto. Resulta que en uno de los colegios se topó con una frase, escrita a la altura de los ojos de los niños, que podría haberle pasado desapercibida y sin embargo le conmovió: tú eres un regalo. “Entre todas las cosas del mundo, tú eres un regalo”. Le habría gustado haber sido un profesor como ellos, reconoce, “enseñar la realidad que ha hecho Dios” partiendo de que cada niño es un regalo. En esta frase no ve una recomendación infantil, sino todo un giro antropológico que hace que el sesudo y riguroso sociólogo Azurmendi se repiense a sí mismo, desde parámetros nunca antes imaginados. Este viaje le ha llevado también a Valdemingómez, a las afueras de Madrid, donde la droga campa a sus anchas. Un grupito de CL va allí todos los viernes a dar de cenar a los drogadictos. “No entendía por qué lo hacíais, me quería ir de allí”. Le parecía una tarea inútil frente al mal de la droga y le volvían a la cabeza los presupuestos de Max Weber sobre la inutilidad de gestos así para acabar con el mal en el mundo. Sin embargo, después de varias conversaciones y viendo con sus ojos otras obras de caridad y sus razones, entendió que estos gestos no consisten en dar un duro o ropa vieja, sino “vaciarte de lo que eres y mirarles”. Tras esa visita con los de Bocatas se puso a pensar qué podía hacer. “Se me ha ocurrido visitar a las víctimas de ETA simplemente por estar con ellos”. Algo tenía que hacer después de lo que había visto. “La caridad es una fuente de identidad. En Bocatas te dicen que se sienten renovados, y ves que tienen una identidad distinta a la que tienen sus compañeros de colegio”, dice sobre los chavales que participan de este gesto todas las semanas. Los sociólogos dicen que las iglesias están vacías, pero lo que no estudian es que la caritativa forma identidad y pertenencia, reflexiona delante del público.

Todo este recorrido no lo ha hecho solo, su ahora esposa –puesto que se han casado a raíz de haber conocido el movimiento de CL, tras muchos años de convivencia– le ha acompañado “de la mano”. A ella le dedica el libro “por esta caminata hecha juntos”. Cuando se le pregunta por esta dedicatoria responde: “es un regalo que me hace Dios, ella venía de la meditación budista y nos hemos metido en la vida agradecida del amor y la gratuidad”. Aunque el libro lo firma él, confiesa que ha discutido con ella página por página, y que el resultado no habría sido el mismo sin su voz tranquila y mansa, y sin su mirada.

En el libro, describe la diferencia que han percibido entre cómo vivían ellos, y cómo viven éstos que han encontrado. “Cada vida individual se muestra como una obra del arte del vivir –explica– y vosotros lleváis una vida única, no hacéis lo que hacen vuestros colegas”. Y continúa: “nosotros interaccionábamos de otra forma, para quedar bien”. Esta última idea la explica con un ejemplo gráfico. En nuestro mundo “cada yo es un clavo del que cuelgan las caretas que nos vamos poniendo”. En cambio, “para vosotros cada vida está hecha por un personaje que asume todos los actos que hace”. “Sois los mismos todos los días, tenéis la misma vida, por eso sois especiales, la gente no es así”, exclama sorprendido. Y esto es así “porque dependéis de otro”. Lo explica utilizando de nuevo la idea de la obra arte. “Cada hombre trabaja su vida como una obra, y vosotros tratáis de calcar la vida de Jesús. (...) Tratáis de ser Jesús, por eso acogéis así”. Lo ha percibido, señala, en el carácter y la alegría con que se hace todo, construyendo así una obra atractiva.

Inevitablemente todo libro tiene su final, y el final de la escritura le provocaba cierta congoja al autor. ¿Y ahora qué? “Ahora estáis vosotros –dice–. Nos habéis desvelado una vida nueva”, concluye, no sin antes expresar su más profundo agradecimiento.

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Gesticulación contra la vida

Fernando de Haro

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

Gesticulación contra la vida

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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