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13 NOVIEMBRE 2018
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Solo la cruz ayuda a las iglesias a permanecer unidas

Francesco Braschi | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
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Ya estamos en la segunda mitad del mes en que el papa Francisco ha invitado a todos los cristianos a rezar el Rosario invocando a San Miguel Arcángel para que proteja a la Iglesia del diablo y sus intentos de separarnos de Dios y de nuestros hermanos, y no podemos dejar de reconocer cada día la más absoluta pertinencia de esta invitación ante los acontecimientos que agitan la Iglesia, y no solo la Iglesia católica.

No en vano nos recuerda que diabólica es aquella obra que comporta una doble separación: de Dios y de los hermanos. Si nos damos cuenta, esta obra malvada es continua, capaz de insinuarse en cualquier ocasión y de adoptar la forma de cualquier disfraz pues, como nos recuerda san Pablo, “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14). San Pablo formula esta expresión escribiendo a una comunidad –la de Corinto– que él mismo evangelizó  y que se dejaba llevar fácilmente por otros “super-apóstoles” que predicaban una fe más “exclusiva” intelectualmente, llena de una aparente sabiduría y dotada de un alcance cultural más fácilmente aceptable por la cultura del momento. En otras palabras, un mensaje menos radical y exigente de la “cruz de Cristo” que Pablo no solo predicó sino también vivió, prestándose con sencillez y humildad a sostenerla con tal de que no fuera un peso excesivo para nadie. Pero justo esa renuncia suya se convirtió para sus adversarios en un argumento para descalificarlo, acusándolo también de promover con fines personales una colecta de dinero en favor de los pobres de Jerusalén, y para descalificar su doctrina, así como para promocionarse ellos mismos, como portadores de una forma más atractiva y fascinante de cristianismo.

Este episodio, aparentemente tan lejano en el tiempo, nos ayuda a comprender con más claridad el desafío radical al que nos enfrentamos ahora, tanto en Oriente como en Occidente. Un desafío que afecta directamente a nuestra fe y a la Iglesia como lugar de su pleno acontecer. En ámbitos y condiciones distintos, vemos suceder fenómenos similares. En Occidente se trata de la contraposición entre partidos y corrientes de opinión dentro de la Iglesia católica, donde son objeto de contienda el magisterio del papa Francisco, la comprensión de la tradición en sentido estático o dinámico, las modalidades de acercamiento a una humanidad largamente descristianizada. En Oriente estamos siendo testigos sobre todo del conflicto entre los patriarcados de Moscú y Constantinopla a propósito de la autocefalía de la Iglesia en Ucrania. Este dramático conflicto es solo la última manifestación de un problema complejo que afecta –como vimos de manera dramática durante el sínodo ortodoxo en Creta en 2016– por un lado a la forma y a la práctica de las relaciones entre las iglesias ortodoxas, y por otro al testimonio de la ortodoxia en el mundo contemporáneo.

Lo que une procesos tan diversos y extendidos es la representación en todas estas situaciones de una doble tentación: la división como solución y el olvido de la cruz.

La primera tentación, presente de muchas formas, tiene como denominador común la progresiva instauración de un pensamiento que ve en la separación, en la contraposición, en la concepción dividida una modalidad de afirmación de la verdad o, al menos, de la praxis del cristianismo. Se llega a pensar que en una determinada contingencia histórica no hay otro camino que la separación del “adversario”, una separación que puede ser geográfica, canónica, personal, o que puede verse como un primer paso hacia la “desaparición” del otro, por vía de asimilación o de alejamiento definitivo.

Puede asumir la forma de una petición de renuncia, de cambio de jurisdicción, de constitución de una nueva realidad eclesial oportunamente distinta, o acabar en la petición al otro de que renuncie a su alteridad dejándose absorber por el “lado justo”, pero el denominador común es la consolidación, poco a poco, de una especie de falsa “mística de la división”, que se muestra capaz de imponerse como criterio principal de discernimiento, e incluso de lectura de las fuentes bíblicas y tradicionales, lo que a menudo resulta en una exaltación del “nosotros” siempre en contraposición con los “otros”, cuya presencia o compañía se vuelven francamente insignificantes, cuando no explícitamente excluidas. El precio a pagar es la pérdida de la “catolicidad”, entendida no en sentido meramente confesional sino como compartición personal de la vocación de la Iglesia a ser instrumento de salvación para todos los hombres.

La segunda tentación, la de olvidarse de la cruz, se manifiesta ante todo en la exaltación de reglas, cánones, que se convierten ante todo en motivo de afirmación exclusiva del propio derecho frente al adversario, llegando a asumir un valor absoluto, olvidando muchas veces la propia inspiración del origen, y la finalidad, que es siempre la de ofrecer instrumentos para la comunión, y no para la división o contraposición.

En este sentido, resulta emblemático el significado del término “autocefalía”, es decir, la afirmación de la independencia de toda Iglesia local y su autogobierno, ante la injerencia de otras Iglesias locales. De hecho, la aparición de este principio se reconoce en la autonomía que el Concilio de Éfeso garantizó en el año 431 a la Iglesia de Chipre respecto al Patriarcado de Antioquía, estableciendo que ningún obispo “puede apropiarse de una provincia que ante no hubiera estado ya desde el principio bajo su autoridad o la de sus predecesores (…) para que (…) bajo la apariencia del servicio a Dios no se insinúe la vanidad del poder mundano y se pierda poco a poco la libertad que nos donó con su sangre nuestro Señor Jesucristo, liberador de todos los hombres” (del decreto del concilio de Éfeso). Lo que se excluye explícitamente es la entrada –en las relaciones entre los cristianos y las Iglesias– de una lógica mundana de poder como fundamento de la autonomía; mientras que se entendía positivamente afirmar la posibilidad de reconocer de manera cordial y coral la llamada a la libertad de una Iglesia local y la entrada de nuevos pueblos –con su cultura, historia e individualidad– en el único rebaño de Cristo, así como sostiene la autonomía dentro de la comunión de la Iglesia y entre las Iglesias.

En lugar de esa riqueza y ese amplio respiro que está en su origen, muchas veces a lo largo de la historia la reivindicación de la autocefalía se ha convertido en un afilado bisturí al que confiar la tarea de resolver problemas separando totalmente las competencias mutuas y las jurisdicciones, con el trágico resultado de imponer fronteras nuevas y demasiado dependientes de las contingencias históricas y geopolíticas, movidas por la lógica propia de los poderosos de este mundo, entre los cuales las Iglesias también se acostumbran a vivir aisladas y con una reducción asfixiante su propio carácter nacional.

Pero este aspecto también tiene que ver con la comprensión misma de la figura de Cristo como fundamento y autor de la fe. La referencia a la cruz significa, de hecho, la afirmación de que la defensa del propio “derecho” no puede convertirse en el objetivo único y definitivo de la propia acción, como recordó el papa Francisco cuando visitó en junio el Concilio ecuménico de las Iglesias en Ginebra. “A lo largo de la historia, las divisiones entre cristianos se han producido con frecuencia porque fundamentalmente se introducía una mentalidad mundana en la vida de las comunidades. Primero se buscaban los propios intereses, solo después los de Jesucristo. En estas situaciones, el enemigo de Dios y del hombre lo tuvo fácil para separarnos, porque la dirección que perseguíamos era la de la carne, no la del Espíritu”. Solo aceptar “trabajar sin provecho” permite vencer esta lógica. “Cada cual anda diciendo: ‘Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo’” (1 Cor 1,12), antes que “judíos o griegos” (Gal 3,28), del Señor antes que de derechas o de izquierdas, elegir en nombre del evangelio al hermano en vez de a uno mismo significa muchas veces, a los ojos del mundo, trabajar sin provecho. ¡No tengamos miedo a trabajar sin provecho! Se trata de una pérdida evangélica, según el camino indicado por Jesús. “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Lc 9,24). Salvar lo propio es caminar según la carne; perderse siguiendo a Jesús es caminar según el Espíritu. Como enseña el propio Jesús, no son los que acaparan los que dan fruto en la viña del Señor sino aquellos que, sirviendo, siguen la lógica de Dios, que sigue donándose (Mt 21,33-42). Es la lógica de la Pascua, la única que da fruto.

Nos enfrentamos así a la cuestión más radical, que ya evocábamos al principio, aquella por la cual el desafío de la división solo se vence con la disponibilidad a hacer de la cruz no un tema de debate teológico sino carne y sangre de la experiencia cotidiana, lógica nueva e inesperada en las relaciones dentro de la Iglesia y con los que aún no forman parte de ella.

Pero, ojo, no basta con recordar esto a los pastores de las Iglesias. La conversión siempre es un hecho personal, que parte de la disponibilidad para dejarse interpelar por las preguntas más incómodas y necesarias. Como por ejemplo, ¿qué significa para mí, ahora, reconocer que la Iglesia en la que recibí el bautismo es un lugar donde –a pesar de los defectos y pecados de quienes la forman y guían– Cristo me acoge y me ofrece los dones y gracias necesarias para mi salvación? ¿Qué significa para mí –escuchando las noticias, relacionándome con cristianos de sensibilidades distintas a la mía– reconocer ante todo la vocación común a la salvación y a la misión, y no dejar que prevalezca una lógica dividida y oportunista, hasta llegar a pensar que la dificultad, la herida o el castigo infligido a otra iglesia o a otra parte de la Iglesia –aunque sea culpable o haya descuidado su propia dignidad u olvidado su misión– puede ser inevitable o incluso, en el fondo, un bien? El Señor “la mecha vacilante no la apagará” (Is 42,3), ¿y nosotros estaremos dispuestos a celebrar la herida infligida a una Iglesia hermana, aunque sea para el triunfo de un derecho?

Que nadie piense que estas preguntas se pueden etiquetar, en el fondo, como “moralistas” o “buenistas”. Todo lo contrario. Se refieren a la calidad de la fe, a su esencia, a reconocer que solo la humanidad de Cristo es imagen real de nuestra propia humanidad, y que no podemos dejar de desear, pedir, implorar que cualquier decisión nuestra refleje su modo de mirar, juzgar, actuar (“pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”, Mt 5,39).

En conclusión, para volver al ambiente eclesial que estamos viviendo, si en este momento no se nos da la ocasión de ver comportamientos evangélicos en las relaciones entre las iglesias y dentro de las iglesias, esto puede y debe convertirse en objeto de una oración insistente y apasionada, y también en trabajo personal para que en las relaciones entre cristianos (¡sobre todo!) cada uno de nosotros pueda experimentar y actualizar en primera persona esa cruz que nos hace disponibles a hacernos cargo de las debilidades de otros, plenamente conscientes de las nuestras. Y así reconocer una novedad posible, inicial, auroral –fruto de la gracia, es decir, de la presencia de Cristo– no solo en la vida eclesial sino también en nuestra vida personal.

Esta certeza llena de confianza en la acción de Cristo, incluso dentro de un contexto que se presenta fatigoso, confuso, desorientado para la fe de muchos creyentes, nos pide explícitamente vivir con mucha humildad la amistad y la compañía con nuestros hermanos ortodoxos, entre los cuales hoy muchos se preguntan cuál es la Iglesia a la que pertenecen, mientras sienten profundamente el peso de toda una historia que ha visto abordar entre sí cuestiones religiosas, políticas y nacionales. Para muchos de ellos, el deseo de vivir la libertad de la fe liberándose de un pasado de opresión y violencia, y como acogida de tantos creyentes hasta ahora excluidos de la comunión eclesial, está lleno de sinceridad, como también es cierto el dolor de muchos que no interpretan esta separación en clave de disminución del prestigio nacional sino, más profundamente, como otro factor de división entre las familias, los amigos, los creyentes acostumbrados a compartir la vida de la fe.

Por nuestra parte, reconocer este caso tan dramático y querer reconocer cada fragmento de bien que se encierra en el corazón de cada uno de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, deseamos reafirmar, suave pero contundentemente, la voluntad de continuar siendo amigos y compañeros de camino de cada uno de ellos, sin dejarnos determinar por vetos cruzados o lógicas de poder. Al mismo tiempo, tampoco renunciamos a proponer a nuestros amigos ortodoxos esas preguntas tan fundamentales sobre la fe y la cruz que sentimos dirigidas a nosotros por la provocación de estos días.

Por tanto, el desafío continuará en el futuro. No es cierto que un cambio de jurisdicción patriarcal o el advenimiento de un pontífice con más “sintonía” con la propia postura lo que podrá garantizar a cualquier cristiano la salvación. Por otra parte, están los innumerables ejemplos de los mártires del siglo XX que nos muestran que no existe una situación (social y mucho menos eclesial) que haga imposible por sí misma vivir la fe. Partiendo justamente de la certeza experimentada de que Cristo me acoge a mí igual que acoge al hermano que pertenece a otra Iglesia, jurisdicción o grupo eclesial, se reabre continuamente, día tras día, la posibilidad de volver a reconocer la perenne novedad de la Pascua, es decir, el retorno de la muerte a la vida que el Espíritu del Resucitado opera con incansable fantasía y novedad. Implorando que de estos tiempos difíciles pueda surgir una novedad que nos testimonie, una vez más que “para Dios nada hay imposible”.

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Gesticulación contra la vida

Fernando de Haro

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

Gesticulación contra la vida

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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