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14 NOVIEMBRE 2018
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El terremoto exige recimentar

Fernando de Haro, Santiago de Chile | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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Escribo en un café, a pocos metros de la iglesia de San Francisco. El templo más antiguo de la época colonial (siglo XVI) que queda en pie en el centro de Santiago de Chile. La ciudad ha sufrido múltiples terremotos. El claustro de los franciscanos, convertido en museo, guarda encantadores tesoros de un barroco mestizo, ese barroco que hizo la síntesis entre el catolicismo llegado de España y la cultura del país. La síntesis corre el riesgo de convertirse en una pieza de colección. Horas antes, muy cerca, se ha celebrado frente a la Casa de la Moneda, en la Plaza de la Constitución, una gran concentración de evangélicos. En las grandes pantallas instaladas al efecto se escuchaba a predicadores que hablaban de Dios entre el entusiasmo de los congregados, un Dios sin cultura y sin historia.

Sobre la mesa del café, el diario el Mercurio. En sus páginas la alta actividad sísmica que sacude la vida social, política y eclesial. En la portada un personaje público pide que esta Iglesia muera. No hay en este momento en Chile conversación pública o privada que no se refiera a los abusos. La fiscalía investiga más de 100 casos de líderes eclesiales y el Papa ha reducido al estado laical a dos obispos. El tsunami se ha llevado por delante el prestigio de algunos sacerdotes que protagonizaron la lucha por la libertad en los duros años de la dictadura. Lo hicieron a través de la famosa Vicaría de la Solidaridad. El patrimonio de compromiso ético ha caído como se derrumban los edificios cuando se produce un choque de placas tectónicas. Chile es en este momento el país más secularizado de América Latina, la confianza en la Iglesia católica es del 36 por ciento mientras la media en la región alcanza al 65 por ciento.

Pero en la vida social el suelo tampoco está firme. Uno de los columnistas del Mercurio se sorprende de la violencia escolar, de la paliza de unos estudiantes a un guardia. Y apunta con agudeza que es una trampa, una falsa dicotomía la que parece vivir el país entre los que reclaman un endurecimiento de la ley y los que apuestan por comprender los orígenes de la protesta. Debates muy europeos en el país más europeo de América Latina.

Se extiende el Chile del descontento y la polarización cuando la economía crece al cuatro por ciento, con un Índice Mundial de Fragilidad del 41,2, una referencia similar a la de España, mejor que la de Italia, y con el menor nivel de corrupción de la región. La vuelta al poder de Piñera no ha satisfecho a sus votantes que se quejan de que la última Bachelet abandonó la senda de la concertación y se convirtió en un agente radical. Sus reformas habrían sido una herencia envenenada que Piñera no consigue desactivar. Acusaciones de unos a la izquierda, acusaciones de otros (la derecha más derecha) a Piñera por no ser suficientemente contundente y estar demasiado centrado. A veces da la sensación de que el Chile de la concertación, el que gobernó tras la dictadura, el que supo pivotar entre un centro-derecha y un centro-izquierda muy próximos haya desaparecido.

El desplazamiento de la placa sudamericana bajo tierra es tan intenso que algunas soluciones son insuficientes para levantar lo mucho que ha quedado derruido. Para algunos el problema de los abusos se podría resolver con más transparencia, con un cambio de los protocolos, con mayor habilidad comunicativa, con una estrategia defensiva más precisa ante la ofensiva laicista. Desde luego nuevos códigos y nuevas formas de hacer las cosas son necesarios. Pero es una ilusión pensar que tras haber protagonizado una historia tan sucia y tan injustificable haya una solución que pueda devolver, de forma inmediata o a medio plazo, el prestigio y la confiabilidad social. La pregunta se hace ahora radical: ¿está la Iglesia en condiciones, después del daño causado y de no poder aparecer como referente moral, de ofrecer algo más que una aportación ética? Es un momento en el que no puede sobrevivir un catolicismo que sea doctrina, discurso, o referencia normativa. Para los que se han quedado en la Iglesia, perplejos y heridos, y para los que se han marchado solo se puede abrir paso un catolicismo de hechos, de un testimonio que vaya más allá de la coherencia, que sea una provocación para los corazones inteligentes.

El punto para la reconstrucción social y política me la ofrece Jaime Bellolio, un diputado nacional. Converso con él en el EncuentroSantiago. Bellolio pertenece a la UDI, pero parece estar muy lejos de los postulados oficiales de su partido, que encarna los postulados de una derecha bastante dura. Bellolio critica abiertamente a Bolsonaro y confiesa que a menudo se encuentra fuera de juego con el argumentario de su formación. No se siente cómodo en el juego de la polarización. “Tenemos que abrirnos a los otros, al otro que es de diferente partido y a los otros en la vida social”, explica. Bellolio, un liberal muy atípico que no defiende una vida en común dominada por los intereses, subraya que como político su tarea es escuchar a los ciudadanos, promover lo que nace desde abajo. No sé si Bellolio durará mucho tiempo en su partido con este discurso, pero el camino que indica es el único que se antoja capaz de recuperar algo de la tradición de la concertación, tradición que para los estudiantes que protestan ya no significa nada. El nuevo terremoto que ha sacudido Chile exige construir los cimientos desde el principio.

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