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14 NOVIEMBRE 2018
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>Entrevista a Vicente Lozano, columnista de El Mundo

"No es centralismo versus nacionalismo"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  11 votos
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¿Cuál es su valoración de lo que llevamos de legislatura?

Es una legislatura muy complicada, como estamos viendo en los Presupuestos, que es la ley más importante que tiene que aprobar un gobierno cada año y, por tanto, un fracaso no poder aprobarla. Y da la sensación de que no va a poder sacarla. Es una legislatura muy complicada porque se trata de un gobierno en minoría que tiene que aliarse con partidos más pequeños y muy distintos unos de otros. A los independentistas les da igual lo que pase en España y Podemos es una izquierda radical que va a sacar el máximo partido también para su idea de España, que es muy distinta de la del PSOE. No es una coalición de gobierno que tiene un fin común que es mejorar el país, mejorar la cohesión social, etc. Luego, tenemos una oposición en una situación difícil porque un PP muy tocado por la corrupción tiene una nueva dirección que debe consolidarse. No se sabe qué va a pasar en las elecciones andaluzas y en función de ello tendrá que tomar un derrotero u otro. Tampoco hay una oposición cualificada por mucho que ahora Pablo Casado haya radicalizado la postura del PP en sus ataques al gobierno. Hay inestabilidad en todos los terrenos.

En un artículo reciente, a raíz de la victoria de Bolsonaro, afirmaba que “los partidos tradicionales ya no son capaces de encauzar las aspiraciones y objetivos de buena parte de los ciudadanos”. ¿Podría profundizar en dicha afirmación?

Brasil es un caso paradigmático. Recuerdo la alegría en muchos sectores cuando ganó Lula la presidencia porque por fin un partido de izquierda radical había llegado al poder. Lula había sido un sindicalista muy querido y, de repente, cae en picado por la corrupción. Su sucesora, una persona también con carisma, tiene que dejar el gobierno. Y ahora, ¿quién va a votar al Partido de los Trabajadores? La gente siente que le han defraudado. No son fallos en cuestiones puntuales, es que han hecho todo lo contrario a lo que estaban proponiendo. Entonces, la ciudadanía se va a otro lado. Y ¿qué hay en el otro lado? Al final, busca firmeza, solidez en los argumentos, aunque puedan ser argumentos muy preocupantes. La gente les vota al sentirse defraudada en sus aspiraciones. En cierta medida, ha pasado lo mismo con Trump. Sin duda, está creciendo el extremismo tanto de izquierdas como de derechas.

La irrupción de los populismos, ¿podría ser un síntoma?

Está claro y todos tienen una cosa en común: son firmes en sus convicciones. A Salvini no le importa fotografiarse delante de las inundaciones de Venecia y Bolsonaro no esconde su odio a los homosexuales… Pero en Brasil han votado a Bolsonaro casi 58 millones de personas y hay que preguntarse qué está pasando. La moderación se entiende como algo melifluo, que no tiene fuerza ni solidez y muchos ahora prefieren estos populismos...  Salvini, Orban… tienen muchos votos de ciudadanos que han vivido y viven en democracia. Esta es la contradicción.

Esta moderación de la que hablaba en la época de la transición se vivía como virtud, no como debilidad.

En la transición todo el mundo quería dejar atrás cuanto antes la dictadura y ponerse a trabajar en una nueva España y el caso actual es distinto. Ahora no hay un proyecto común. ¿Cómo va a haber un proyecto común sobre España con los independentistas? Fíjate cómo están reaccionando después de los escritos de la fiscalía y la abogacía sobre los presos del procés. Los principales socios del gobierno español ponen en duda la Monarquía. No hay nada de fondo que una de verdad a los tres grandes movimientos que mandan en España: el socialismo del PSOE, la izquierda radical de Podemos y los independentistas. ¿Qué es lo que quieren de España? Cada uno quiere una cosa. ¿Qué es lo que quieren de la sociedad? Es imposible formar una coalición orquestada y decir “vamos por aquí”.

¿Ve necesaria una reforma constitucional?

Es necesaria. Cuándo y cómo hacerlo es lo complicado. Sí hay cosas que cambiar en la Constitución pero ahora mismo no hay el consenso necesario. La Constitución del 78 fue aprobada por una amplia mayoría. Si ahora se planteara una reforma no se consigue aunar ni de la mitad del Congreso. No va a haber consenso para lo que se quiere cambiar y cómo hay que cambiarla. En ese sentido lo mejor es dejarla como está. Por ejemplo, ya no hay consenso ni en el artículo 1, ni en la Corona. Si abres el melón se van a generar problemas, como, en otro orden de cosas, está pasando con Franco. Si te planteas que hay que exhumar a Franco pero no sabes dónde lo vas a meter, ocurre el despropósito que estamos viviendo. ¿Cómo vas a abrir el melón de la Constitución si no sabes a dónde vas a llegar ni sabes con quién tienes que ir?

En la vida política existe una permanente polarización, ¿cree que también está presente esta polarización en la sociedad civil?

Yo creo que no está tan polarizada, incluso en sitios donde da la sensación de que sí lo está. Si vas a Barcelona te das cuenta de que vives tranquilamente. Y si no estás allí lo que te llega es que hay cruces y lazos amarrillos por todos lados y que no puedes ni hablar en castellano… Es verdad que el fenómeno de las redes sociales enreda mucho. Ahora es muy fácil distribuir un contenido calumnioso y todo eso lleva a crispar. Pero no creo que las redes sociales sean todavía el sustrato de la sociedad. y al final se vive con tranquilidad estés donde estés, salvo en sitios puntuales, como hemos visto en Alsasua… En general, yo creo que la sociedad no está tan polarizada como la política.

¿Cómo articular una respuesta que no sea pura reacción o ambigüedad sino una propuesta propositiva?

Mi postura sobre el tema catalán es que es lícito aspirar a la independencia siempre sea con la ley en la mano. Si esto hubiera calado en su momento creo que se podría haber emprendido juntos el camino. Habrá que llegar en algún momento a convocar un referéndum, Pero siempre sin saltarse la ley, porque si nos saltamos la ley esto es la selva. El Estado no debió haberse retirado de Cataluña y ahora vemos el fruto de todo esto. El Estado no tendría que haber abdicado de las sus competencias en educación, por ejemplo, porque de eso se ha aprovechado el independentismo tergiversando la ley para adoctrinar. Ahora es imposible empezar ‘de cero’ porque hay una ruptura entre las dos partes. Por mucho que el gobierno quiera hacer una política de apaciguamiento y le diga a la Fiscalía o a la Abogacía que retiren el delito de rebelión, como hemos visto. Puigdemont, Torra y los demás han roto amarras con el Gobierno. Tú puedes poner una postura más dura o más conciliadora, pero el Gobierno central, por mucho que intente conciliar, llega un momento en que no puede ceder. A no ser que ya esté dispuesto a ceder todo, pero entonces no sería un Gobierno español.

Muchos analistas coinciden en la debilidad del Estado frente a los desafíos independentistas. ¿Cuál es el origen de esta debilidad? ¿Hemos perdido la conciencia de lo que ganamos en la transición?

Son muchos años en los que se ha dejado hacer a la otra parte, ha habido en Cataluña en todas las facciones nacionalistas una unidad social y política. Tienen un objetivo común, como ocurre con cualquier proyecto nacionalista, y en cambio la otra parte hace dejación de sus deberes. en España porque quizá teníamos el estigma del franquismo y había que dejar hacer a las autonomías. De hecho, uno de los defectos que se atribuye a la Constitución –a toro pasado, es fácil decirlo, claro– es haber dejado tan abiertas todas las competencias de las autonomías. Pero llega un momento en que el Estado no puede autodestruirse. Si pones soluciones según van avanzando los nacionalistas, llega un momento donde el diálogo es todo o nada. No hay otra posibilidad. Es decir, creo que el debate no debería enmarcarse en centralismo versus nacionalismo. Si no si aplicamos la Constitución de forma igual para todos los españoles o no.

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Gesticulación contra la vida

Fernando de Haro

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

Gesticulación contra la vida

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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