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11 DICIEMBRE 2018
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Los volcanes no avisan

Alver Metalli | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Volver a Nicaragua después de cuarenta años produce impresión. Estuve aquí otras veces, pero ahora es diferente: termina un ciclo y cada cosa se presenta acompañada por una acumulación de imágenes. También la revolución sandinista está terminando un ciclo. En aquel momento, hace cuarenta años, Daniel Ortega era uno de tantos muchachos que habían salido a la calle cargando fusiles poco sofisticados, la Guardia Nacional de Somoza estaba en desbandada y el dictador con el resto de sus fieles se ponía provisoriamente a salvo en Miami. Un año después, en septiembre de 1980, el disparo de una bazuca lo hizo saltar por el aire en Paraguay, ajusticiado por la mano larga de una revolución que no le había perdonado la crueldad de los últimos años. ¡Cuántas conclusiones simbólicas! Ahora Ortega, casado entre tanto con la señora Murillo, se encuentra acorralado por jóvenes como él, nietos de aquellos que lo impulsaron hasta el vértice de la pirámide y que no le perdonan que haya disparado contra estudiantes universitarios. “Los volcanes no avisan” dice la escritora María López Vigil. Y así es. La catastrófica erupción llegó el 19 de abril y arrasó con todo, como el terremoto de 1972 del que todavía se pueden ver rastros en el centro de Managua. Las paredes del edificio político y social construido por Daniel Ortega están llenas de grietas que anticipan el próximo derrumbe.

El primer movimiento telúrico se produjo el 3 de abril, cuando se incendió la reserva del Río Indio-Río Maíz. 300.000 hectáreas de selva virgen que se extiende al sur de Nicaragua entre el río San Juan, en el límite con Costa Rica, y el río Punta Gorda, sobre la costa del Caribe, y 300 estudiantes de la Universidad Centroamericana de Managua se concentraron delante de la sede de la Asamblea Nacional con pancartas que acusaban a Daniel Ortega del desastre ecológico. El segundo sacudón se sintió pocos días después, cuando algunos cientos de ancianos que protestaban por una quita del 5 por ciento de su jubilación fueron maltratados por militantes sandinistas en la ciudad de León, a menos de cien kilómetros de Managua. “En las casas de Nicaragua los ancianos son figuras muy respetadas, sobre todo las abuelas” nos explican en la sede del canal de televisión 100% Noticias, uno de los más escuchados y batalladores en la Nicaragua actual. “Las nicaragüenses son familias con muchos hijos y las mujeres son abuelas muy jóvenes; en las casas son madres sabias, más presentes que la madre natural; los abuelos y las abuelas, para nosotros, no se pueden insultar impunemente”. “El despertar de las conciencias”, así lo llama un sacerdote de Managua con cabello largo y rasgos indígenas, ha desbordado como el agua de un dique por los canales etéreos de los wi-file instalados gratuitamente por el gobierno en las plazas y parques de la capital. El tam tam digital tuvo una velocidad increíble; al cabo de pocos días desactivaron los router, porque quienes los habías proporcionado se dieron cuenta de que se habían convertido en un arma mortal en manos de los jóvenes, pero ya era demasiado tarde. El 19 de abril llegó la gran protesta y la masacre, la erupción del volcán, una fecha que marca el punto sin retorno para Daniel Ortega, la señora Rosario Murillo y su régimen. El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quien formaba parte del núcleo que casi cuarenta años atrás derrumbó el orden somocista, recurre a Hans Christian Andersen y su fábula “El traje nuevo del emperador” para señalar que, efectivamente, el rey ha quedado desnudo. Lo mismo que gritaron los estudiantes de Managua desde la puerta de su universidad antes de ser atacados por las turbas sandinistas enviadas por sus propios padres.

Las rotondas de Managua, con los “árboles de la vida” plantados en el corazón de la capital, son en cierta forma el símbolo urbanístico de la Nicaragua sandinista que debía celebrar los éxitos de la revolución ya madura, estacionada, encarnada en la última década por la dinastía Ortega-Murillo. Las primeras están patrulladas por empleados del gobierno, que han abandonado sus puestos en las oficinas públicas, con la misión de hacer frente a los nuevos “contras” que podrían volver a ocuparlas después de los días de furia; los segundos, los mastodónticos árboles multicolores de siete toneladas cada uno, son derribados por la rabia de los manifestantes que ya echaron por tierra cerca de cien de los ciento cincuenta erigidos por una revolución que quería ser justa y alegre.

Las protestas de abril han acuñado una bandera – tiene dos bandas azules con la franja central blanca, adoptada en 1971 a imitación de la bandera de los Estados Unidos de América Central – pero no hicieron surgir líderes destacados, duraderos, visibles; no dieron origen a coágulos estables y articulados que se puedan calificar como oposición. La de los jóvenes de Nicaragua es una protesta líquida que, como en la película de Del Toro, asume “La forma del agua”, corre de una plaza a otra y la dispersan, se condensa un poco más allá y grita su descontento contra un gobierno que deja quemar hectáreas y hectáreas de selva y maltrata a los ancianos que protestan por el recorte de las jubilaciones. En el fondo, me hace ver el dirigente de una ONG que como tantas otras no tiene una vida fácil en los últimos tiempos, es mejor que no se hayan celebrado las elecciones anticipadas que reclamaban a los gritos, porque no hubieran tenido tiempo de organizarse con una verdadera propuesta política de transición.

La iglesia de la Divina Misericordia, cerca de la Universidad Nacional de Nicaragua, tiene las paredes perforadas como un colador. El 13 de julio estuvo sitiada durante 17 horas y después fue atacada por grupos paramilitares afines al gobierno. Aquí mataron a dos jóvenes y cerca de cien se salvaron cuando el párroco Raúl Zamora abrió las puertas y los hizo entrar. “Creí que había llegado a un acuerdo con los atacantes para dejarlos salir pacíficamente, porque era evidente que no eran peligrosos y lo que pedían era completamente razonable, pero en cambio, empezó el ataque”, nos cuenta. “Vi morir a uno de ellos con un balazo en la cabeza…”. El edificio perforado es como el símbolo de la Iglesia de Nicaragua, una Iglesia que junto con sus párrocos ha estado indiscutiblemente al lado de los jóvenes revoltosos. Que abrió las puertas de los edificios de culto para que entraran los perseguidos, que curó a los heridos, que sepultó a los muertos, que rescató de la cárcel a los arrestados. Que visitó a las familias de las víctimas, que consoló a las de los desaparecidos, que llevó alimentos a los que no tenían comida. “Cumplió al pie de la letra lo que pide el Evangelio” afirma la directora de la revista Envío, que en una época era partidaria de la teología de la liberación, María López Vigil, y cita el conocido pasaje donde el Maestro recomienda a sus discípulos que visiten a los presos, den de comer a los hambrientos y vistan a los desnudos. Las obras de misericordia, precisamente.

Unos metros más allá de la Divina Misericordia, mudo testigo de persecuciones, disparos y gritos, se encuentra la estatua de Juan Pablo II que recuerda su visita a Nicaragua en 1983. En aquel momento fue recibido y mal soportado por una revolución arrogante que lo recibió al grito de “Entre cristianismo y revolución no hay contradicción”. El monumento al pontífice polaco comparte el lugar con el de Rigoberto López Pérez, de veintisiete años, quien el 21 de septiembre de 1956 se infiltró en una fiesta del Club Social de Obreros de León, disparó al pecho del presidente Somoza padre y cayó derribado por una lluvia de balas de sus guardaespaldas. Rigoberto López murió instantáneamente, Somoza agonizó algunos días en un hospital de la zona del canal de Panamá. Su hijo, Luis Somoza Debayle, tomó su lugar y continuó la sangrienta dinastía.

Más abajo, en la siguiente rotonda, se ha reunido el acostumbrado grupo afín al gobierno que despliega banderas sandinistas rojas y negras. Está allí para advertir a los exaltados, atrincherados en el cercano campus universitario, que no pueden pasar ciertos límites y que la protesta es legítima cuando refuerza las instituciones de la revolución, pero se convierte en reaccionaria cuando pide que las reformen. Otra rotonda, otro insigne literato nacional, el poeta Rubén Darío, otra universidad, otro volcán en erupción. Es el campus de la Universidad Católica de Managua, con diez mil estudiantes, obras de los jesuitas, que en América Central se dedican a la educación superior. La UCA ha hecho su aporte de rabia y de sangre a la rebelión del 19 de abril. Ese día sus puertas se abrieron para dar refugio a los estudiantes que se replegaban ante el ataque de las bandas de militantes sandinistas que hoy mantienen sitiado el enclave. Al replegarse en la universidad, necesariamente deben haber corrido delante del busto de monseñor Romero, colocado a la derecha de la entrada en 2016, y puede que algún fugitivo haya invocado al mártir que acaba de ser reconocido santo por el Papa Francisco, para que lo protegiera de una violencia que tanto se parece a la que puso fin a su vida en El Salvador.

¿Quiénes son los fugitivos? Nietos de familias sandinistas en gran parte, que no conocieron la revolución de los años 80 de primera mano y la oyeron contar a sus abuelos. No saben mucho de Somoza, salvo lo que pueden leer en los manuales de historia escritos por los intelectuales sandinistas en los años ’90. De clase media y media baja, asisten a la universidad gracias a becas concedidas por el Estado y por fundaciones privadas. También están muy familiarizados con las redes sociales y tienen una fuerte conciencia ambientalista. Que una parte del territorio nacional hubiera sido arrasado por las llamas ha sido suficiente para que apuntaran con un dedo acusador al gobierno negligente. Como Denis Herrera, que tenía 13 años cuando la Guardia Nacional de Somoza se desbandó y los jóvenes como él perseguían sus restos. No participó en aquellos hechos, pero recuerda el entusiasmo de aquellos días, el mismo entusiasmo que él siente ahora. Y ahora recuerda la seriedad de su abuela, que no la compartía. “Cuando le pregunté por qué» nos dice pensativo, “ella primero se quedó callada; tal vez para no herirme, después me contestó que ya sabía como terminaría todo, porque “el que sube muy alto ya no quiere volver abajo”. Nada más». Poco después Ortega asumió el control del proceso revolucionario. Misterio inicuo del poder. María López Vigil nos confiesa que ella también aplaudió a los sandinistas abocados a construir un nuevo orden. Tiene un año más que Ortega, 73 él, 74 ella. Después dice que vio cómo secuestraban la revolución. Hoy aplaude a los jóvenes a los que enseña. Sus alumnos estuvieron en las calles para protestar, en la cárcel, en el exilio, muertos. No culpa a una abstracta revolución, sino a concretos revolucionarios de un tiempo, corrompidos por su mismo poder. “Si los que hacen la revolución no aceptan límites, si no hay un contrapeso, ellos mismos devorarán su propia revolución”. Sorpresivamente trae a colación una expresión latina, memento mori, recuerda que debes morir. “La muerte es el signo de nuestra fragilidad, hay que tenerla presente, eso nos hace ser realistas para conducir la vida de otros y nos permite recuperarnos de las caídas y los excesos. Daniel Ortega, en cambio, se cree Dios omnipotente”. Critica el concepto de vanguardia: “Es un grave error la pretensión de saber lo que el pueblo quiere y lo que necesita. Los verdaderos revolucionarios deben acompañar, servir”.

En Managua no se ha decretado el aborrecido “toque de queda” nocturno que deja la ciudad en manos de las fuerzas de seguridad, pero es como si lo hubiera. De noche, Managua está desierta, los locales están cerrados, la vida se refugia en las casas hasta las primeras luces del día. Después vuelve a empezar con aparente incertidumbre. Tras las sacudidas de abril, el enjambre sísmico advierte que el volcán todavía está activo y listo para entrar en erupción. Ortega ha domado la protesta con el peso de una represión desmensurada que provocó cientos de muertos, miles de heridos, decenas de desaparecidos y más de trescientos presos que van recuperando la libertad con cuentagotas mientras otros son arrancados de sus casas y ocupan el lugar que dejaron. Las organizaciones de derechos humanos calculan que todavía quedan cerca de 400 personas detenidas por motivos políticos, 350 con proceso judicial abierto, acusadas de “terrorismo”. El río cárstico de la revuelta corre ahora bajo tierra, pero nadie duda de que volverá a la superficie en el momento más inesperado y fuera de los cauces conocidos. En la tierra de los cien volcanes, todos saben que los volcanes no dicen cuándo van a entrar en actividad. “Esto no ha terminado” asegura un editorialista del Nuevo Diario. “El presidente Ortega conoce al pueblo de Nicaragua, sabe que puede soportar mucho, que tiene capacidad de resistencia, que se sacrifica cuando es necesario, pero esta vez Ortega ha pasado la línea roja y el pueblo no le perdonará jámas que haya mandado a matar jóvenes universitarios”.

Los escenarios futuros son múltiples y dependerán de la conjugación de factores que todavía están en movimiento. En los últimos días el Ministro de Economía de Ortega presentó el Presupuesto para 2019 y reconoció que las pérdidas económicas son tres veces superiores a las que provocó el huracán Mitch en 1998, que aquí fue devastador. Son comparables a las del terremoto de Managua en 1972. Todos los indicadores apuntan hacia abajo. El año que viene el crecimiento será negativo. El panorama que plantea un observatorio independiente relacionado con la industria nacional de Nicaragua habla de parálisis de las inversiones, de crédito internacional con cuentagotas, de derrumbe del consumo fuera de la canasta básica, de reducción del gasto público con aumento de la desocupación. La ocupación informal ya habría crecido 116.000 unidades, según los datos del gobierno, y el doble según los números de la Fundación para el desarrollo económico y social (Funide). Las exportaciones y las remesas de nicaragüenses residentes en el exterior podrán dar oxígeno a la anemia económica del país, las primeras porque están relacionadas con una demanda internacional que no se ve afectada por la crisis interna, las segundas porque aumentará el número de nicaragüenses expatriados, y los que ya lo hicieron tenderán a ayudar más a los que quedaron en el país. La situación podría agravarse más si los países importadores de mercaderías made in Nicaragua decidieran implementar sanciones comerciales. El 40% de las exportaciones nacionales está destinado a Estados Unidos, el 25 por ciento a América Central y el 15 por ciento a Europa. Con cualquiera que se hable, el presidente Daniel Ortega tiene los días contados. Habrá que ver cuántos, y qué les pondrá fin. Las elecciones presidenciales de 2021 están lejos. Probablemente demasiado. Y ya se sabe que los volcanes no avisan.

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

La Europa del contrapunto

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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