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11 DICIEMBRE 2018
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Ojos que ven

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Esta semana se presenta en Madrid El Abrazo (Almuzara), el último libro de Mikel Azurmedi. El sociólogo, el profesor de filosofía, uno de los grandes artífices de la resistencia intelectual a ETA, el estudioso de la inmigración, referente en tantas cuestiones del pensamiento y de la poca vida cultural independiente que queda en España, se ha internado ahora en una indagación en la vida de los cristianos de Comunión y Liberación. “Mi indagación sobre estos cristianos tan especiales no ha buscado más que inquirir en el sentido de la vida”, apunta.

Azurmendi comienza su trabajo por una serie de encuentros fortuitos, precipitado de infinitas improbabilidades. En un momento de su vida en el que percibe “que los otros me reclamaban”, el sociólogo emprende un sorprendente camino. Un itinerario marcado por decenas de relaciones personales que mira con una capacidad de penetración portentosa. Buena parte de las grandes cuestiones de la filosofía y de la sociología moderna están presentes en esos ojos que llegan con la genialidad que solo tienen ciertos artistas, con un oído absoluto, al “mundo de la vida” que se hace juicio, posibilidad. Lo fascinante es que todo el aparato crítico que Azurmendi lleva encima no sea fuente de escepticismo ante historias humanas llenas de límites, que no alimente objeciones razonables en un noventa por ciento de sus motivos.

“Yo no he sido jamás ateo, pero desde mi juventud siempre pensé que la cuestión de Dios es insoluble”, confiesa en las primeras páginas. Azurmendi acepta la hipótesis que le llega en uno de sus primeros encuentros: “tú puedes llegar a ser un hombre renovado por tu abrazo con Jesús. Eso es el otro”. Y comienza un recorrido en el que el lector se sorprende por la comparación constante entre lo visto y el que mira. Quizás sea este ejercicio el que hace único el libro. Llega un momento en el que la comparación sorprende al propio sociólogo: “aquí donde me hallo levantando acta de lo que he visto, me detiene la perplejidad de haberme salido de la norma científica”. La exigencia de racionalidad es tan seria que abandona el método “de lógica y no de búsqueda de verdad, solo interesado en mostrar la coherencia interna entre creencias y prácticas”. El conocimiento del objeto es tan importante para Azurmendi que decide superar la regla impuesta por Danièle Hervieu-Léger, regla por la que “en materia de sociología, el investigador debe escapar a la comunión con su objeto”.

¿Significa esto que el sociólogo ha abandonado la racionalidad? Todo lo contrario. Busca otro método para salvarla. Uno de los momentos más dramáticos e intensos del volumen es el capítulo dedicado a unas vacaciones de CL en las que participa. El sociólogo, ante lo que ve, recuerda los últimos diarios de Wittgenstein y se pregunta “¿por qué se quedó esperando a Dios bajo el tragaluz de su habitación de trabajo sin salir al encuentro?”. Azurmendi se asoma al tragaluz después de escribir: “en Masella nadie se sacó un conejo de la chistera ni funcionó una ingeniería social para meter a Cristo como calzador. La experiencia de gracia la iban consolidando en cada uno de los allí presentes la presencia de Jesús-Dios en forma de compañeros de refectorio, de juego o de caminata (…) ¿Es esto irracional? ¿No es acaso esta creencia cristiana mil veces más racional que esta otra de los sociólogos que a lo de Masella llaman estado de efervescencia colectiva? ¿Qué es más verosímil, que estos cristianos estén engañados por las ideas de la clase dominante (Marx-Engels) o que puede que Dios sea eso que estos dicen, amor?”.

Hay tres aspectos en los que la comparación de Mikel entre su persona, los retos sociales y la experiencia cristiana es especialmente sugerente: la identidad, la caridad y la educación.

El sociólogo, con una fina inteligencia histórica, apunta que el tiempo presente está marcado por la construcción de identidades sin vínculo con la realidad. Somos el rol del momento, vivimos sin unidad. Asumir un rol significa desaparecer completamente en el sí mismo virtual elaborado para la situación (Goffman). Encuentra la respuesta, para este reto, en un grupo de familias para las que es posible ser “constitutivamente feliz” y no solo vivir momentos felices.

Azurmendi, que ha dedicado buena parte de su vida a la enseñanza, asegura que educar es ayudar a significar la realidad. En el encuentro con estos cristianos le sorprende que en uno de sus colegios se les diga a los niños “tú eres un regalo”. Con esta conciencia, “la realidad no es, pues, la explicación de la realidad sino el juego de la realidad”, el vínculo con la realidad.

Azurmendi relata su encuentro con un grupo de personas que dedica su tiempo al acompañamiento a drogadictos. No oculta el primer rechazo que le provoca esta caridad que parece no servir para nada. Y en seguida lo pone en diálogo con el pensamiento de Weber y de Durkheim. Estos dos sociólogos afirman que el individualismo es la única moral para una sociedad democrática liberal y que la caridad no es racional. Azurmendi, tras sus primeras resistencias, afirma que “la caridad puede ser un artefacto certero para desarrollar la identidad personal y colectiva”.

Son los de Azurmendi, decididamente, unos ojos que ven.

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